En 1981, sobre las calles de Cochabamba aún campeaban el miedo y la vergüenza tomados de la mano; la dictadura de las mafias impuso el silencio y la ceguera como métodos de gobierno para quienes debíamos andar con el testamento bajo el brazo. Todavía actuaban los paramilitares banzeristas encaramados en el Departamento de Espectáculos Públicos de la Alcaldía, buscando melenudos en los cines para raparles el pelo porque era prohibido en Cochabamba ser rockero sin atenerse a las consecuencias.

De pronto un extraño de pelo largo irrumpió en la escena abriendo un cine en la Casa de la Cultura con una vieja proyectora que en mejores tiempos funcionaba en los centros mineros deleitando a los cultos obreros. Gracias a él muchos bachilleres que nos fogueamos en la resistencia burlando a los censores caza-melenas pudimos conocer a Fellini y Bertolucci, gozando Amarcord, Roma y Satyricon, El Conformista, La Luna y El Último Tango en París.

Aquel osado imaginista que rompió el mito de la inmoral prohibición era Tonchy, Sergio Antezana Juárez, hijo de un benemérito vendedor de películas en Oruro, hermano del gran Cachín, el pensador prolífico, y de René, el poeta de múltiples voces. En las venas de Tonchy Antezana corre una savia pródiga y fértil con que se nutre ese espíritu creativo y generoso del artista.

En 1981, agonizando el oprobio, la Sociedad para el Desarrollo de la Educación Cinematográfica (Sodecine), fundada por Tonchy, había organizado la primera y última Cinemateca que Cochabamba tuvo a bien poseer mientras podían abrirse las puertas del buen sentido.

Nacido en Oruro en 1951, su vida transcurrió muy ligada al arte, en especial música y literatura, y su innata vocación por el cine fue madurando hasta alcanzar su sueño de sentarse en una silla de Director; y el lugar donde halló tierra fértil para cosechar el fruto de sus pasiones no fue otro que Cochabamba.

Simultáneamente a su labor de realizador, desempeñó su rol como activo promotor participando en cuanta gestión social exigía la vida cultural para ser tal ante las indolencias del poder. A principios de los noventa fue uno de los activistas más firmes en las movilizaciones para impulsar, desde Cochabamba, la aprobación de la Ley del Cine; y junto con Julia Vargas-Weise, Edwin “Moto” Morales y Homero Rodas fundó la Asociación de Trabajadores de la Imagen de Bolivia (Atib), benemérita organización que persiste en su lucha por democratizar y descentralizar los recursos públicos y privados destinados a la producción del cine boliviano. Su pensamiento oscila entre el pragmatismo y la buena fe, su vocación por el equilibrio y la armonía es consonante con su buen genio y su don de tolerancia.

La obra cinematográfica de Tonchy Antezana es como su vida intelectual: una búsqueda constante de lenguajes ocultos en el imaginario boliviano. Trabaja sobre el fenómeno de las identidades con propuestas estéticas muy próximas al realismo social. Debutó con teleseries educativas que marcaron época especialmente entre el público juvenil a fines de los ochenta. Temas como el narcotráfico, la discriminación racial o el aborto fueron tratados por la filmografía inicial de Antezana con la sobriedad propia de su estilo.

Luego vinieron los largometrajes con los riesgos naturales de desafiar a un mercado invadido por Hollywood; pero el gusto de crear y producir aquello que late en la memoria y la conciencia es irrefrenable y por ahí vino “Nostalgia del Rock”, con una historia de la cotidianidad bien planteada; luego “Evo Pueblo” que elevó la figura del Presidente Indígena a su dimensión profética; y finalmente “El Cementerio de los Elefantes”, film que elevó al artista a su dimensión de maestro consumado.

Tonchy Antezana es el hombre del cine boliviano por antonomasia. Director y guionista de su obra, activista cultural inclaudicable y maestro generoso. Nuestro país le rindió un merecido tributo confiriéndole el reciente Premio Plurinacional de Culturas.