Encontré una fotografía de colegio, donde aparece con su habitual sonrisa socarrona Juan Carlos Gumucio Quiroga, de lejos el periodista y corresponsal de guerra más audaz y famoso que haya nacido en Bolivia.

En su niñez no se le adivinaba esa ni otra vocación, salvo la alegría de agotar la vida donde la encontrara. Íbamos de excursión a la propiedad de su abuelo, don José Quiroga Gutiérrez, fabricante de las célebres conservas Curzani, en Suticollo, y Juan Carlos era la encarnación del entusiasmo.

Nos perdimos de vista a medio colegio, supe que se había dedicado muy temprano al periodismo escrito, que fue su pasión, que trabajó en Associated Press, en Nueva York, y que de pronto lo nombraron corresponsal de guerra en Beirut. A partir de entonces no hubo conflicto, de Beirut a Kosovo, donde no lo recordaran sus amigos y colegas por ese cinismo ya maduro, esa soberbia de la vida frente al peligro de muerte, pero, sobre todo, esa presencia de ánimo y de buen humor en las circunstancias más funestas, ya frente a un bombardeo o a una fosa común con restos desparramados de mujeres y niños que la violencia había sacrificado a su paso. Eso le dijo a Robert Fisk, célebre periodista inglés, que ellos eran corresponsales de fosas comunes, pues constantemente eran citados para abrir una nueva tumba colectiva, algunas veces con huesos tan remotos, según Juan Carlos se dio cuenta antes que nadie, que eran de una masacre de filisteos en tiempos bíblicos.

Su primo, el Moro Gumucio, me envió notas valiosas, de las cuales copio un fragmento: Luego del secuestro del periodista de AP Terry Anderson, la AP le dijo a Juan Carlos que no podía garantizar su seguridad en Beirut, y que le ofrecía trasladarse a El Cairo como corresponsal. Entonces Juan Carlos prefirió renunciar para quedarse en Beirut, y empezó a colaborar con el Times de Londres, y con el grupo Cambio 16 y creo que El País de España. También hubo una época en que hacía notas para la cadena de televisión CBS, pero odiaba eso, porque decía que era simplemente contar los muertos, sin análisis. Le daban 15 segundos en antena: “And now Juan Carlos Gumucio, our man in Beirut”.

Su picardía innata le hizo conseguir salvoconductos de todos los grupos de milicianos, y así se movía en los lugares más riesgosos del convulsionado país árabe con el cabello renegrido y largo, la barba cerrada y esa mirada de niño que de inicio era la mirada más limpia del curso, pero al paso del tiempo se escondió tras unas ojeras y unas bolsas de los párpados que le daban un aire feroz, disipado de inmediato por su amplia sonrisa, su maravillosa pronunciación del italiano, del árabe y del inglés y, por supuesto, su dominio de los matices ocultos del castellano.

Así lo encontré en 1998, según creo, cuando él había vuelto a este matutino y me citó con urgencia para proponerme un proyecto loco: la represión a los cocaleros era tan fuerte que en cualquier momento se declaraba la guerra (su escenario favorito), de modo que iba a comprar una casa en el Chapare para que la compartiéramos enviando despachos al exterior que él traduciría si fuera necesario. Me recibió en una casa de Cala Cala y por todo saludo me arrojó un Winchester como se trata a un camarada de armas. Lo tomé al vuelo y me desafió a que disparara. ¡Qué placer accionar ese símbolo del Western que nos enloquecía de niños! ¡Y qué elogios de Juan Carlos, porque otras visitas no se atrevían a disparar!

Usaba una vieja puerta de calle como escritorio, sobre la cual había una lap top con los inicios de una crónica, y de pronto sonó el teléfono y Juan Carlos se expresó en italiano, en árabe y en inglés con la misma soltura con que agotaba los registros del castellano. Su proyecto era tentador, pero ya era notorio cuánto lo había acelerado el exceso de vida y cuánto de artificial tenía su excesivo entusiasmo. Yo era más modesto, más cobarde, y secretamente no le acepté aunque le di esperanzas.

Fue la única vez que lo vi después de tantos años, pues luego supe de su muerte en Tarata, donde se aisló y se fue de este mundo como Hemingway, con esa determinación de quien no ha agotado aún la vida pero ya no sabe cómo consumirla.