La Revolución del 25 de mayo de 1810 tiene, como todo acontecimiento histórico, elementos estructurales y coyunturales. La profundidad y vigencia de la Revolución de mayo están marcadas por el “Plan de Operaciones”, escrito por Mariano Moreno entre el 17 de julio y el 30 de agosto de 1810, por encargo de la Primera Junta de Gobierno de Buenos Aires, en el que puso los cimientos del capitalismo de Estado para la América indo mestiza.

Su genialidad hizo que precediera en 31 años a la clásica obra “Sistema Nacional de Economía Política”, de 1841, de Federico List, la cual demuestra que la emergencia de las grandes potencias, Inglaterra, la primera de ellas, se basó en el proteccionismo y no en el libre comercio, predicado por Adam Smith. El “Plan de Operaciones” fue escrito 59 años antes de la famosa carta de Marx a Engels, de 29 de noviembre de 1869, en la que advierte que la liberación de Irlanda del imperio británico no será obra del proletariado inglés, como se infería del “Manifiesto Comunista”, sino de la lucha de liberación nacional de los irlandeses. El “Plan de Operaciones” fue redactado 111 años antes que Lenin dejara establecido, en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, de 1921, que la contradicción fundamental en las colonias y semicolonias opera entre naciones opresoras y naciones oprimidas. En estos últimos 200 años, ningún pueblo se ha zafado de la opresión colonial o imperialista o ha debilitado su sumisión sino a través de Estados nacionales que avanzaron en procesos liberadores. Así ocurrió en el México de Lázaro Cárdenas, en la Turquía de Kemal Ataturk, en la India de Mahatma Ghandi, en la Indonesia de Sukarno, en la China de Mao, en el Vietnam de Ho Chi Min, en la Yugoslavia de Tito, en la Cuba de Castro, en la Bolivia de Paz Estensoro, en la Argentina de Perón o en la Sudáfrica de Mandela. Los Estados nacionales se abrieron paso, principalmente en el viejo continente, enfrentando a fuerzas feudales que impedían su nacimiento. En las colonias y semicolonias, la lucha por similar objetivo enfrenta a imperialismos que ahogan sus esfuerzos. No es casual que Francis Fukuyama hubiera sostenido en “El Fin de la Historia”, que “la Teoría de la Dependencia es la gran enemiga a ser destruida”, ya que advierte que la consecuencia práctica de este planteamiento es la construcción de Estados nacionales, que impiden que la dominación colonialista se consolide (1).

El capitalismo de estado en el siglo xx

En el Siglo XX, el capitalismo de Estado fue utilizado como plataforma que buscaban construir el socialismo. Así sucedió, por ejemplo, con la Revolución rusa de 1917, con la Revolución china de 1949, con los gobiernos de Europa del Este, después de la Segunda Guerra Mundial, con la Revolución vietnamita, luego de la expulsión de los invasores norteamericanos y con la Revolución cubana de 1959. El fortalecimiento de Estados Nacionales y la meta socialista fueron bloqueados por EEUU y sus aliados estratégicos a través de invasiones e ingerencias. El Poder Mundial, al no encontrar otro camino para prolongar su existencia, prefiere distribuir el botín de las periferies antes que perder lo que tiene, incorporando nuevos socios, aunque sean después temibles y molestos competidores. Esto acontece ahora con China, Brasil, India y Rusia. Las contradicciones ínter imperialistas antagónicas desataron las dos guerras mundiales del Siglo pasado. De la primera, emergió la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la que compartió su triunfo con EEUU, Inglaterra y Francia, una vez que los aliados derrotaron al nazismo hitleriano y al imperio japonés, puntas de lanza del bloque adversario. Sin embargo, la URSS, asfixiada en lo económico por las potencias capitalistas, no pudo impedir que los países de Europa oriental se sometan a los capitales de Occidente. A su vez, la China continental se atrincheró en los últimos lustros en un férreo capitalismo de Estado, desde el que amenaza la hegemonía de EEUU.

Sin estados nacionales se retorna al colonialismo

La obsesión de las grandes potencias por destruir el capitalismo de Estado en los países atrasados se debe a que éstos, al carecer de burguesías nativas sólidas y de clases sociales estructuradas, sólo cuentan con sus Estados nacionales, por débiles que sean, para oponerse a la explotación que sufren. Si los Estados nacionales conforman bloques regionales, sus posibilidades defensivas se incrementan. A su vez, los pueblos que pierden sus Estados nacionales retroceden a la condición de colonias. La prédica metropolitana contra los Estados nacionales reitera que si los Estados nacionales se fortalecen se convierten en regímenes totalitarios, como lo fueron el nazismo alemán o el fascismo italiano. Esta impostura confunde el papel de Estados nacionales en países opresores y en países oprimidos. En el primer caso, los Estados nacionales son herramientas de dominación sobre pueblos empobrecidos y armas de confrontación geopolítica frente a otros Estados imperialistas. En el segundo, son instrumentos defensivos para detener el oprobio. Para la óptica de las metrópolis todo Estado nacional que no sea funcional a sus intereses está burocratizado y es corrupto y represor. Los países opresores tienen enormes diferencias entre si. Lo mismo sucede con los países marginados. Sin embargo, un país expoliado comienza a liberarse cuando retiene sus excedentes económicos y los reinvierte de manera soberana y planificada. En esta planificación deben participar los sectores representativos de la nación oprimida. Por otra parte, no es lo mismo expansión capitalista que desarrollo económico. Los países periféricos viven períodos de expansión capitalista, debido a economías de enclave no integradas al resto de su economía. Estas economías no logran articular los excedentes económicos a la defensa de la soberanía nacional y del fortalecimiento estatal. Cuando estos atributos se debilitan, los riesgos de amputaciones territoriales son frecuentes. La usurpación que sufre Argentina por la ocupación inglesa de las Malvinas y la asfixia que padece Bolivia por la pérdida de su litoral cautivo demuestran lo afirmado.

Otra forma de contener las demandas de las periferias reside en usar el concepto de democracia como valor eterno e inmutable. De esta manera, norteamericanos, ingleses y franceses habrían nacido con el signo indeleble de la democracia en sus frentes, lo que los convertiría en seres superiores, tolerantes y respetuosos de los derechos humanos. Así la democracia es despojada de contenido histórico, lo que permite silenciar que la democracia inglesa nació con la decapitación del Rey Carlos I, en 1649, como paso previo a la proclamación de la República, que devino después en monarquía parlamentaria. La democracia francesa emergió de la Revolución francesa de 1789 y la ejecución en la guillotina de Luís XVI. La sangrienta guerra civil de EEUU, de 1868, cimentó la democracia norteamericana, la que convivió después con políticas racistas.

La manipulación de la democracia acaba de ser denunciada por el Presidente Barak Obama, quien condenó a la Corte Suprema de EEUU por permitir que las corporaciones y empresas privadas aporten dinero sin límites a las campañas políticas de su país, mediante la contratación y manipulación de medios de comunicación masiva, a favor o en contra de candidatos (24-01-10). En los países semi coloniales, la construcción democrática y la autodeterminación nacional requieren avanzar en forma paralela, a fin de que la primera no sea instrumentada para bloquear a la segunda. Separar autodeterminación nacional de democracia ha sido y es el rentable negocio de los centros de poder mundial.

Desafio ético y estados nacionales

El surgimiento, desarrollo, expansión y extinción de Estados nacionales está ligado a ambiciones geopolíticas. La necesidad de encontrar aliados para oponerse a enemigos potenciales o vigentes es una constante. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, EEUU, convertida en potencia hegemónica, tuvo, como principal preocupación, detener a la URSS y su proyecto de socialismo burocrático. Lo anterior explica el por qué Washington aplicó el Plan Marshall, con el que impulsó la reconstrucción de fábricas, industrias, carreteras, puentes, redes ferroviarias, acueductos e infraestructura en salud y educación en Europa Occidental, a fin de cerrar el paso a partidos comunistas fuertes, como el francés y el italiano, que amenazaban con tomar el poder. En esta lógica, EEUU ha potenciado Estados nacionales con el propósito de contener las amenazas de la URSS y sus aliados. Esta situación explica la política de Occidente para facilitar la industrialización en Japón, Taiwán, Corea del Sur y Vietnam del Sur en las décadas de los cincuenta. Es también frecuente que los países imperialistas elijan a determinados países en diferentes continentes como bedeles de sus intereses económicos y geopolíticos. Este el papel de Israel en Medio Oriente y de Brasil y Chile en América del Sur de nuestros días.

El Poder Mundial, con su enorme versatilidad para alienar y distorsionar, usa en su beneficio el siguiente desafío ético: Si el sistema capitalista es la mayor lacra imaginable, ya que amenaza inclusive la existencia de la vida humana sobre la tierra, ¿cómo plantear el fortalecimiento del capitalismo de Estado en los países semi coloniales? Al adoptar esta posición, ¿no se está preservando la vigencia del capitalismo en general? Este punto de vista olvida que los clásicos del marxismo enseñaron que el imperialismo existe por que existen colonias y semicolonias. De acuerdo a la experiencia histórica, el capitalismo de Estado es el único camino que estas tienen para salir de la opresión. Esto explica el carácter progresista de las nacionalizaciones en los países atrasados y el por qué los clásicos sostenían que en caso de conflicto entre una potencia industrializada que se dice democrática y la dictadura de un país atrasado que recupera sus recursos, el deber de quienes se consideran revolucionarios es apoyar a este último. Cabe, sin embargo, matizar la anterior afirmación, ya que es innegable que la lucha por los derechos humanos es un avance de la humanidad en su conjunto y cuya violación en países atrasados o adelantados no puede ser observada con indiferencia, sin olvidar, no obstante, que la explotación colonial es la mayor vergüenza de la historia. Otra forma de alienación reside en sostener que defender a Estados nacionales en formación implica fomentar la destrucción planetaria, provocada por el imperialismo. Es verdad que todos los países deben contribuir a detener la contaminación ambiental, pero deben hacerlo en la proporción en que la causaron, en lugar de cargar los costos, de manera prioritaria, en las espaldas de los pueblos más débiles y necesitados. Sólo la constitución de Estados nacionales en los países atrasados y su articulación en bloques defensivos permitirá terminar con la dictadura del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en el que un puñado de países poderosos define la paz o la guerra contra cualquier pueblo de la tierra de acuerdo a sus intereses y evitar que todos los organismos que la integran estén a su servicio.

Capitalismo de estado, obrerismo e indigenismo

Existe consenso en admitir que no sabemos cómo avanzar al socialismo, cuyos perfiles están lejos de hallarse precisados. Conocemos, en cambio, los caminos equivocados. Entre otros, las experiencias del estalinismo en Rusia o los genocidios “polpotianos” en Camboya. Al parecer, el tránsito al socialismo, lejos de seguir rutas uniformes, encontrará múltiples variables, de acuerdo a características nacionales, culturales y regionales diferentes. Si bien el común denominador de ese tránsito para los países sometidos es la recuperación del excedente, a partir de este punto corresponderá a cada Estado nacional encontrar las formas autogestionarias, cooperativas, comunitarias u otras que permitan el surgimiento de ideas y prácticas alternativas a un mundo que se desmorona. Esa misma experiencia demuestra que el centralismo estatal es un mecanismo de aplicación relativa, en cada coyuntura política. Si bien la presencia del Estado en la toma de decisiones sobre recursos estratégicos es permanente, entendiendo por recursos estratégicos aquellos que generan mayores ingresos a un país, su amplitud, tiempo de vigencia y coexistencia con la iniciativa privada dependerá de situaciones específicas y de la correlación de fuerzas internas y externas existentes en cada sociedad.

En décadas pasadas, el capitalismo de Estado ha sido seriamente debilitado en países periféricos por prédicas ultra izquierdistas, que postulaban la destrucción del Estado, mediante revoluciones proletarias inmediatas, las que sostenían que desnutridos trabajadores del África sub sahariana y obreros alemanes amenazados de infarto por el colesterol estaban unidos por el internacionalismo proletario y que, por tanto, tenían intereses comunes. No se quería advertir que en las semicolonias las clases sociales sufren de debilidad intrínseca y que la forma de cohesionarlas es a través de la defensa de sus recursos succionados por las metrópolis. El sostener que el socialismo y la dictadura del proletariado estaban a la vuelta de la esquina sirvió para que los pueblos oprimidos no adoptaran, como deberían hacerlo, medidas defensivas contra el capital financiero de las metrópolis. Las toneladas de libros y discursos solidarios de las grandes metrópolis con los “condenados de la tierra” no alcanzan a paliar los genocidios cotidianos que se siguen cometiendo sobre todo en el continente africano, donde el sabotaje a la consolidación estatal ha sido sistemático.

Organismos internacionales, transnacionales y ONG están, otra vez, horadando, desde dentro, los cimientos de Estados nacionales in constituidos. Ha resultado un excelente negocios para las grandes ONG, financiadas por potencias mundiales, paraísos financieros, transnacionales y organismos internacionales, hacer suyas llamativa consignas como las de “reciprocidad”, “redistribución de la riqueza”, “vivir bien en lugar de vivir mejor”, “equilibrio entre el ser humano y la naturaleza”, “control horizontal y vertical de pisos ecológicos”, “producción para el bien común”, “defensa y rescate de visiones cosmológicas ancestrales, idiomas, idiosincrasias y culturas aniquiladas por el capitalismo” y otras dignas del mayor encomio. Sin embargo, esa prédica, que no se aplica ni por asomo en los países más desarrollados, está desmantelando a Estados in constituidos en la periferia. Corresponde a los países pobres rescatar, defender e incorporar esos postulados, sin abandonar su lucha por la cohesión de sus formaciones nacionales, a fin de no ser astillados por los poderosos de siempre. La prédica ultra indigenista silencia las amenazas geopolíticas de los centros de poder mundial y las compras masivas de tierras en países periféricos. Carlos Marx ya advertía del riesgo de fomentar la creación de naciones inviables para cerrar el paso a las naciones viables. Para nosotros, la nación viable es la Patria Grande indo mestiza e indo americana, que debe emerger de la lucha de liberación nacional contra el imperialismo y de la erradicación del colonialismo interno, lo que implica el respeto y rescate de nuestras culturas.

La fábula del viejo tonto

Una forma sostenida de bloquear el advenimiento de una nueva sociedad reside en mostrar el carácter invencible de los países imperialistas. Frente a esa creencia, resulta oportuno actualizar, con nuestro propio enfoque, la fábula de la antigua China: “El viejo tonto que removió las montañas”, relatada por Mao Tse Tung: Cuenta la leyenda que un viejo tonto comenzó a construir su casa a los pies de una montaña. Vino el chino sabio y le dijo: “Con razón te dicen viejo tonto. ¿No te das cuenta que estás construyendo tu casa en un lugar en el que la montaña te impedirá recibir el sol de la mañana y que, en consecuencia, te morirás de frío”. El viejo tonto replicó que tenía muchos hijos, los que, a su vez, le darían muchos nietos, y que entre todos trabajarán diariamente con sus azadones para retirar la montaña y recibir el calor solar. Mao dice que debemos ser como el chino tonto, ya que al principio seremos pocos, pero que no dejaremos de crecer y que llegará el día en que entre todos removeremos la montaña del imperialismo para recibir el sol de la justicia y la libertad (2). El relato adquiere hoy aún más vigencia, ya que todos los seres humanos, inclusive de países opresores, debemos aglutinar esfuerzos para impedir que la especie humana sea aniquilada por el capitalismo imperialista.

El capitalismo de Estado es, para los países pobres, una transición al socialismo, cuyos rasgos concretos no es posible precisar todavía por la alienación a la que nos someten los poderos del planeta. La montaña imperialista no nos deja ver el horizonte. El ensayista Alberto Buela ha explicado que no debemos concebir al Estado como una “sustancia ética”, a la manera del fascismo, ni como un “gendarme” a la manera del liberalismo, ni como la “máquina de opresión de una clase sobre otra”, como dice el marxismo congelado, sino como un “plexo” (o red) de relaciones (3). Las premisas de Buela son valederas, pero su conclusión es elusiva. En indo América, el Estado es un espacio disputado por las transnacionales y pueblos empobrecidos que necesitan retener su excedente económico. Su cohesión defensiva encierra el secreto de su fortaleza. Su éxito depende de la acción coordinada de todos los sectores que conforman la nación oprimida. La hegemonía en esta alianza corresponderá al sector social que demuestre mayor consecuencia y decisión en las tareas de liberación nacional. Tal consecuencia y decisión pasa por el control del mercado interno con producción propia, la vertebración del país con carreteras, vías fluviales, aeropuertos y ferrocarriles, que respondan a una estrategia nacional de desarrollo y de defensa de su medio ambiente, sobre la base de añadir valor agregado a nuestras materias primas. La aplicación de estrategias regionales, sin ingerencia de transnacionales en la toma de decisiones determinantes, acelerará la consecución de los objetivos propuestos. Predicar que el tiempo de los recursos naturales ha pasado de moda, ya que ahora nos encontramos en la era del conocimiento, no deja de ser alienante y engañoso, ya que en tanto se la difunde, EEUU y sus aliados invaden Irak y Afganistán a fin de apropiarse de reservas petroleras, se preparan a incursionar en Irán y, con la participación de China, afianzan la opresión colonial, allí dónde no encuentran resistencia.

Mariano Moreno y el pensamiento endógeno

Los revolucionarios de la época de Mariano Moreno se inspiraron en los principios de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución francesa, difundidos por la “Enciclopedia”. En ese marco, la Universidad de “San Francisco Xavier”, en Chuquisaca, se hizo famosa no sólo por impartir dogmáticas enseñanzas teológicas, sino también por haberse convertido, gracias al contrabando de libros prohibidos, en faro de rebeldía. Las nuevas corrientes de pensamiento nutrieron las mentes de tres de las más connotadas figuras de la Revolución de mayo de 1810, que estudiaron en sus aulas: Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo. La figura de Moreno se adhiere aún más al Alto Perú al contraer matrimonio con la adolescente chuquisaqueña María Guadalupe Cuenca, de sólo 14 años. De esa unión nació Marianito Moreno Cuenca. En Mariano Moreno resalta, en primer lugar, su capacidad de pensar con cabeza propia, lo que no varía por su admiración a Rousseau y los enciclopedistas, de los que tomará sólo lo que conviene al proceso revolucionario. Esta característica de Moreno, a quien la oligarquía portuaria de Buenos Aires calificó con desdén de “El sabiecito del sur”, es remarcada por Norberto Galasso con estas palabras: “Moreno lee diversos autores pero no se adscribe totalmente a ninguno. Con Rousseau se convierte en un verdadero revolucionario, en un jacobino… pero con la exacta comprensión de la sociedad en que vive… Lee a Montesquieu, pero con agudo realismo político se da cuenta que la división de poderes no puede existir cuando se está creando una nueva sociedad y los enemigos acechan” (4). En consecuencia, la división de poderes es una meta a conquistar y no un dogma intemporal. Cuando su conciencia y su capacidad analítica lo determinan, abandona la representación de los hacendados y se convierte en el mejor referente del proteccionismo que es posible imaginar. En septiembre de 1810, escribe en “La Gazeta”: “Los pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y derechos y no deben fiarse sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse… miremos sus consejos con la mayor reserva y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les había producido los chiches y abalorios”. Advierte que el planteamiento de problemas confesionales puede servir en esos momentos sólo para dividir a las fuerzas revolucionarias. Por eso, al traducir “El Contrato Social”, omite el capítulo titulado “Sobre la religión civil”. En ese marco, relativiza la libertad de prensa y cree legítimo abrir la correspondencia de los presuntos enemigos de la revolución. En consecuencia, “es un político revolucionario, jacobino, astuto y maquiavélico” (5). Su pragmatismo se hace más patente aún cuando en el “Plan de Operaciones” aconseja provocar enfrentamientos entre los gobiernos de Londres y Lisboa. Tiene plena conciencia de “la vergonzosa esclavitud a la que Inglaterra somete a Portugal”. Sin embargo, sostiene que la correlación de fuerzas obliga a la Junta de Buenos Aires a buscar apoyo de Inglaterra, fomentar la revolución en el resto de las colonias y poner en marcha un programa económico nacionalista, con crecimiento autónomo, a salvo de todo vasallaje. Considera que el único reaseguro frente a la política balcanizadota de los grandes imperios es la unidad de la América morena, cuyas perspectivas son ilimitadas. Estas sus palabras: “El genio americano obrará prodigios en toda la América… lo que se traducirá en la construcción de un Estado respetable que, libre de riesgos y temores, podrá reglar una constitución que haga la felicidad del país y el honor de la humanidad…” Añade con prístina claridad: “Reparad en la gran importancia de la unidad estrechísima de todas las provincias de este continente; unidas impondrán respeto al poder más pujante; divididas pueden ser la presa de la ambición”. Lo expuesto, debería coadyuvar a construir “un continente laborioso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan” (6).

Su nacionalismo, impregnado del ideal de la Patria Grande, hace que salude con júbilo a la Junta Patriótica formada en Chile, el 18 de septiembre de 1810, así como a la Revolución de Cochabamba, del 24 de septiembre del mismo año, la que, a su juicio, impide que la gesta libertaria sea vista como un movimiento centrado sólo en Buenos Aires. Estas sus expresiones: “Por muy puras que sean nuestras intenciones sería peligroso que la libertad de América fuese sólo una obra nuestra. Semejante circunstancia podría conducir a un verdadero despotismo y los pueblos del Perú no habrían adelantado viendo opresores porteños en lugar de los opresores europeos. El glorioso movimiento de Cochabamba opone dique a tan fatal determinación y los patriotas cochabambinos, equilibrando nuestro mérito, equilibrarán nuestro influjo y siempre firmes en la energía que ahora han desplegado, serán un seguro apoyo de la libertad de todos los pueblos”. En el “Plan de Operaciones” plantea un detallado proyecto de subversión en la Banda Oriental del Río de la Plata y en Río Grande do Sul.

Estos antecedentes hacen que Miguel Benítez afirme: “El Plan de Operaciones proponía desde el vamos la construcción de una gran Nación -toda la América Española, desde el sur del Río Mississippi hasta el cabo de Hornos (tomando la base real de los casi mil años del Incario, y la cultura común de la mayoría de los pueblos americanos), con la inclusión de Brasil, previa revolución por levantamiento de sus esclavos y sus revolucionarios americanistas- poderoso, moderno, industrial, con la tierra repartida entre todos sus habitantes, con la explícita dignificación de las masas indias y negras” (7)

Indigenas, mitayos y el “plan de operaciones”

La situación de indígenas y mitayos obsesiona a Mariano Moreno. En disertación en la Universidad de Chuquisaca, el 3 de agosto de 1802, luego de su visita a Potosí, dice: “Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir a unos hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con la opulencia y que prefieren dejar sus pueblos que sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas” (8). Declaraba estar en deuda con Victorián de Villaba, el “Protector de Naturales” en la Audiencia de Charcas, quien, en 1793, escribió su célebre “Discurso sobre la mita de Potosí”, lo que lo llevó a enfrentar a los azogueros (nombre con el que se conocía a los empresarios mineros de la época) y al intendente Francisco de Paula Sanz. Villaba había calificado a la mita de “peste perniciosa para los indios”, en tanto que Paula Sanz, afirmó que “la mita, al enriquecer material y espiritualmente al indígena, generaba una acción benéfica favorable a la civilización y sus vasallos”. El archivista boliviano Gunnar Mendoza sostuvo, con pleno fundamento, que el coloniaje español en el Perú era como un edificio levantado sobre cadáveres de indios aplastados (9). El historiador argentino Ricardo Levene, quien puso de relieve la importancia fundamental de Mariano Moreno en la Revolución de Mayo, puntualiza que la mita “permitía tratar a los indios como meras máquinas de trabajo, hasta el punto de esclavizarlos impunemente” (10)

La vigencia de la mita había provocado la muerte de ocho millones de indios en Potosí, en los tres primeros siglos de coloniaje (11) El perspicaz Gabriel René Moreno indica que “los mitayos eran conducidos a la muerte, pero sin dejar de escuchar misa los domingos” (12) J. A. Cole y P. Bakewell, pese a su empeño por justificar la mita, admiten que las cuotas de mineral exigidas a los mitayos eran tan altas que se vieron obligados a incorporar al trabajo a sus familias (esposa e hijos) (13) . En momentos de redactar el “Plan de Operaciones”, alrededor de 15.000 indios trabajaban como mitayos, “los que eran reemplazados a medida que morían en el fondo de las minas” (14). La posición frente a la mita separa los campos ideológicos y políticos en la colonia. Quienes la respaldan apoyan también, directa o indirectamente, a azogueros, encomenderos, explotadores de yanaconas, caciques y curacas (aborígenes, encargados de reclutar y trasladar mitayos), párrocos y curas, que tenían indios a su servicio. Entre 1811 y 1813, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata abolió los tributos indígenas y declaró extinguida la mita, la encomienda, el yanaconazgo y los servicios personales de los indios. Manuel Belgrano, en bando de 29 de junio de 1813, determinó, de manera expresa, la abolición del trabajo forzado de la mita. Un año antes, el 13 de noviembre de 1812, las Cortes de Cádiz habían decretado similar medida. En 1832, durante el gobierno del Mariscal Andrés de Santa Cruz (siete años después de declarada la independencia de Bolivia), los azogueros pidieron la reposición de la mita (15) La solicitud demuestra que los hacendados criollos continuaban considerándose dueños del poder económico y político, el que lo perdieron sólo con la Revolución del 9 de abril de 1952.

Lejos de cualquier rasgo de porteñismo prepotente, Mariano Moreno, luego de retornar de Chuquisaca, se tornó en la figura clave de la Revolución de mayo. Ello se debió a la consistencia que demostró en los debates internos de la Junta de Gobierno, en los que valoró, en toda su dimensión, la tragedia de quechuas y aymaras. No es casual que en ese convulsionado período hubiera trascrito en el periódico que dirigía (“La Gazeta”) estas palabras del abate Raynal, en las que advertía a los indígenas sobre la crueldad de los holandeses: “Huid desdichados hotentotes (pueblo aborigen del Sur Oeste africano). Huid. Sepultaos en vuestros bosques. Las bestias feroces que los habitan son menos terribles que los monstruos cuyo imperio os amenaza. Ellos dispersarán vuestras cabañas, se apoderarán de vuestros ganados, corromperán a vuestras mujeres, seducirán a vuestras hijas… No os canséis con reclamaciones de justicia, que se burlan; vuestras flechas son las únicas que harán respetar vuestros derechos” (16)

El “plan de operaciones” y el alto peru

Al producirse la Revolución de mayo, Mariano Moreno se angustia por la falta de una burguesía nacional capaz de consumar una revolución nacional, como las que tuvieron lugar en Inglaterra o Francia. Esa carencia no permitía imponer autoridad y gobernar con eficacia en inmensos territorios, incomunicados entre si, carentes de mercado interno, con rivalidades aldeanas, en un medio social plagado de supersticiones y bajo nivel educativo. La posibilidad de ayuda externa era inexistente, ya que todas las potencias extranjeras estaban ávidas por reemplazar a España en el saqueo colonial de la región. En consecuencia, la única posibilidad residía en encontrar los recursos indispensables dentro del territorio, mediante un Estado empresario que sustituya a la inexistente burguesía propia. Para logar este propósito, había que desarrollar un Estado centralista y planificador, que cohesione a las regiones dispersas y desarrolle vínculos solidarios de comunidad y proyectos de interés compartido. A fin de conseguir este objetivo, el “Plan de Operaciones” plantea confiscar recursos a 5.000 ó 6000 mineros, lo que permitirá recaudar entre 500 a 600 millones de pesos, la mitad de los cuales debía ser destinada a gastos militares, en tanto que el saldo serviría para instalar fábricas, artes e ingenios, desarrollar la agricultura y la navegación. Admite que la medida afectará a 5.000 ó 6.000 personas, las que podrían ser indemnizadas después de desarrollarse el país.

Si se considera que en ese momento había alrededor de 15.000 mitayos en Potosí, se deducirá la viabilidad de la propuesta. Como complemento, el “Plan” propone aplicar la pena de muerte a cualquier particular que trabaje minas de oro y plata por un término de diez años. Establece que los dueños de minas vendan al Estado todos sus instrumentos de trabajo, repuestos y utensilios, para lo cual se realizará una tasación justa. A partir de allí, el Estado impulsará “la creación de casas de ingenios, creando todas las oficinas que sean necesarias, como laboratorios, casas de moneda… proveyéndolas de buenos ingenieros, trabajadores, directores, etc.”. Prevé, asimismo, organizar comisiones técnicas para detectar nuevos yacimientos de minerales. Estima que en alrededor de cuatro años se contarán con nuevos establecimientos mineros. Determina que los europeos que viven en las colonias no puedan emigrar llevándose “gruesos caudales” o exportarlos por otros conductos. Los decomisos incluían el dinero procedente de ventas de fincas y establecimientos agropecuarios. Su idea central era retener los excedentes económicos y como esos eran generados de manera prioritaria por la minería, su preocupación se orienta en esa dirección.

Considera conveniente rebajar, en un 15 a 20 %, la ley que respalda la moneda, a fin de conseguir dinero de libre disponibilidad (17). El Primer Secretario del Tesoro del gobierno de EEUU, Alexander Hamilton, adoptó similar medida, con lo que coadyuvó a estructurar un Estado proteccionista e industrialista, que permitió a su naciente país controlar el mercado interno y manejar una Banca estatal independiente de los intereses británicos. Las ideas de Moreno conllevan la prohibición de importaciones suntuarias, ya que los países poderosos “llegan vendiendo y terminan mandando”. (“LA GAZETA”, 16-09-1810). Las riquezas acumuladas en manos privadas debían tener límites. “Las fortunas agigantadas en pocos individuos… no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, mostrándose como una reunión de aguas estancadas que no ofrecen otras producciones sino por el terreno que ocupan, pero si corriendo rápidamente su curso bañan todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase” (18).

Juan Jose Castelli y Juan Manuel Caceres

A juicio de Mariano Moreno, la Revolución de mayo sólo podía triunfar en el marco de la Patria Grande y de la liberación de los indígenas. Ambas líneas de pensamiento marcan la enorme influencia que ejerció sobre las figuras más destacas del proceso liberador. Al finalizar 1810, el ideólogo del “Plan” quedó en minoría en la Junta de Gobierno, controlada, a partir de entonces, por el sector conciliador de Cornelio Saavedra. La rapidez con que se precipitaron los acontecimientos, impidió que los caudillos del interior tomaran conciencia inmediata de los intereses en juego. Moreno fue envenenado el 4 de marzo de 1811, por el capitán de la goleta inglesa “Fame”, que lo trasladaba a Londres, en misión diplomática, según denunció su hermano Manuel. Su cuerpo fue arrojado al mar, envuelto en una bandera británica (19) Su radicalismo jacobino fue compartido por Juan José Castelli, la otra gran figura de la Primera Junta, a quien ordenó fusilar al virrey Santiago Liniers. Las historias oficiales han ignorado la alianza, durante la presencia del Primer Ejército Auxiliar Argentino en el Alto Perú (nosotros preferimos llamarlo el Primer Ejército Libertario de las Provincias Unidas del Río de la Plata) entre Juan José Castelli y el líder aymara, de origen mestizo, Juan Manuel Cáceres. En los inicios de su vida pública, Cáceres tuvo una posición equivocada, ya que, en 1781, combatió la sublevación de Tupaj Katari. Sin embargo, años después se reivindicó a plenitud. Cáceres había sido educado por los jesuitas, lo que le permitió conocer el latín. Su actuación de 1781, le valió ser designado Teniente Capitán de Dragones en Pacajes (provincia del departamento de La Paz) y escribano público en la localidad de Caquiaviri, razón por la que conoció a fondo la maquinaria política y administrativa de la Colonia.

Participó en primera línea en la Revolución paceña del 16 de julio de 1809, de la que fue su escribano. Seis meses más tarde, Pedro Domingo Murillo, junto a otros ocho protomártires, fue ahorcado en la Plaza que hoy lleva su nombre. Antes de su ejecución, Murillo lanzó su grito imperecedero: “Yo muero, pero la tea que dejo encendida nadie la apagará”. Valentín Abecia Baldivieso demostró que Murillo se recibió de abogado en 1806, en la Universidad de San Francisco Xavier (20), en la misma época en que lo hicieron Moreno, Castelli y Monteagudo. A partir de la Revolución de Julio, Cáceres lideró los movimientos independentistas en Pacajes y otros pueblos aymaras. El brigadier José Manuel de Goyeneche, quien ejecutó a los protomártires, puso precio a su cabeza, y el Obispo de La Paz, Remigio La Santa y Ortega, lo excomulgó. Fue conocido en el mundo andino como “el oráculo de los indios” y “General Restaurador de los Indios del Perú”. Redactó un “Plan de Reivindicaciones” de mitayos y labriegos, a quienes soliviantó en Oruro y Chuquisaca. Apresado por el Ejército realista, fue liberado por Castelli, a quien escoltó de La Plata a La Paz (21). Cáceres estuvo junto a Castelli el 25 de mayo de 1811 (primer aniversario de la Revolución de Buenos Aires), cuando el revolucionario porteño emitió una proclama en la que da por concluida la mita y la servidumbre indígena y anuncia la devolución de la tierra a los pueblos andinos. En la oportunidad, hizo saber que los indios tendrían cuatro representantes en el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que la Junta de Buenos Aires había convocado (22). El dato es relevante si se considera que ningún indígena y sólo un jefe guerrillero (José Miguel Lanza) participó en la Asamblea Constituyente que fundó Bolivia (6 de agosto de 1825), la que fue copada por azogueros, terratenientes, abogados y grandes comerciantes.

Castelli estructuró una alianza entre los seguidores jacobinos de Mariano Moreno, jefes guerrilleros mestizos y criollos e indígenas. En informe de su ingreso al Alto Perú dice: “Sin que nadie les mandase, los indios de todos los pueblos, con sus caciques y alcaldes, han salido a encontrarme y acompañarme, haciendo sus primeros cumplidos del modo más expresivo y complaciente, hasta el extremo de hincarse de rodillas, juntar las manos y elevar los ojos, como en acción de bendecir al cielo”. La tragedia que significó la mita explica esas manifestaciones de júbilo y esperanza. El 5 de febrero de 1811, Castelli difundió una histórica proclama, leída en lenguas originarias. Su parte sustancial destaca: “Yo me intereso por vuestra felicidad no sólo por carácter, sino también por sistema, por nacimiento y por religión… Es tiempo de que penséis por vosotros mismos, desconfiando de las falsas y seductivas esperanzas con que creen asegurar vuestra servidumbre. ¿No es verdad que siempre habéis sido mirados como esclavos y tratados con el mayor ultraje, sin más derecho que la fuerza ni más crimen que habitar en vuestra Patria? (Estas palabras de Castelli se asemejan a las que pronunció Mariano Moreno en Chuquisaca, el 3 de agosto de 1802, cuando decía que “Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir a unos hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con la opulencia”). La Junta de la capital, añadió Castelli, os mirará siempre como a hermanos y os considerará como iguales… jamás dudéis que mi principal objetivo es libertaros de la opresión, mejorar vuestra suerte, adelantar vuestros recursos, desterrar lejos de vosotros la miseria, y haceros felices en vuestra patria” (24).

El historiador Arze Aguirre cae en la incoherencia al sostener, sin la menor prueba, que la política “filo indigenista” (de Castelli) no obedecía a “una convicción auténtica de liberación india; obedecía, por el contrario, a las ventajas políticas impuestas por la misma situación del momento…”. Las convicciones jacobinas de Moreno, Castelli y Monteagudo no tienen importancia para este contradictorio investigador, que añade que el Comandante del Ejército libertario, “estimuló la conciencia popular con fingidas declaraciones, proclamando a cada paso que el indio es igual a cualquier otro nacional y que es acreedor a cualquier destino y empleo”. Su incoherencia se hace aún más notoria al citar sus coincidencias con el historiador británico John Lynch, quien señala: “Era fácil para los agentes de Buenos Aires proclamar la emancipación india en un país que no era el suyo, pero sin el acuerdo de los criollos locales, esta política no tenía sentido. Los más poderosos grupos sociales en el Alto Perú reaccionaron violentamente ante la política india de los ejércitos auxiliares. Los propietarios de las minas creían que la liberación de los indios y en particular la supresión de la mita, amenazaba a su predominio social y sus perspectivas económicas. Se unieron a la contrarrevolución con armas y dinero. Los propietarios rurales también aborrecían el igualitarismo mostrado hacia los indios, mestizos y mulatos y se resentían de la amenaza a su reserva de mano de obra”… Sus palabras culminan con esta expresión: “… a los ojos de los habitantes del Alto Perú, la primera expedición no les trajo nada y se llevó su plata” (25). La defensa que hacen Lynch y Arze de la mita es vergonzosa. La actitud de Lynch es comprensible, en cambio la de Arze, quien, con otra valoración crítica, introdujo en su texto juicios de Villaba, de Gunnar Mendoza y Mariano Moreno, en los que se califica a la mita de “peste perniciosa para los indios”, se denunciaba que el edificio colonial tuvo por cimientos a indios aplastados, para luego reiterar que el único delito de estos residía en haber nacido en tierras provistas de recursos mineros. Arze Aguirre y Lynch terminan lamentando que los recursos de la Casa de la Moneda de Potosí no se hubieran quedado para beneficiar a los Ejércitos del retrógrado Fernando VII. Lo evidente es que los explotadores del trabajo indígena sabotearon a Castelli, le negaron recursos y armas para enfrentar a Goyeneche y precipitaron la derrota patriota en la batalla de Guaqui, de 20 de junio de 1811, la que tuvo consecuencias de largo plazo, ya que prolongó el enfrentamiento con el absolutismo hispano en los siguientes catorce años.

Cáceres, a su vez, demostró enorme capacidad política al formar un frente único de defensa de la Patria con indios, criollos y mestizos. El “oráculo de los indios” bajaba de las montañas cuando retornaban los ejércitos libertarios. Ello ocurrió hasta 1814, año, a partir del cual, dice Arze Aguirre, se pierde su rastro. Castelli murió en Buenos Aires en 1811, “execrado por el latifundismo encomendero, “pero reverenciado por las masas campesinas del altiplano y los valles, a las cuales había reafirmado en la esperanza dormida desde 1781, que Cáceres despertó” (26)

La alianza entre jacobinos, mestizos, quechuas y aymaras fue destacada en sus memorias por el general Joaquín de la Pezuela, sucesor de Goyeneche, quien derrotó a Belgrano y Rondeau, antes de ser designado Virrey del Perú, con estas palabras: “… los pocos indios que hasta entonces se habían mantenido refugiados en las alturas para no tomar parte (en los combates), bajaron a sus pueblos y nos declararon enemigos, así como un considerable número de cholos y mestizos… hasta entonces indecisos…Los indios aborrecían al soldado, al oficial, y todo lo que era del Rey, por el contrario servían de balde con sus personas y víveres a los de Buenos Aires… Les servían fielmente de espías, y sabían la posición y movimientos del ejército del Rey al momento de ejecutarlos, y, por el contrario, este nada sabía de los enemigos porque no había un indio que quisiese servirle de espía a ningún precio…”. (27). La alianza de los criollos azogueros y latifundistas con oligarcas pro británicos de Buenos Aires quebró el frente indo-mestizo, que debió fortalecerse con la visión de Castelli y Cáceres y de guerrilleros como Vicente Camargo, los esposos Padilla, Ignacio Warnes, Esteban Arce, Juan Antonio Alvarez de Arenales (español, identificado con la causa libertaria), Idelfonso de las Muñecas y José Miguel Lanza. Arze Aguirre se sorprende por la coordinación militar, surgida luego del repliegue de los Ejércitos de Buenos Aires, entre Esteban Arze y Juan Manuel Cáceres, quienes, con visión de Patria Grande, pudieron, si las contiendas armadas les hubieran sido favorables, soldar la falla geológica con que se fundó Bolivia, al excluir a la totalidad de su población indo mestiza.

Monteagudo, Belgrano, San Martin y Artigas

Bernardo Monteagudo es otra de las grandes figuras de la gesta libertaria, cuya actuación está inspirada en el “Plan de Operaciones”. Es el autor del “Diálogo entre Atahuallpa y Fernando VII”, al que Barnadas considera “uno de los textos independentistas más contundentes de Charcas”. Añade que después del “levantamiento” de la Plata (“golpe de Estado”, lo denomina Fellman), del 25 de mayo de 1809, en el que los Oidores depusieron al Presidente de la Audiencia de Charcas, Ramón García Pizarro, Monteagudo fue víctima de “su propio radicalismo, que lo relegó a segunda fila” (28). Estas palabras encierran el mayor elogio a Monteagudo, quien, al oponerse a la mita, no tenía nada en común con la casta encomendera, cuyos representantes tomaron la dirección de esos acontecimientos. Monteagudo puso en contacto a Castelli con los jacobinos de Charcas y con Cáceres, gracias a cuyas relaciones pudo romper el cerco del latifundismo criollo. Castelli, su secretario Monteagudo y Cáceres compartían la idea de liberar a los indios, recalca Fellman (29)

Monteagudo fue Ministro de Guerra y Marina, de Gobierno y Relaciones Exteriores en el gobierno de San Martín, en el Perú. En 1823, fue asesinado en Lima. Había concebido “el Plan de Federación general de los Estados hispanoamericanos, que era el anhelo central de los patriotas del continente”. Pertenece a su persona este concepto inapelable: “Yo no renuncio a la esperanza de servir a mi país, que es toda la extensión de América” (30). Barnadas sostiene que, “paradójicamente, este doctrinario jacobino fue partidario de la monarquía para el Perú” (31). Los seguidores de Moreno plantearon la coronación de un monarca indígena. Con esta medida, pretendían garantizar el respaldo y participación de los pueblos pre colombinos en el proceso liberador. Estimaban que se trataba de una respuesta a la intención de Bernardino Rivadavia de coronar a un pariente de Fernando VII. Monteagudo y Belgrano pensaban que la iniciativa podía neutralizar a la Santa Alianza (Austria, Rusia y Prusia) que preparaba, junto el absolutismo hispano, el envío de tropas a indo América, a fin de impedir el establecimiento de regímenes republicanos. El autor del “Diálogo entre Atahuallpa y Fernando VII” consideraba que, en esas circunstancias, la monarquía de una personalidad, como la de Dionisio Inca Yupanqui, por ejemplo, quien conmovió a las Cortes de Cadiz, el 16 de diciembre de 1810, con su frase histórica: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”, sería un factor de cohesión regional frente a la dispersión que amenazaba sobrevenir, como realmente ocurrió, después de la independencia de España. No debería olvidarse, por otra parte, que la monarquía de los Braganza, con sus luces y sombras, impidió que la atomización astillara al Brasil, como ocurrió con la América morena. Sin embargo, el enorme desprecio por los indios de los comerciantes y ganaderos de Buenos Aires hizo inviable el proyecto.

Corresponde a Manuel Belgrano la idea de coronar a un rey incaico. En 1812, se hizo cargo del Segundo Ejército libertario enviado por Buenos Aires. Llegó a Potosí en junio de 1813. En tanto el criollismo latifundista y parte de los mestizos potosinos le dieron la espalda, los indígenas lo recibieron de manera triunfal. “El recuerdo de Castelli, el iluminado jacobino, dice Fellman, había modificado la alineación de las clases sociales alto peruanas”. Luego de sus victorias militares en Salta y Tucumán, fue derrotado en Vilcapugio y Ayohuma. En su repliegue hasta la localidad potosina de Macha, reorganizó su ejército con el apoyo logístico de los quechuas, a quienes les pidió ocupar sus tierras de la Provincia Chayanta. La violenta oposición del latifundismo criollo neutralizó esa intención, así como la incorporación de indios armados a sus filas. Para contrarrestar esta arremetida, Belgrano, al igual que Castelli y Monteagudo, se rodeó de guerrilleros mestizos y criollos (32)

El “Plan de Operaciones” fue aplicado por San Martín durante la preparación en Mendoza, entre 1814 y 1815, de la gesta libertaria de Chile y Perú. “Ante la carencia de recursos económicos, echa mano a la plata extraída de Potosí, en la retirada de Belgrano, para pagar a los oficiales y a la tropa, a fin de acallar el descontento”. Recuérdese que Mariano Moreno propuso confiscar los recursos de los mineros altoperuanos para desarrollar al país y continuar con la tarea emancipadora. Su conducta fue censurada por la oligarquía de Buenos Aires (33) (GALASSO: “San Martín”. PAG. 113). San Martín fue el primero en dar a los esclavos manumitidos condiciones de vida privilegiadas respecto al resto de la tropa y no vaciló en fusilar a dos desertores. El general Juan Domingo Perón escribió sobre el particular lo siguiente: “El Ejército de Los Andes fue creado de la nada. Fue necesario fabricarlo todo y para ello, dentro de la falta absoluta de medios. Sin embargo, San Martín, con su talento múltiple, montó fábricas, formó depósitos, capacitó operarios y fabricó desde la canana y el mandil modesto, hasta el propio afuste del cañón” (34)

La consecuencia de San Martín con la “Patria Grande” fue cotidiana y profunda. El contingente militar que comanda para liberar a Chile no se llamó Ejército argentino sino Ejército de los Andes. Los oficiales y soldados argentinos y chilenos que marcharon a sus órdenes no enarbolaban banderas argentinas, sino la enseña de las Provincias Unidas del Río de la Plata, como lo hicieran Castelli, Monteagudo y Belgrano en el Alto Perú. El proyecto de Constitución que presentó San Martín al congreso del Perú indica: “Son ciudadanos del Perú todos los nacidos en América”, en tanto que en la reunión con Bolívar, realizada en Guayaqui, el 22 de julio de 1822, la primera gran coincidencia de los libertadores fue la construcción de una nación de grandes Repúblicas.

La esencia del “Plan de Operaciones” está presente con inusitada fuerza en José Artigas, durante su campaña en la Banda Oriental de Río de la Plata, en la que también dio trato igualitario y digno a negros, indios y gauchos. Sobre el particular, Galasso anota: “Mientras Artigas constituye la más consecuente prosecución y ahondamiento del proyecto morenista, (incorporando las masas a la revolución, propiciando la entrega de tierras, federalismo y defensa de la producción local), los descendientes de Moreno (en el gobierno de Buenos Aires –asr–), presos del elitismo, no lo reconocen como tal”. (35) Artigas pasa de las palabras a los hechos al distribuir tierras a los guaraníes, con lo que rompió las relaciones de producción latifundistas y logró asentar población en la frontera amenazada por los portugueses. Combatieron a su lado, con singular denuedo, los indios misioneros del Uruguay (36) Su influencia se extendió a Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Córdoba, provincias que lo proclamaron “Protector de los Pueblos Libres”. Artigas fue simultáneamente combatido por godos, portugueses, oligarcas y ganaderos de Buenos Aires. “The Cambridge Modern History”, editada en 1949 (y así lo continúa haciendo en ediciones futuras), califica a Artigas de “jefe de contrabandistas, bandido y degollador” (37). Los colonialistas ingleses no se equivocan al juzgar a los héroes de nuestra historia.

El “plan de operaciones” y la revolucion paraguaya

El modelo endógeno paraguayo (1814-1870), es el ejemplo más contundente, en el Siglo XIX, de las potencialidades del “Plan de Operaciones”. Gaspar Rodríguez de Francia, quien brindó refugio a Artigas, había instaurado un Estado paternalista, capaz de cumplir las tareas de una burguesía nacional inexistente. Esta situación impidió que el país cayera en manos del librecambismo y facilitó un desarrollo económico sostenido e independiente. A la muerte del gobernante, en 1840, dice Eduardo Galeano, “Paraguay era el único país de América Latina que no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones…. El agente norteamericano Hopkins informaba a Washington, en 1845, que en Paraguay “no hay niño que no sepa leer y escribir. Los posteriores gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López continuaron y revitalizaron la tarea”. En los años siguientes, “Paraguay ya contaba con una línea de telégrafos, un ferrocarril y una buena cantidad de fábricas de materiales de construcción, tejidos, lienzos, ponchos, papel y tinta, loza y pólvora. Doscientos técnicos extranjeros, muy bien pagados por el Estado, prestaban su colaboración decisiva. Desde 1850, la fundición de Ibycui fabricaba cañones, morteros y balas de todos los calibres; en el arsenal de Asunción se producían cañones de bronce, obuses y balas. La siderurgia nacional, como todas las demás actividades económicas, estaba en manos del Estado. El país contaba con una flota mercante nacional, y varios de los buques que ostentaban el pabellón paraguayo a lo largo del Paraná o a través del Atlántico y del Mediterránea habían sido construidos en el astillero de Asunción. El Estado virtualmente monopolizaba el comercio exterior, la yerba y el tabaco abastecían el consumo del sur del continente y las maderas valiosas se exportaban a Europa. La balanza comercial arrojaba un gran superávit. Paraguay tenía una moneda fuerte y estable, y disponía de suficiente riqueza para realizar enormes inversiones públicas sin recurrir al capital extranjero. El país no debía ni un centavo al exterior, pese a lo cual estaba en condiciones de mantener el mejor ejército de América del Sur, contratar técnicos ingleses que se ponían al servicio del país y enviar a jóvenes universitarios a perfeccionar sus estudios… La esponja imperialista no absorbía la riqueza que el país producía. El 98 % del territorio paraguayo era de propiedad pública… El Estado practicaba un celoso proteccionismo sobre la industria nacional y el mercado interno”. … Como era obvio, Inglaterra no podía tolerar semejante ejemplo. “En abril de 1865, el diario inglés The Standard, que se publicaba en Buenos Aires, sostenía que “Paraguay había infringido todos los usos de las naciones civilizadas”. “La invasión (de Argentina, Brasil y Uruguay –asr–) fue financiada, de principio a fin, por el Banco de Londres, la casa Baring Brothers y la banca Rothschild, mediante empréstitos leoninos que hipotecaron la suerte de los países vencedores”. “La prensa de Buenos Aires llamaba “Atila de América” al presidente paraguayo López: “Hay que matarlo como a un reptil”, clamaban los editoriales. El ejército paraguayo resistió la embestida con increíble heroísmo, pero al término de la misma el desarrollo industrial autónomo del Paraguay había sido reducido a cenizas. Casi toda la población masculina había sido exterminada” (38) Cuán diferente hubiera sido la suerte de Paraguay si la corriente de Mariano Moreno se mantenía al frente del gobierno de Buenos Aires.

Bolivia y el plan de operaciones

Los intentos realizados en Bolivia por contener la explotación foránea han estado inspirados en la filosofía del “Plan de Operaciones”. El Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana (1829-1839), cuyo ideal de Patria Grande lo llevó a plantear la Confederación Perú-Boliviana, determinó que los empleados públicos acudan a sus labores con trajes confeccionados con tela nacional. Manuel Isidoro Belzu (1848-1855), a tiempo de detener el asalto oligárquico a las comunidades indígenas, proteger las artesanías y decretar que la producción de plata y estaño sea fundida en el país, seguía los mismos lineamientos. El capitalismo de Estado emergió con los gobiernos del denominado socialismo militar del general David Toro (1935-1937) y del coronel Germán Busch (1937-1939), que nacionalizaron la Standard Oil y decretaron el control de divisas por la exportación de estaño que realizaban los “barones” del estaño (Patiño, Hoschild y Aramayo). Inmediatamente después de la nacionalización, el gobierno eligió a los 100 mejores bachilleres de Bolivia, para estudiar ingeniería petrolera en México y Buenos Aires. La mayoría de los graduados fue la base humana sobre la que se edificó Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB). El coronel Gualberto Villarroel (1943-1946), al propiciar el primer congreso indigenista de la historia del país, dio un paso importante en la histórica necesidad de eliminar el colonialismo interno. Simultáneamente, buscó mejorar, inútilmente, por cierto, los precios de las materias primas adquiridas por EEUU en condiciones de saqueo durante la Segunda Guerra Mundial. La construcción del Estado nacional avanzó de manera cualitativa con la eliminación del pongueaje (servidumbre de la gleba), la