Don Franklin Anaya solía decirle a Gastón Paz que vivimos en el país de los unos. ¿De dónde sacaba eso? De una constatación que parece no haber caducado en el tiempo: hay un solo Franklin Anaya, un solo Gastón Paz, un solo Jaime Laredo, un solo Martín Cárdenas, un solo Jaime Escalante, como hubo un solo Víctor Paz, un solo René Barrientos y, no hay cómo negarlo, un solo Evo Morales.

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Cierta vez tuve una conversación de varias horas con René Zavaleta, un hombre de gran energía intelectual y física que solía traducirse en reproches y agresiones conceptuales de gran vigor. Era 1981 y me reclamaba por qué los miristas se habían inventado la idea de recuperar las banderas de abril y aliarse con el viejo MNR para reconducir a la izquierda boliviana, cuando era necesario dar un salto hacia el socialismo y no volver al nacionalismo revolucionario. Como había bebido lo suficiente para responderle con audacia al maestro le

dije: Te voy a decir por qué, por culpa de ustedes, los segundones del MNR, los que vivieron a la sombra de Víctor Paz y jamás consolidaron un liderazgo, los Perkins, los mayordomos del nacionalismo revolucionario que siguieron con obsecuencia al caudillo o fueron echados para volver al anonimato. Esa era una tarea de tu generación y no la cumplieron; por eso planteamos el entronque histórico con el MNR.

No voy a discutir sobre la pertinencia o el error del entronque histórico como estrategia, pero sí subrayar la primera parte de mi

argumentación: que el MNR era un partido con un caudillo y miles de segundones.

Veamos el caso de René Barrientos. Hasta hoy hay una plaza llamada 4 de noviembre, que consagra el golpe que dio inicio a un ciclo de dictaduras militares. Pronto cumpliremos 30 años de democracia y seguimos honrando un golpe cruento, más cruento aún con el sistema de mayo de 1965, con la masacre de San Juan y la represión política; pero Barrientos tenía pasta y gestos de caudillo, y las multitudes vibraban al verlo y al escuchar las sandeces que decía, pues en su corta vida política no pronunció un solo discurso memorable. Pero era un caudillo, y una multitud asistió a su entierro.

Veamos la reacción contra el general Torres y la Asamblea Popular: de pronto apareció en el escenario un coronel flaquito montado en un ejército de paramilitares que tenían sus cárceles privadas e inauguraron en el país una nueva forma de represión fría y técnica.

Siete años después cayó, fundó su partido y nunca le fue mal en elecciones, al punto que fue elegido antes de morir y ya finado recibió los honores de todos los órganos del Estado, las Fuerzas Armadas, la Policía, el cuerpo diplomático, los militantes lamentables o cínicos de la democracia pactada y los de su partido, que nunca pasaron de segundones.

En diciembre de 2009, Evo Morales obtuvo el porcentaje más alto luego de cuatro consultas, dos para elegirlo, uno para ratificarlo y uno para aprobar la Constitución. Su triunfo fue indiscutible porque Evo es un caudillo y Bolivia, un país caudillista. Pues bien, pasan pocas semanas, se vienen las complejas elecciones de este 4 de abril y nadie entiende lo que pasa, al punto que no faltan los agoreros cojudos que sueñan con el hundimiento del barco. No es así, pues si Evo candidateaba a todas las gobernaciones y a todas las alcaldías, probablemente ganaba en un gran porcentaje, pero hay un argumento

mayor: el MAS es también un partido de segundones.