¿Existen o no las razas humanas? Si se le hace esta pregunta a un sociólogo dirá rotundamente que no, que eso es solo un invento de los hombres “blancos” para justificar la explotación de las otras razas. Igual partido tomará un genetista o un antropólogo cultural. Pero quizás si la pregunta fuera formulada a un médico, un criminalista o un descendiente de africano, la repuesta pudiera ser afirmativa.

Ella estaría motivada por el hecho de que los grupos “raciales” pueden diferir en su resistencia a enfermedades, en sus características craneales que permiten identificar la “raza” de una osamenta o simplemente como afrodescendiente “negro” esa persona sufre en carne propia una discriminación que le hace sentir la “realidad” de la existencia de razas.

A nuestro juicio, esta disparidad de criterios surge del hecho de que no se aborda de conjunto el problema racial por los grupos antes mencionados en sus dos aristas básicas: los aspectos biológicos (mayormente genéticos) y los socio-políticos-culturales (abreviadamente culturales).

Y para dar más complejidad al asunto, los aspectos biológicos son jerárquicos, en el sentido de que no es lo mismo hablar de “razas” al nivel de los genes que al nivel del fenotipo (el producto final de esos genes en interacción con el ambiente).

No siempre ciertos genes de origen europeo darán un fenotipo de “raza blanca”, esto dependerá, de si se trata de genes estructurales (que codifican para las estructuras de las proteínas) o de genes reguladores (que controlan cuando y donde se expresarán los genes estructurales).

Todo lo anteriormente planteado nos lleva a reconocer al menos tres enfoques diferentes en cuanto al reconocimiento o no de la existencia de razas humanas. Así tenemos la raza cultural, la genética y la fenotípica.

Para entender esta distinción, debemos aclarar que no se pueden confundir las diferencias fenotípicas reales que existen entre las diversas poblaciones y grupos humanos en su morfología, fisiología y conductas innatas y adquiridas por la cultura, con la valoración que se hace de estos grupos, en términos de superioridad o inferioridad de unos grupos con relación a otros.

Si tomamos al azar dos grupos humanos A y B bien diferentes, como por ejemplo esquimales y pigmeos, quien plantee que no existen diferencias fenotípicas biológicas y culturales reales entre ambos grupos, necesita urgente una operación de la vista.

Pero este no es el punto importante, sino la siguiente cuestión: por el hecho de la existencia de esas diferencias ¿son superiores para determinados caracteres los esquimales a los pigmeos o viceversa?

Las razas humanas en su enfoque cultural han seguido estas últimas desigualdades sin ningún fundamento biológico. Los individuos de diferentes grupos raciales pueden de hecho diferir en lo que al nivel fenotípico reconocemos como inteligencia, por ejemplo, pero hasta la fecha la supuesta superioridad en este carácter de los “blancos” sobre los “negros” ha sido totalmente desacreditada.

La literatura científica y las instituciones internacionales que rechazan esta y otras muchas “superioridades” raciales es amplísima.

Aspectos biológicos

Lamentablemente, en algunos casos el enfoque cultural de las razas solo atiende al aspecto social e ignora los aspectos biológicos.

Ello se evidencia en mesas redondas y libros, donde solo se oye la opinión de sociólogos, historiadores, etnólogos y otros investigadores sociales, pero esta ausente la opinión de biólogos, genetistas y antropólogos físicos entre otros, sin los cuales es incompleto el análisis del fenómeno “raza”.

Si la raza cultural (unas “razas” superiores a otras) es una construcción mental que aprendemos como parte de la cultura, entonces una buena educación en contra del racismo -junto a otros aspectos sociales que también deben cambiar- puede eliminar esta creencia infundada sobre grupos humanos superiores e inferiores.

Las “razas” humanas pudieran ser los equivalentes a las subespecies del resto de las especies animales. Estas subespecies son grupos de poblaciones que comparten muchos genes en común, tanto estructurales como reguladores, en un relativo alto grado de homocigocis, lo que precisamente provoca su similitud. Dichos grupos conservan esta condición porque el intercambio genético con otras subespecies es muy limitado o nulo.

Pero las migraciones de los humanos, ya desde su mismo origen, mezclaron todos estos grupos de tal forma que la alta homocigocis y el semiaislamiento que definen a las verdaderas subespecies no se dan entre los grupos “raciales” humanos.

Ese fenómeno implica que cualquiera de estos grupos puede llevar genes de otros, lo que acaba con el mito de las “razas puras”, o sea, genéticamente homogéneas (homocigóticas).

Todos los planteamiento antes señalados quedaron ampliamente confirmados al analizarse el genoma humano y compararlo entre diferentes “razas”.

Las diferencias genéticas dentro de estos grupos fueron muchísimo mayores que las existentes entre los grupos, algo similar a lo que ocurrió cuando se compararon los genomas del chimpancé y del humano. Tanto en uno como en otro caso, solo pequeñas diferencias genéticas hacen que un embrión se convierta en chimpancé o humano, o en esquimal o pigmeo.

Este producto final, el fenotipo, es lo que realmente percibimos como especie o “raza” distinta y en el último caso es a lo que denominamos raza fenotípica. Esta “raza” es la que reconocen médicos, criminalista y otros especialistas que necesitan diferenciar su material de estudio para poderlo trabajar.

Las diferencias “raciales” que distinguen muy bien a una polinesia de una africana radican entonces en un insignificante porcentaje de genes que afectan caracteres que reconocemos como diferenciadores de “razas”, los cuales están inmersos en un mar de genes de todo tipo y origen, producto de las migraciones humanas.

Esos pocos genes que definen las diferencias entre especies y subespecies son mayormente reguladores, los cuales controlan numerosos genes estructurales que intervienen en la formación de caracteres complejos.

La existencia de estos genes explica la paradoja de individuos con fenotipos de un tipo “racial” con genes mezclados de otros orígenes.

Muchos cubanos de origen africano, por ejemplo, con toda seguridad pueden tener casi los mismos genes que un europeo, pero su fenotipo “africano” (piel oscura, alta estatura, labios gruesos, predisposición a la hipertensión, etc.) se debe a unos pocos genes reguladores que han logrado expresarse en el fenotipo.

Por ejemplo, si estudiáramos los genes estructurales que producen el pigmento negro melanina en estos afrocubanos (gen para el precursor de la melanina, la tiroxina y gen para la tirosinasa, la enzima que lleva la tiroxina a melanina) y en sus contrapartes de origen europeo, prácticamente encontraríamos la misma estructura (secuencia de bases) en ambos grupos.

La diferencia esta en los genes reguladores que inhiben la actividad de la tirosinasa, los que hacen que los genes estructurales de los afrodescendientes elaboren más melanina.

Igualdad y diferencia se combinan en la problemática racial, cuando se analiza ésta al nivel molecular y nos ayuda a comprender dicho fenómeno en todas sus facetas, no solo en lo social.

Para el caso concreto de Cuba nada mejor que leer la obra de Don Fernando Ortiz “El Engaño de Las Razas” para convencernos del ajiaco genético-cultural en medio del cual se forjó la rica cultura cubana.

* Doctor en Ciencias Biológicas de la Facultad de Biología, Universidad de la Habana, y colaborador de Prensa Latina.