El terremoto había destruido las ciudades de dos regiones en el continente. 45 minutos después, una ola inmensa se abatió sobre los sobrevivientes y acabó con ellos o sus pertenencias. En la Isla Juan Fernández no se sintió el terremoto, y la gente dormía apaciblemente en la bahía de Cumberland -San Juan Bautista era un pueblo de pescadores y de cabañas solitarias–, cuando una inmensa ola con una velocidad de más de 6 kilómetros hora abrió sus fauces y se tragó a esa pequeña población.

Un pescador acongojado, viejo, buscaba en el lodo el cadáver de su nieto. Encontró al fin la gorrita del niño y lloraba inconsolable. "Lo material no me importa porque voy a seguir trabajando, pero he perdido a mi chiquito", repetía llorando.

La toponimia de esos hermosos balnearios muestra los orígenes prehispánicos de todos esos pueblos de nombre rumoroso y eufónico. En uno de ellos, el terremoto y el tsunami destruyeron el cementerio, abrieron las tumbas y mezclaron los restos en un aquelarre que Goya no habría podido imaginar. Los sobrevivientes se tapaban la nariz porque el hedor se había apoderado del pueblo destruido.

Entre el sismo y el tsunami hubo 45 minutos en los cuales la Armada pudo haber prevenido a la población, pero no lo hizo. Así se quejaba el alcalde de Juan Bautista, en la bahía de Cumberland, temblando de indignación. ¿Cómo se habían olvidado de prevenirles si ellos no habían sentido el terremoto? Pero incluso la gente que sufrió el sismo en el continente no tuvo advertencia de la Armada y no pudo salvar nada: el mar se comió esos poblados.

Hace varios días que veo incesantemente el canal chileno, porque me duele comprobar que todos los oprimidos del mundo tienen el mismo rostro. Esos rostros de impotencia, de desolación, nos aproximan y hermanan. Tengo además un motivo personal para acompañar en el dolor al pueblo chileno, porque mi abuelo Monroy era de esa nacionalidad. Y entonces pienso en algo por demás visible: el Estado invisible. Invisible para el servicio, para la atención oportuna, para remediar el desastre, para recibir y distribuir las donaciones de solidaridad, pero siempre presto a la represión, a la lentitud de la burocracia, a la ajenitud frente al dolor de la población. El canal chileno sólo muestra a la clase media; no llega a las barriadas. La ministra del ramo dice que las familias perjudicadas deben seguir juicio a las empresas constructoras que les vendieron departamentos mal construidos: es un pleito entre particulares. Pero no dice nada de los desposeídos, no habla de planes de vivienda ni de otras formas de asistencia. Sin embargo, es honesto reconocer que el desastre ha sido tan grande que ha desvelado la inermidad de ese Estado aparentemente tan poderoso. En cambio, lo que no se puede ocultar es la desarticulación del pueblo chileno. La clase media se organiza para proteger sus pertenencias y disparar a bulto, pero los oprimidos sólo se juntan para saquear.

La tragedia comenzó hace cuarenta años, y el poderoso movimiento obrero chileno nunca más levantó la cabeza. Quizá me equivoque, pero allí no hay movimientos sociales, no hay centrales, no hay federaciones. Cada chileno es un átomo aislado de los demás y frente a la sólida estructura del poder dejada por el pinochetismo de ayer y de hoy. En días más asumirá el nuevo Presidente Sebastián Piñera, de derecha y neoliberal a ultranza. El neoliberalismo es lo contrario de Noé; por eso en ninguna parte se vio un Arca que salve a ese pueblo chileno demudado frente al furor de la naturaleza. Vendrá Piñera y ¿dará subsidios? ¿Construirá viviendas sociales? ¿Reparará la economía de los pobres? ¿Ayudará a los pescadores, a los pequeños productores, a los pequeños comerciantes? Eso no va con sus principios. Si la furia de Dios se abatió sobre ellos que acabe con ellos. Para eso Dios ha creado también esa chilenidad burguesa, satisfecha, altanera, odiadora del roto y aun más del indígena, de espaldas a América Latina, a Sudamérica, a los vecinos más próximos de Chile: Argentina, Bolivia y Perú. Piñera gobernará para ellos y el pueblo chileno tendrá que acumular fuerzas para la reconstrucción sin ayuda de nadie, en la más profunda soledad.

Quizá sea ésta la oportunidad de oro para reorganizar los movimientos sociales, para rearticular a los trabajadores, para revivir el movimiento indígena y las reivindicaciones de los oprimidos, que jamás disfrutaron de la supuesta opulencia del neoliberalismo.

Me duele, me da rabia, me hace cagar de risa leer a esos comentaristas bolivianos que no disimulan su júbilo ante el triunfo de la derecha chilena. ¡Ese es el camino! ¡Ese es un gran país! Ellos harán negocios afortunados, mientras nosotros nos distraemos con ceremonias cojudas en Tiwanaku. Entonces pienso en la solidez orgánica del pueblo boliviano, en sus centrales y confederaciones, en su poderoso movimiento indígena, en su voluntad y su mentalidad colectivas, y me alegro de ser boliviano. Chile era así. El Chile de Allende era un pueblo jubiloso y organizado. Llegaron los cuatro jinetes del Apocalipsis y destruyeron las organizaciones sindicales y sociales. Volvió la democracia cómplice con la estructura de poder pinochetista y nunca hubo cambio de estructuras ni el movimiento popular volvió a alzar la cabeza.

Ojalá que esta tremenda desgracia sea también la hora cero de la rearticulación, de la reorganización, de la emancipación del pueblo chileno.