Ayer mi amigo de la imprenta me entregó un nuevo libro que se publicó por partes en la colección de minilibros del diario OPINIÓN, y titula "15 autores que construyeron el pensamiento político boliviano". Ellos son: Casimiro Olañeta, Simón Rodríguez, Gabriel René Moreno, Franz Tamayo, Alcides Arguedas, Carlos Medinaceli, José Antonio Arze, Ricardo Anaya, Carlos Montenegro, Augusto Céspedes, Víctor Paz, Guillermo Lora, Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta. En esta obra recojo anécdotas inolvidables, como las siguientes.

La primera, me la contó Nivardo Paz, quien fue redactor de la Cámara de Diputados en 1941. Los jóvenes militantes del MNR interpelaron a Alcides Arguedas, ministro de Agricultura del régimen de Peñaranda, para preguntarle por qué Bolivia no tenía un plan nacional de ese ramo. El expositor era Germán Monroy Block y Arguedas quiso fulminarlo en pocas palabras: "El H. Monroy Block – dijo– es muy joven y está pagando su derecho de piso: habla mucho. Yo también estuve sentado en ese curul pero nosotros no hablábamos mucho y por eso nos decían "Los caballeros del silencio". El Honorable pregunta por qué en Bolivia no hay un plan nacional de agricultura y le respondo, porque no es necesario, pues los bolivianos somos agricultores por instinto. En cuanto a mi pensamiento, bien le haría al joven diputado leer mi obra, en especial "Pueblo Enfermo". Monroy Block le contestó: "El ministro Arguedas, agricultor por instinto, debería saber que la enfermedad de los pueblos no se cura con el silencio de los caballeros".

Fue muy grato recordar a Augusto Céspedes, a quien tuve el honor de conocerlo y de compartir unos tragos con él. Entre sus múltiples boutades, todas afortunadas, recojo la forma en que fulminó a un oscuro burócrata de la diplomacia boliviana cuya obra escrita se reduce a una agenda donde los personajes están distribuidos no por apellidos sino por países. Éste osó enfrentarse a Céspedes porque el viejo escritor no renunció a la Embajada en la UNESCO después del golpe del general García Meza. Para qué lo haría, porque Céspedes lo definió con precisión de entomólogo, pues le decía "lombriz solitaria adherida al organismo exhausto de la UNESCO". Cosa que era de conocimiento público, pues este señor usufructuó más de tres décadas sinecuras diplomáticas en París, según decía Céspedes para pagar su vicio más conocido, el de apostar a carreras de caballos, y el otro, menos conocido, de soltero maduro.

También fue un grato desafío aproximarme a la recia personalidad de Víctor Paz Estenssoro, muy allegado a mi familia Monroy, porque juntos fundaron el MNR. Quise resumir su semblanza en esta frase: "Uno diría que usó "el maravilloso instrumento del poder" para sumar, restar, multiplicar y dividir: sumar para ascender, restar para extirpar, multiplicar para durar, dividir para reinar. Parecía la encarnación hierática de un Estado protector que desciende a las masas tan sólo para decirles, como Santo Tomás, que Dios sabe cuántos cabellos tienes en la cabeza. Quizá por eso, en un gesto que data del primer período de gobierno del MNR, los trabajadores petroleros mandaron pintar un retrato de VPE con una leyenda que decía: "El Señor del Gran Poder".

Aproximarme a figuras señeras como Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga o René Zavaleta fue un ejercicio mayor a mis fuerzas. Conocí a los dos últimos y, a medida que pasan los años, los recuerdo con mayor emoción y cariño, sentimientos que extiendo a Almaraz, que murió cuando yo todavía lo escuchaba confundido en un público anónimo.

En el capítulo dedicado a Marcelo, no quise dejar en el olvido el poema "A ti, revolucionario", de la poetisa cruceña Sara María Vásquez, que, al margen de la épica o la elegía, es un canto de vida y de resurrección: "(Para Marcelo Quiroga Santa Cruz). Y llegarás / con dimensión de luz / hasta la bruma de la celda entumecida / donde tirita el reo / de la cadena injusta; / hasta el zaguán de sombras, / trasnochado y de invierno, / donde apenas cohabitan / el hombre y la miseria, / el hambre y el silencio. / Llegarás / con antorchas encendidas / a dorar los racimos de la idea; / a despertar un silabario antiguo / dormido en la tristeza. / Vendrás / con el vocablo / florecido en capullos de esperanza; / llegarás con sandalias de ternura / para los pies descalzos. / Entonces, / sólo entonces, / habrá pétalos de blanca vestidura / y música en las voces de las samaritanas / al restañar la herida. / A tu llegada / el agua danzará al ritmo de la arena sobre el páramo / –promesas de mazorcas y de espigas– / y el río incontenible de las generaciones / abrirá un cauce inmenso / atravesando la sequía del tiempo. / Sin duda / un viento agreste / poblará de semillas los surcos y las calles de la tarde / Será el campo recién anochecido / con morenas guitarras / en sus fecundas manos, / una fiesta de estrellas y campanas, / de mieses y naranjas. / Y en la rubia canción de los trigales / y en las notas agudas del arado / escucharán los niños / y escuchará el anciano, / la sinfonía soñada de nuevos alfabetos; / encanecido de esperar el alba, / la tierna melodía del pan que se prodiga. / Tuya será la siembra / de todos, la cosecha. / Has de llegar a iluminar los días / con la lámpara azul de tu palabra".

¡Lléguenle! Haré lo imposible por enviarles si me escriben a rochamonroy@gmail.com.