Falleció un verdadero escritor. Murió un periodista de raza. Nadie, como él, supo combinar los dos géneros. Tomás Eloy creó el periodismo narrativo mucho antes que se llamara así. Dijo ayer García Márquez de él: "se fue el mejor de todos nosotros".

Quiero recordarlo con un texto que para mí fue revelador. Tomás Eloy fue una especie de confidente del General Juan Domingo Perón. Cuando el hombre que marcó la historia argentina del siglo XX como ningún otro, quiso legar su historia de vida, llamó al tucumano para que López Rega, su secretario, se la leyera mientras el General comentaba y el escritor-periodista grababa y preguntaba. El libro salió publicado veinte y cinco años después y se llamó Las memorias del General (Planeta, Buenos Aires, 1996).

Perón hablaba de su padre y de su infancia en la Patagonia, en el extremo sur de la Argentina. El texto es el siguiente:

"Su autoridad nunca dejó de ser profundamente humana. Siempre recuerdo un caso que quedó grabado en mi pobre imaginación infantil. Se trataba de un indio de los que aún quedaban dispersos y abandonados en la inmensa Patagonia. Un día llegó a mi casa y pidió hablar con mi padre; él lo atendió como a un gran señor. Le habló en su propio idioma, el tehuelche, y lo recibió con el usual "Marí-marí". En seguida entraron en confianza. El indio se llamaba Nikolman, que significa Cóndor Volador (Nikol, que vuela; man, abreviatura de manke, cóndor). No tenía el indio más que unas pocas pilchas y su caballito tordillo. Presencié la entrevista porque mi padre me hizo quedar, tal vez para darme una lección de humanismo sincero.

Se le dijo al indio que podía instalarse en el campo y se le asignó un potrero donde le construyeron una pequeña vivienda como las que usaban entonces lo de su tribu, media casa y medio toldo. Le regaló también una puntita de chivas. Cuando le pregunté a qué venía tanta consideración con un indio me respondió: "¿No has visto la dignidad de este hombre? Es la única herencia que ha recibido de sus mayores. Nosotros los llamamos ahora indios ladrones y nos olvidamos que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos".

Hasta aquí la historia. Tiene la fuerza admirable que supo transmitir Tomás Eloy. Hace poco vi Purgatorio, su última novela, en un anaquel de una librería del aeropuerto Jorge Chávez de Lima y no la compré, por el motivo más obvio: no tenía un peso. Ahora me enteré que falleció, que murió Tomás Eloy, y supongo que haberlo leído tan próximo a su partida en su última obra, hubiera sido también una buena manera de despedirlo en su viaje al más allá. Sin embargo, creo que compartir este texto sobre el niño Perón es otra buena manera de homenajearlo. Y decir que uno que trata de escribir lo mejor que puede, no puede más que estar agradecido por haber conocido la obra de Tomás Eloy Martínez, un mago, un orfebre de las palabras, un maestro.