Hace como veinte años, mi buena amigo Luis Mérida me dijo algo que se convirtió en máxima que guió la educación de mis hijos: Nadie tiene derecho de salvarse solo. Los reuní y les dije que todos éramos una familia extensa, incluidas sus mamás, abuelos y abuelas, y que si uno caía o tenía dificultades nos afectaba a todos.

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Le recordé que en la mochila del Che Guevara sus captores encontraron un poema que le atribuyeron y así se publicó, si recuerdo bien, en Letras Bolivianas: "Cristo, te amo, mas no porque bajaste de una estrella, sino porque nos enseñaste…" No lo sabía de memoria, y entonces busqué en San Google y lo encontré. Claro, pronto se aclaró que era un verso de León Felipe, que el Che lo había destacado y copiado, y tal vez lo sabía de memoria. Dice así: "Cristo / te amo / no porque bajaste de una estrella / sino porque me descubriste / que el hombre tiene sangre, / lágrimas, / congojas… / ¡llaves, / herramientas! / para abrir las puertas cerradas de la luz. / Sí… Tú nos enseñaste que el hombre es Dios… / un pobre Dios crucificado como Tú. / Y aquél que está a la izquierda en el Gólgota, / el mal ladrón… / ¡también es un Dios!" (Oh, este viejo violín, p. 121).

Tremendo León Felipe, que nos mueve a volver los ojos a la fotografía póstuma del Che, tomada en la escuelita de La Higuera, cuando nadie le había cerrado los ojos y parecía vivo, mirando a la eternidad. ¿No dijimos, acaso, que parecía un Cristo? Entonces vino el poema de León Felipe y era inevitable repetirlo contemplando esa fotografía. ¡Pero si hasta le pusimos música!

León Felipe, poeta republicano, murió en México en el exilio. Dicen los que saben que se llamaba Felipe Camino Galicia de la Rosa, y que ejercía el honrado oficio de farmacéutico, hasta que prefirió vivir bohemio y pobre y pasar tres años en la cárcel. En México lo trataron mejor, pues bastó una carta del escritor Alfonso Reyes para que le dieran empleo de bibliotecario en Veracruz. Sin embargo volvió a España en 1938 para combatir por la República, y al cabo retomó el exilio, otra vez y para siempre en México.

La pasión y muerte del pueblo republicano en manos de las huestes grises de Franco debió agitar en él la memoria de Cristo. Era un poeta apasionado que tradujo, cómo no, a Walt Whitman. Era también un místico al margen de los usos ramplones de la doctrina, y supo expresarlo en versos que hablan de su nostalgia, su soledad, su desolación que lo depuran y lo redimen para que entienda al ser humano mejor que nadie. "El oficio del hombre no es su destino". ¿No debería repetirles esa frase de León Felipe a mis hijos?

El místico se aproximó a Cristo, pero no al resucitado a cuyo nombre se fundó un aparato de poder cruel y opresivo, sino al hombre con su cuota de dolor, de enigma, de absurdo, de soledad y de incertidumbre, que parió sus alas y por eso fue crucificado. Igualito que el Che.