La Habana (PL).- El fin de la cultura occidental, expandida en nuestro tiempo por obra y gracia del capitalismo globalizado, fue predicho desde la tercera década de la vigésima centuria por el filósofo alemán Oswal Spengler. En Der Untergang des Abendlandes o La decadencia de Occidente, éste rechazó la concepción eurocéntrica de la historia por ignorar las grandes culturas americanas e insistió en la senectud de otra que “no puede ser la cumbre de la historia universal”.

El teórico esgrimió la supuesta impopularidad de lo occidental por su propensión a desatenderse del alma, regirse por el utilitarismo, y romper el contacto con lo que identificó por símbolo primitivo o ursymbol.

Este concepto, explicó Spengler, sólo puede ser sentido por las personas ligadas a una cultura y explica la imposibilidad de muchos de comprender o asimilarse radicalmente a otra.

“El europeo moderno ve los destinos ajenos a través de los conceptos de constitución, parlamento, democracia, aunque la aplicación de tales conceptos en otras culturas es ridícula y absurda”, afirmó en lo que parece hoy una suerte de ensayo del discurso político latinoamericano actual.

Desde el psicoanálisis, otro científico también dejó constancia en la época del ascenso del malestar general con una cultura que reposa sobre la renuncia a las satisfacciones instintuales de los seres humanos.

Esta impone obstáculos a las personas en su andar, orientado en primera instancia a la búsqueda de lo que presupone como felicidad, consideró el austriaco Sigmund Freud en 1929.

El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura. “El tabú, la ley y las costumbres establecen disímiles limitaciones que afectan tanto al hombre como a la mujer”, sentenció.

“Con la severidad de sus preceptos y prohibiciones, semejante esquema social se despreocupa demasiado de la felicidad del yo y olvida las resistencias contra el cumplimiento de estos, la energía instintiva de las personas y las dificultades que ofrece el mundo real”, argumentó Freud.

Tales ideas tuvieron mayor acogida a partir de la crisis económica capitalista de 1929-1933, del afianzamiento del fascismo en Europa, y de la difusión de las contradictorias políticas estalinianas.

Sin embargo, la prosperidad vivida tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), por la aplicación de teorías económicas y concepciones elaboradas en las otroras potencias coloniales y en una emergente, Estados Unidos, puso en tela de juicio estas consideraciones.

Los constantes progresos tecnológicos, el avance vertiginoso de las economías, de la calidad de vida, y alguna que otra nueva creación intelectual, confundieron a muchos hasta mediados de los años de 1970.

La bonanza cedió terreno entonces al aumento de la inflación, la ruptura del orden monetario posterior a la guerra -el patrón oro-dólar y las tasas de cambio fijas-, al alza de los precios del petróleo y al cambio de perspectiva en cuanto a los objetivos que debía seguir la política económica.

Gobiernos, medios políticos, intelectuales y académicos coincidieron, en ese contexto, en la urgencia de cambiar el mundo, aunque las discrepancias prevalecieron en relación con las vías a seguir para lograrlo.

Por un lado, unos admitían la necesidad de introducir modificaciones estructurales para preservar el status quo, en tanto otros concordaban en que la decadencia de los sistemas históricos en boga resultaba irreversible y propiciaron cambios para transformarlos.

“En esta rápida discusión de la crisis de la civilización del capitalismo actual se debe señalar como síntoma de su agotamiento cultural la escasa y decreciente creatividad expresiva e intelectual”, señaló con posterioridad el investigador mexicano Jorge Graciarena.

Él y otros estudiosos del quehacer intelectual en América Latina concordaron en los años 70 en que esa era una de las épocas más pobres de la historia de Occidente.

“Esta época es pobre en el campo intelectual y débil en su fuerza de estímulo para generar nuevas ideologías y mitos sociales capaces de movilizar energías colectivas hacia ideales y objetivos que signifiquen un enriquecimiento efectivo de la vida humana”, enfatizó Graciarena.

Lejos de compensar la debacle, los logros del progreso técnico-científico reforzaron la crisis de este modo de civilización, porque propulsaron el vaciamiento interior del hombre y la expansión de sus tendencias autodestructivas.

Ello fue corroborado por el sociólogo francés Alain Touraine, quien criticó igual la concepción occidental de la modernidad, en 1992.

Centró sus cuestionamientos en la visión defensora del racionalismo que integra a las personas en la naturaleza, el microcosmos en el macrocosmos, y rechaza los dualismos del cuerpo y del alma, del mundo humano y el trascendente.

“La idea de modernidad no excluye la idea del fin de la historia (este) es más bien el fin de una prehistoria y el comienzo de un desarrollo impulsado por el progreso técnico, la liberación de las necesidades y el triunfo del espíritu”, sugirió.

Touraine recuerda en su obra que la más efectiva concepción occidental de la modernidad consideraba que la racionalización imponía la destrucción de los vínculos sociales, de los sentimientos, de las costumbres y de las creencias tradicionales.

Esta manera de ver la historia humana veía a la razón y a la necesidad que preparaba su triunfo como únicos agentes de la modernización y no a una categoría o a una clase social particular.

“La idea de la modernidad, cuando es definida por la destrucción de los órdenes antiguos y por el triunfo de la racionalidad, objetiva o instrumental (a la manera eurocéntrica), ha perdido su fuerza de liberación y creación”, añadió el sociólogo francés.

Mérito reconocido de este autor es haber roto con la costumbre de reducir la modernidad a la razón e introducir el tema del sujeto y la subjetividad.

El control de lo vivido, su transformación en personal, el reconocimiento de su autoría, el paso del Ello al Yo, es el Sujeto, el cual a su vez es actor, porque no actúa conforme a la situación que ocupa en el entorno social, sino transformándolo, explicó Touraine.

Tal concepto del Sujeto y su capacidad de transformación impulsó el abandono del lenguaje determinista en los estudios sobre la sociedad y orientó las pesquisas al reconocimiento de la influencia de los actores y de las posibilidades de cambio que estos siempre suponen.

Mejor aún, puso en su justo lugar a un modo de concebir el desarrollo social en quiebra, al admitir que si bien la modernidad europea sacó a muchos pueblos del mundo de los límites de la cultura local, se agotó frente a la intensidad de los intercambios con otras tan o más ricas.

El incremento de la población, de las capitales, de los bienes de consumo, de los instrumentos de control social y de las armas, contribuyó también a este deterioro, al decir del especialista.

Al distinguir en su unidad el proceso de descomposición de la visión eurocéntrica sobre el desarrollo, detrás del caleidoscopio cultural que distingue a la identificada como época postmoderna, Touraine dio continuidad a las ideas spenglerianas y alentó la polémica.

Al avanzar el siglo XXI, el debate cobra bríos en proporción con la nitidez con que se aprecian los signos de la decadencia de Occidente y, en particular, de su manera de concebir el progreso en base a la mecanización de todos los procesos.

* Especialista en temas de América Latina y el Caribe.