Entre la chabacanería y el simbolismo teatralmente montado en ocasión de la posesión del Presidente y del Vicepresidente, hay que prestar atención al discurso pronunciado por García Linera en la Asamblea Legislativa Plurinacional, que tiene la virtud de mostrar de cuerpo entero al nuevo gobierno del MAS.

García Linera empieza delineando la manera cómo conciben el Estado los nuevos conductores del país. Apoyado en René Zabaleta, desarrolla la concepción del “Estado aparente” que representa los intereses de una parte dominante de la sociedad, que excluye a las mayorías, que es burocrático, colonizador, etc., características del viejo “Estado liberal” que concluye.

Señala que la instalación del nuevo gobierno significa el inicio de un nuevo Estado cualitativamente diferente al anterior, y, citando a Gramsci, desarrolla la concepción del “Estado integral” solidario, complementario, recíproco, democrático, autonómico, etc., que representa los intereses del conjunto de la sociedad y que incluye a todos.

El tránsito del “Estado aparente” al “Estado integral” va en dirección de la difícil construcción del socialismo en algunos decenios, potenciando al sector económico estatal y las formas de propiedad comunitarias.

Por otra parte, señala que el nuevo Estado está basado en las “organizaciones sociales”, en los sindicatos, en las organizaciones empresariales, en las nacionalidades; ellas son las que definen el curso que se debe seguir. Reconoce la necesidad de una hegemonía que no significa dominación sino una fuerza articuladora y dirigente que es el gobierno del MAS encarnado en Evo Morales, ungido como guía espiritual y político.

¿Cómo debemos entender estas ideas centrales del discurso de García Linera? Como la reiteración del viejo concepto del Estado liberal burgués que nació en el proceso de consolidación de la burguesía progresista sobre los escombros del Estado monárquico del feudalismo, pero en este caso un Estado corporativo barnizado con matices fascistas, con un guía espiritual y político que tiene la tarea de salvar a la madre Tierra y a la humanidad.

Los teóricos burgueses concibieron al Estado liberal como una entidad producto de un contrato social situado por encima de los intereses de clase sectoriales y con la misión de regular las relaciones armónicas de los componentes distintos de la sociedad para impedir que se despedacen entre ellos, para evitar que el “hombre sea lobo del hombre” y garantizar el funcionamiento de la sociedad con arreglo a las reglas de la democracia representativa.

¿En que se diferencia este Estado liberal burgués del “Estado integral” que se nos presenta como el objetivo ideal? En nada, excepto en su concepción corporativa que tampoco es una novedad porque los estados fascistas ya lo practicaron en la primera mitad del siglo pasado. Ya no son los ciudadanos individuales los sujetos directos que hacen el destino del funcionamiento del Estado, sino sus organizaciones y agrupaciones.

Se piensa en un Estado que respeta los intereses materiales de federaciones empresariales y sindicatos de trabajadores y que incluye a oprimidos y opresores, es decir que erradica la lucha de clases y que proscribe la independencia política y organizativa de los trabajadores y sus organizaciones respecto al Estado y sus leyes.

Subyace la idea fascista de estatizar los sindicatos y reglamentar el funcionamiento de los partidos políticos, pues el gran “guía espiritual y político”, casi divino, no puede ser menos que infalible.

Esta concepción es diametralmente opuesta a la marxista que concibe al Estado como un fenómeno históricamente determinado que aparece cuando la sociedad se escinde en clases y acabará en el comunismo superior cuando las diferencias de clase se diluyan en la sociedad. Se trata de un instrumento de opresión hasta ahora en manos de la clase dominante y, en el socialismo, seguirá siendo opresor, pero controlado por los explotados y bajo la dirección del proletariado. Por esta razón, los trotskystas proclamamos la dictadura del proletariado como objetivo estratégico de la revolución.

El proceso político actual y el rol del proletariado

Hasta ahora, grandes sectores de explotados, sobre todo campesinos e indígenas, han sido atrapados con la ilusión de que ejercen efectivamente el poder y controlan el Estado por primera vez después de 500 años de opresión. El retorno a los postulados de la Tesis de Pulacayo y de la Asamblea Popular de 1970, y el ejercicio de la independencia política de las organizaciones obreras acelerarían el proceso de emancipación política de los explotados del gobierno del MAS.En todo el proceso anterior que culmina en las elecciones últimas, la polarización política entre la derecha cavernaria de la media luna y el gobierno reformista del MAS -como si se tratara de dos expresiones políticas cualitativamente distintas aunque ambas son versiones de la misma política burguesa cuyo interés común es preservar la propiedad privada en todas sus formas- ha sido un gran obstáculo para el proceso de separación de las masas del control oficialista. El mismo gobierno se ha encargado de consolidar ese obstáculo y mostrar que todos sus proyectos reivindicativos han sido bloqueados por una oposición derechista obstinada.

En la conciencia de los explotados se ha forjado la idea central de que hay que aplastar a la derecha reaccionaria y que el único instrumento para lograr ese propósito es el MAS.

Después de las elecciones, el oficialismo pretende seguir atrapando a los explotados con el circo electoral que se prolonga hasta abril del presente año, pero las características del nuevo proceso ya no son las mismas porque está ausente uno de los factores fundamentales, la odiada derecha encabezada por la media luna.

La oposición grosera y tonta ha sucumbido sin lograr articularse programáticamente para hacer frente al MAS y, después de su contundente derrota, sus figuras más visibles ponen los pies en polvorosa huyendo al extranjero cargados de frondosos cargos por malos manejos de los bienes públicos.

Al mismo tiempo, surgen disputas escandalosas entre el oficialismo y sus aliados de la víspera y entre fracciones masistas insatisfechas con su participación en el botín; y pareciera que las elecciones para gobernadores y alcaldes ya no ilusionan a nadie; la gente está hastiada de politiquería.

Da la impresión de que las masas están reaccionando luego de un largo sopor y, al despertar, se encuentran con una dura realidad: la miseria creciente, la escasez de fuentes de trabajo, sueldos más reducidos que no guardan relación con la permanente subida de precios en los mercados; el latifundio sigue vigente y miles de campesinos e indígenas no tienen un pedazo de tierra para sobrevivir; se gasta más de un millón de dólares en la posesión del presidente y miles de productores sufren las consecuencias de los desastres naturales sin recibir ninguna ayuda del Estado, etc.

Se observan rebrotes de malestar y los explotados insatisfechos se lanzan a las calles, por ejemplo los fabriles que protagonizaron una la multitudinaria marcha en la ciudad de La Paz hace pocos días o los sectores más radicales del magisterio. Muy pronto veremos marchar a gremialistas, comerciantes minoristas, campesinos e indígenas. En las filas cocaleras del Trópico cochabambino, la base social más importante del gobierno, se generaliza una idea: “… nosotros lo hemos encumbrado en el poder a Evo Morales; ahora que la oposición de derecha ya no es obstáculo tiene que atender nuestras demandas y si no lo hace seremos quienes lo echemos del poder”.

La debilidad del presente proceso es la ausencia política del proletariado, que no ejercita su política propia y que ha perdido su condición de dirección de los explotados y su independencia política y organizativa frente al Estado burgués. Las direcciones sindicales a todo nivel, con pocas excepciones, se han convertido en portavoces del gobierno y frenan las movilizaciones de sus bases.

Después de la revolución de abril de 1952, la acción política del proletariado que se resumía en la bandera de la Tesis de Pulacayo, aceleró el proceso de diferenciación entre los explotados y el gobierno movimientista y lo empujó a refugiarse a la sombra del imperialismo, a ejecutar medidas antipopulares y antiobreras, y a reprimir las movilizaciones obreras.

La experiencia enseña que cuando el proletariado plantea con nitidez su estrategia revolucionaria (liquidación de la propiedad privada consumando la revolución social), los gobiernos burgueses de corte populista -por muy radicales se presenten al principio- terminan desenmascarándose y buscan la protección del imperialismo. Este mismo proceso vivirá el gobierno del MAS si el proletariado retorna a su eje revolucionario y actúa como dirección de la nación oprimida.

* Dirigente de la Unión Revolucionaria de Maestros (URMA) del Partido Obrero Revolucionario (POR).