La Habana, (PL).- El eurocentrismo arrastrado hasta nuestro tiempo derivó de la asunción pseudorreligiosa de la maternidad civilizatoria de Europa sobre el resto de la humanidad y del olvido de que su progreso provino del expolio a otros pueblos.

Varios historiadores coinciden en que las riquezas robadas a las colonias americanas sirvieron de impulso inicial a este desarrollo, al propiciar la creación de las condiciones materiales indispensables para desplegar el trabajo intelectual y, con ello, expandir la cultura.

Pese a todo, hay que reconocer que una civilización como la europea no puede existir por sí misma sin diferenciarse de las otras a través de alguna virtud o característica fundacional, admite el uruguayo Fernando Gutiérrez Almeira.

En el caso europeo, precisa, esta no ha sido la especulación matemática, ni la filosófica, ni el concepto de coexistencia republicana, ni el monoteísmo, ni siquiera la idea del “libre albedrío”.

“Lo que caracterizó y caracteriza a la civilización europea es el maquinismo, la casi obsesión y veneración constante hacia las máquinas”, afirma.

La historiadora Lynn White precisa, en ese sentido, que la invención del arado pesado es el momento -el cual pudo ser fundacional- para el surgimiento de la civilización europea.

Esta relevante innovación tecnológica produjo un giro radical en la relación entre el hombre y la naturaleza al establecer la norma de la parcelación de la tierra según la capacidad de la máquina y no según la necesidad humana, recuerda.

Pero un invento aislado, pese a su influencia retornante sobre la mente que lo ha creado, no es suficiente para estabilizar ampliamente un cambio mental.

Los grandes impulsores originales de la civilización europea fueron los monjes benedictinos y lo hicieron sobre la base de una profunda convicción.

Estos creían que la mecanización de las actividades diarias, la sujeción del cuerpo y la mente a rutinas de control mecánico, era la vía más apropiada para disponer el alma hacia la perfección divina.

El arado pesado apareció por obra de los miembros de esta orden católica, que alcanzó gran preponderancia durante los siglos X y XI, gracias al impulso de Carlomagno y de su hijo Ludovico Pío.

“Primero bajo el imperio y luego bajo los auspicios feudales y papales, los benedictinos convirtieron con el tiempo su devoción religiosa hacia las artes útiles en una revolución industrial medieval”, explica David F. Noble en su obra La religión de la tecnología, publicada en 1999.

El maquinismo, con el transcurso del tiempo, alcanzó a todos los aspectos de la vida europea, desde la instalación por los benedictinos del primer órgano gigante en la catedral de Winchester, en la décima centuria.

La máquina más compleja, conocida con anterioridad a la invención del reloj mecánico, conquistó la música para la causa de los mecanicistas antes de que estos dominaran la escritura y el lenguaje con la imprenta.

Desde entonces, el sueño mecánico abarcó todos los aspectos de la vida europea, incluyendo la tortura y la eliminación de los condenados por herejes, enemigos o criminales, para los cuales fueron diseñadas la guillotina y las máquinas truculentas de la Inquisición.

Los avances tecnológicos de la época sirvieron al perfeccionamiento de estos instrumentos de muerte, creados bajo confusos discursos humanistas, como en nuestro tiempo proliferan otros más sofisticados, en detrimento de las personas.

El maquinismo permitió a los europeos utilizar sobre mujeres y hombres, la naturaleza y los demás pueblos, aparatos capaces de triturarlos y convertirlos en material para una dominación analítica y repetitiva, algo que en otras civilizaciones apenas llegó a gesto incipiente y sin futuro.

Gutiérrez Almeira explica que el perfeccionamiento de la exactitud, la linealidad y funcionalidad de las acciones formaron parte de este proceso, el cual devino embriaguez y culminó en el delirio determinista de la ciencia europea.

Para este autor, el agotamiento de la hegemonía depredadora del espíritu europeo solo puede equivaler al agotamiento de su maquinismo mesiánico y hasta apocalíptico, algo que no parece posible por el momento.

Hoy siguen perfilándose sueños de robotización, expansión tecnológica extraplanetaria, desarrollo artificial de la inteligencia y las emociones, mixturas de la vida con las máquinas (los ciborgs), intrusión mecánica en lo orgánico (la bioingeniería), intervención técnica sobre la mente, entre otros.

Sin embargo, igual se percibe en el estudio científico y en las consideraciones filosóficas la irreductibilidad de la incertidumbre, de la borrosidad de los límites, y de la vida en general a los estudios basados en la analogía mecánica.

En esto se juega el futuro de la humanidad, puntualiza el investigador uruguayo, en sintonía con su par Roberto Hainard.

“Se podrá hacer un muñeco más perfeccionado, más ligero, con articulaciones más numerosas. Dará indicaciones que estarán más cerca de la vida. Pero sin embargo será necesario cuidarse de tomar el muñeco por el hombre”, alerta el autor de Naturaleza y Mecanicismo.

Justo esto es lo que preconiza el mecanicismo legado por la “culta Europa”, pilar esencial de la concepción más expandida bajo el signo neoliberal, del progreso ligado a la civilización industrial.

* Especialista en temas de América Latina y el Caribe.