Hace un año ya que el Mundo vive una crisis económica global sólo comparable al crack de 1929. Sus consecuencias negativas las venimos padeciendo día a día, a pesar de lo cual, podemos rescatar algún aspecto a destacar de todo esto: esta debacle sin precedentes inmediatos ha corrido muchos velos, sobre todo, ha hecho caer los velos que desde siempre han querido encubrir los peores males del capitalismo, males que no son nuevos, que son intrínsecos al sistema, pero que también, desde siempre, se han tratado de mantener ocultos, o fuera de “agenda”, gracias al poder mediático multinacional que es tan funcional a los intereses del discurso dominante.

Pero la porfiada realidad, desde septiembre de 2008, ha dejado en evidencia todas estas calamidades y más aún, las ha puesto en primera plana a competir con el “mensaje oficial”, quedando bien en claro todos los flancos por donde este modelo viene haciendo agua, y cómo, millones de seres humanos más se han agregado a la lista de los perjudicados por la vorágine capitalista que se desató luego de la crisis.

Hagamos, entonces, una breve reseña, y tan sólo a vuelo de pájaro, de cómo algunas de estas cosas, han empeorado aún más en este último tiempo.

La FAO, en su reciente cumbre en Roma, estableció que la crisis económica mundial elevó el número de pobres de 850 a 1020 millones en apenas un año. En su declaración final estableció: “Nos comprometemos para que deje inmediatamente de aumentar -y se reduzca considerablemente- el número de personas que sufren a causa del hambre, la malnutrición y la inseguridad alimentaria”. Eso sí, sigue sin saberse ni cómo, ni en cuánto tiempo lograrlo, ya que de los 44 mil millones de dólares que necesita por año este organismo para cumplir con tales metas, los países industrializados se han quedado en meras promesas por cifras mucho menores a la mitad de lo exigido y todavía, sin ningún plazo definido.

Es que está clarísimo, a los países centrales no les tiembla la mano cuando entregan billones de dólares para salvar a un sistema financiero lleno de banqueros corruptos, pero para nada se preocupan por erradicar la pobreza en el Mundo. Ni siquiera demuestran interés por hacerlo en el seno de sus propias sociedades donde este flagelo también avanza, ya sea por la propia crisis como también por el hecho incontrastable de que las naciones más desarrolladas, en los últimos 30 años, han concentrado enormemente la distribución de la riqueza a favor de los más ricos, y reducido hasta en casi un 30% los ingresos de los sectores más pobres.

Pero esta crisis también ha demostrado, sin medias tintas, que la especulación desenfrenada que ha creado enormes burbujas de capital ficticio sigue intacta y funcionando como en sus mejores días, mientras que el trabajo digno, ese que enaltece al esfuerzo humano y que genera la riqueza digna, sigue perdiendo a todos los premios: la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) entiende que la recesión en los 30 países más desarrollados, entre 2009 y 2010, aumentará el número de nuevos desempleados en 25 millones. Y estas son cifras de un organismo afín al sistema, por ende, por demás cautelosas, ya que otros estudios hablan de cifras aún mayores.

Y por si todo lo anterior fuera poco, gracias a la bancarrota capitalista del último año, el Banco Mundial estima que no habrá reducción en la mortalidad infantil durante 2009 sino que, por el contrario, ésta crecerá en el Mundo (400 mil niños más morirán según este informe, que se sumarán a las cifras ya existentes) por carencias de atención sanitaria, debido a la falta de recursos por los distintos recortes presupuestarios aplicados para enfrentar a la crisis (claro está, recortes hechos exclusivamente en las carteras sociales). Así queda más que claro cuál es la esencia de este modelo socio político que nos domina en los cuatro puntos cardinales: hay dinero para rescatar a las finanzas (y así parar el derrumbe del sistema capitalista), pero no para salvar niños.

Smith, Friedman, y los principios capitalistas

Pero esta crisis quizás haya tenido una “virtud” aún mayor a lo ya reseñado: sus desastrosas consecuencias, también, han socavado los pilares fundamentales donde reposa el edificio ideológico del capitalismo, ya que ha puesto en tela de juicio los principios filosóficos sobre los que se sustenta el modelo.

Modelo que tiene como a su principal teórico a Adam Smith (y en su versión actual a Milton Friedman y su escuela neoclásica o neoliberal) quien desarrolló los principios rectores del capitalismo en su libro “La riqueza de las Naciones” en 1776. Su obra, en resumidas cuentas, postula dos principios básicos que hacen a la esencia del capitalismo.

El primero de ellos se refiere a que cuanto más se persiga el beneficio individual (lucro), aunque parezca paradójico, mayor será el beneficio social resultante. Y segundo, cuánto más libre (sin ningún tipo de trabas o regulaciones) sea el funcionamiento de los mercados, se asegurará la más correcta y eficiente distribución de los recursos, y se generará la mayor riqueza posible. Obviamente que estos dos principios van unidos, es el lucro el motor del sistema que potencia la acumulación de la riqueza, y el es el mercado “transparente” y en “competencia perfecta” el que asigna los recursos de la forma más eficiente.

Eso es lo que dice la teoría, sin embargo, más de cuatro siglos de capitalismo (salvaje, expoliador, devastador o inmoral, no le ponemos adjetivo porque le van todos) nos demuestran otra cosa muy distinta, y esta crisis que estamos padeciendo, viene a confirmarlo en forma contundente.

Hoy por hoy, hasta el mayor de los incrédulos, o él más acérrimo defensor del status quo, luego de todo lo acontecido en poco más de un año, ha debido admitir que el lucro desenfrenado, (ese que en las últimas tres décadas se ha tratado de imponer como un valor fundamental, como el mejor y más eficiente medio de organizar a la sociedad de acuerdo al neoliberalismo gobernante en el Mundo desde Reagan y Thachter para acá) ha estado en el origen de esta terrible debacle que llevó a que el sistema financiero global se “tragara” cientos de miles de millones de dólares persiguiendo el mayor rédito posible a como diera lugar, y sin importar a quién se afectara, o qué se derribara.

¿Es que alguien podía tener alguna duda de que el valor primero del capitalismo funciona de este modo? La tozuda realidad, a partir de septiembre de 2008, respondió por sí sola.

Y qué decir de los mercados: la competencia perfecta, los mercados transparentes y la libre oferta con muchos competidores ofreciendo el mismo producto, ya prácticamente no funcionan, ni siquiera en el caso de los productos primarios que son dominados por oligopolios a nivel local, o de acuerdo a los mandatos de alguna multinacional cuando los mismos traspasan fronteras, o por el juego especulativo del capital ficticio a través de los mercados a futuro, que inflan los precios de muchos alimentos y sus formas de distribución, para empeorar aún más el problema del hambre en el Mundo. Pero, acaso, ¿ha existido alguna vez un mercado tan liberalizado, tan desregulado, tan por fuera de todo control gracias al secreto bancario, como el negocio financiero transnacional? ¿No eran estas las condiciones ideales para que la “mano invisible” obtuviera sus mejores resultados? Y como en toda la historia del capitalismo, la mágica “mano invisible” articuló su acción de la forma más “eficiente”: premió al lucro rampante y se llevó para el bolsillo de los banqueros corruptos el dinero de los ahorristas, condenó a millones de trabajadores al desempleo, a cientos de millones de seres humanos a la pobreza, y a cientos de miles de niños a que mueran por falta de atención médica. Es que es así como opera el lucro, la competencia perfecta y la “mano invisible”. Es que así es como actúan los valores primordiales del sistema. Es que así es por naturaleza el capitalismo desde el principio de los tiempos.

La nueva crisis capitalista: el cambio climático

Ahora bien, seamos claros, todos los efectos de esta debacle que han sido reseñados en estas líneas, no son para nada nuevos: en realidad, son las crisis permanentes del capitalismo que recrudecen y se hacen obscenamente visibles en estas coyunturas históricas como la que hoy nos toca vivir. Eso, para nosotros, está en la tapa del libro. Pero desde hace unos pocos años a esta parte, verdaderamente, nos toca enfrentar a una nueva crisis del capitalismo cuyas consecuencias recién empiezan a hacerse notar, y en muchos casos, con características de catástrofe.

Hablamos concretamente del cambio climático. Cambio climático que es el resultado directo de este modo de organización económica, social y política que nos rige, que ya no le basta con expoliar al Hombre como lo ha hecho desde su génesis, ahora también necesita esquilmar a la Tierra para satisfacer sus incontenibles ansias de lucro. Obviamente la otra cara de esta moneda es el consumo desmedido que el propio sistema alimenta y propicia. En este estado de cosas, estos dos procesos, conforman esta lógica perversa de ir agotando valiosísimos recursos y contaminando al medio ambiente de un modo irreversible.

Es lo que en alguna ocasión nos atrevimos a definir como la fase capitalista de la devastación, algo así como la “evolución natural” que el sistema capitalista ha tenido en estas últimas tres décadas en las que el modelo ha avanzado sin ningún freno y con todo el terreno a sus anchas, gracias al empuje vertiginoso del neoliberalismo y a la falta de una firme y decidida oposición de las corrientes mayoritarias de la Izquierda, luego de ocurrido el derrumbe del socialismo real.

Muy posiblemente en los próximos días, en la Cumbre sobre Cambio Climático que se va a llevar a cabo en Copenhague, los máximos dirigentes de los países centrales (que a su vez son los mayores emisores de gases de efecto invernadero) con Obama a la cabeza, posarán sonrientes para la foto luego de que hayan convenido algunos cambios de superficie para que todas las cosas sigan como están. Seguramente harán pública una declaración que establezca algunos porcentajes de reducción en la emisión de gases contaminantes, de plazos muy largos para concretarlo, y de la creación de un fondo para ayudar contra este flagelo a los países más pobres que ya sufren muchas de las catastróficas consecuencias de este fenómeno.

Así, se calmarán las conciencias de algunos ecologistas que no ven el problema de fondo, y lo más importante, las multinacionales de los países ricos tendrán nueva carta blanca para seguir horadando sin límites al Planeta hasta convertirlo en paisaje lunar, y no dejar de contaminar a los ríos y de secar a las tierras, para que el lucro capitalista continúe prosperando (que tanta falta le hace a estas naciones ricas en estos duros momentos de crisis).

Así también, se podrá potenciar, sin cargo de conciencia, el consumismo desenfrenado del Primer Mundo, que estaba algo deprimido en este último tiempo, pero que seguramente volverá a trepar hasta los cielos, en clara muestra de derroche y de despilfarro que nos ratifique que el capitalismo está bien sano de nuevo, total, con ese fondo seguramente también se va a auxiliar a los 1020 millones de pobres que apenas si logran consumir las 15oo calorías diarias para asegurar la vida.

Ahora bien, y a modo de conclusión, lo que más nos duele de todo esto, y hasta el tuétano, es que la Izquierda aggiornada del presente (la que domina en Europa y la que gobierna en todo el Conosur americano), esa que se ha enquistado en este modelo, y que se ha vuelto funcional al mismo, no nos da ninguna alternativa, ninguna acción para que esto comience a cambiar en forma radical.

Quizás haya llegado la hora de reverdecer las viejas utopías a pesar de los escépticos, de las izquierdas de utilería y de los desorientados de izquierda (otrora revolucionarios de armas tomar a los que algún pedazo del Muro de Berlín les debe haber golpeado la cabeza y producido amnesia, porque han olvidado toda idea de socialismo). Quizás sea el tiempo justo de plantear los nuevos paradigmas, porque la construcción de un nuevo Mundo, no sólo es imprescindible, sino que además, es impostergable.

Mientras tanto, por lo menos, debemos ser conscientes, y más que nada, debemos crear conciencia: el reloj del Planeta se echó a andar y ya comenzó con la cuenta regresiva. Todo se lo debemos al capitalismo que nació nutriéndose de la sangre de los esclavos, de la sangre de los oprimidos, y de la sangre de los trabajadores, pero que ahora, más voraz e insaciable que nunca, además, necesita de la sangre de la Tierra, y si no le ponemos freno, nada lo va a parar hasta dejarla yerma y rala.

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