El ojo de la tormenta en la aplicación de las autonomías será el pleito en torno a la distribución de las “competencias” entre el poder central y los gobiernos locales. Se reavivará la eterna lucha por la repartición de la miserable torta en un país sumido en el atraso y bajo el peso del precapitalismo.

Es sugerente que las regiones que tienen mayores volúmenes de producción sean las más interesadas en la aplicación de las autonomías, cosa que no ocurre en otras zonas con producción miserable, sobre todo en los departamentos de Oruro, Potosí y La Paz, obligadas a esperar que el Estado solucione sus problemas.

Las regiones que explotan hidrocarburos, minerales y agricultura tecnificada tendrán mayores ingresos, claro está en relación directa a las fluctuaciones del mercado mundial; las otras, que no producen casi nada y sobreviven arañando la tierra no tendrán recursos para resolver el secular problema del hambre, la falta de servicios elementales como salud, educación, agua, energía eléctrica, infraestructura vial, etc.

Las regiones y los pueblos originarios reclamarán su derecho a controlar sus recursos naturales y a administrar lo que producen, y, como suelen repetir los posmodernistas indígenas, se ahondará una brecha abismal y las “asimetrías” de región a región.

Esta situación acentuará la lucha regional avivando la tendencias centrífugas como consecuencia de una inexistente unidad del Estado nacional que no ha logrado consolidarse por el poco desarrollo material del país y que se traduce en el predominio de miserables mercados locales y en la casi ausencia de un mercado nacional articulador de las regiones y de una cultura nacional.

La producción nacional nunca ha satisfecho el hambre de los explotados bolivianos, aunque la parasitaria clase dominante y su Estado burocrático han usufructuado de esa microscópica torta para vivir plácidamente a costa de la miseria de la mayoría nacional.

Los demagogos juegan con fuego al mostrar a la autonomía como la varita mágica que desarrollará el país y resolverá todos los problemas, pero ahora descubren que no hay plata para ejecutar el preciado proyecto.

Entregar competencias a los gobiernos locales significa también asignarles los recursos financieros que les permitan ejercer esas competencias. Frente a este nuevo problema, los “teóricos” de las autonomías, tanto derechistas recalcitrantes como reformistas, recurren a la solución fácil.

Señalan que las regiones tendrán capacidad legislativa (contarán con parlamentos regionales con poder de dictar leyes para su jurisdicción) y podrán crear nuevos impuestos para resolver sus problemas locales. De esta manera, las llamadas autonomías se convertirán en carga fatídica para los explotados de las regiones porque la solución de sus problemas estará asentada sobre sus famélicas espaldas.

Así se habrá cumplido la consigna tan preciada del neoliberalismo: “la solución de los problemas es tarea de todos” y no solamente del Estado. En este sentido, servicios elementales como la educación y la salud terminarán financiados por la población porque las asignaciones del Estado serán cada vez más miserables.

* Profesor y dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR).