La obra de René Zavaleta nos abrió los ojos sobre un fenómeno de nuestro sistema político: los líderes, así fueran del movimiento popular, siempre pertenecían a la minoría blanca que fundó la República. Zavaleta decía que este fenómeno era un restablecimiento de las relaciones de señorío.

Las relaciones de señorío son herencia de la Colonia y son una rémora ya no diremos para el socialismo o cualquier opción de izquierda moderada, sino incluso para la extensión del capitalismo al conjunto de nuestra formación social. Consisten en articular la división del trabajo a la raza o el color. Así la minoría blanca se reserva el viejo derecho colonial a la propiedad del latifundio, del solar urbano, de la mina y de los cargos públicos, sean electivos o a dedo. Esa minoría blanca construyó la República copiando una o varias Constituciones europeas que correspondían a superestructuras jurídico políticas capitalistas, pero sobre una estructura económica basada en las relaciones coloniales de señorío.

Por eso las Constituciones que tuvimos hasta después de la Revolución del 52 representaban constituciones formales muy distanciadas de la constitución real del país, con un 70% de mayoría indígena sometida al trabajo servidumbral, sin derecho a salario, a quien se le había expropiado derechos políticos, civiles y humanos, formas de producción del conocimiento y la cultura, y desarrollo de sus saberes, usos y costumbres. Según el texto de la ley éramos una república romana o francesa o inglesa; pero en la realidad vivimos una extensión de la Colonia en plena vida republicana.

El proceso histórico actual, que se inició formalmente en las elecciones de diciembre de 2005 pero que acumuló fuerzas por la caída del neoliberalismo, pudo formular e instituir el marco jurídico de sus reformas en la nueva Constitución Política de 2009. Con ello, por segunda vez en la historia republicana, la constitución formal se acercó a la constitución real: la primera vez, que fue al consolidarse la revolución del 52, y esta segunda vez, tienen en común que amplían horizontalmente la democracia, es decir, que democratizan nuestra forma de organizarnos en términos económicos, políticos, sociales y culturales.

Tras la Revolución del 52, la Constitución incorporó conquistas transversales como el voto universal, la reforma agraria, la nacionalización de las minas para fortalecer el Estado nacional, el derecho a la educación fundamental y el libre acceso al menos al Legislativo. ¡Por primera vez más de un siglo de vida republicana se vieron Diputados indios! Pero la Constitución de 2009 extiende esta democratización de la vida republicana hasta su máxima latitud, y al fundar el Estado Plurinacional, acaba con una ficción colonial que se prolongó en el tiempo al punto de constituirse en el enemigo principal.

La presente es una tesis sobre cómo pasamos del nacionalismo revolucionario (NR) al plurinacionalismo revolucionario (PNR) para extirpar de una vez las relaciones coloniales de señorío.

Si recordamos que la política es la expresión concentrada de la economía, y que resume el conjunto de determinaciones que actúan en una formación económico social, la Constitución del 2009 tiene las siguientes características:

1. Al proclamar el Estado Plurinacional, se impuso una corriente ideológica que equilibra e incluye a 36 naciones, frente a otra corriente, que aspiraba a la hegemonía del Kollasuyo sobre la base de su componente aymara-quechua.

2. El Estado Plurinacional incluye y resume el ideologema NR, propio del proceso histórico anterior al neoliberalismo, pero lo convierte en una síntesis distinta que podría formularse como ideologema PNR: el plurinacionalismo revolucionario.

3. El PNR no integra forzadamente naciones ni culturas en una sola nación y una sola cultura; establece, más bien, un espacio de diálogo intercultural, rescatando y armonizando formas estructurales y superestructurales de organización de lo económico, lo jurídico-político, lo ideológico y lo teórico. En otras palabras, el PNR es una síntesis de múltiples determinaciones de una formación económico social especialmente abigarrada y plurimulti, como es la boliviana. 4. El PNR recupera las energías históricas acumuladas para la revolución del 52 y, en ese sentido, es heredero del nacionalismo revolucionario en cuanto éste privilegiaba la lucha contra el coloniaje mientras proclamaba la alianza y no la lucha de clases, además de defender los recursos naturales y el fortalecimiento del Estado nacional. Pero es un heredero superior, porque incorpora el NR y lo desarrolla en toda su latitud democrática al abarcar tierra, territorio, recursos naturales, recursos humanos y culturas pertenecientes a 36 naciones del actual Estado Plurinacional.

5. El PNR identifica como enemigo principal a las relaciones coloniales de señorío, con sus aliados externos e internos: el imperialismo y sus aliados. A cambio, establece una estructura económica multipolar, que otorga facilidades para el libre desenvolvimiento de las relaciones capitalistas de producción junto a la economía comunitaria, la economía estatal y la economía mixta. Establece garantías de acceso democrático a los mecanismos de toma de decisiones públicas sin diferencias de raza, color, género, generación, cultura, lengua o religión. En este último campo, por primera vez en más de 500 años establece un régimen de libertad de cultos sin religión oficial.

5. El PNR incluye en las relaciones coloniales de señorío el latifundismo, la corrupción, la malversación de fondos públicos, la muñeca, la coima, la organización de minorías en grupos de presión, logias o clubes secretos y las restricciones al acceso a cargos públicos a los miembros de culturas indígenas o afrobolivianas o mestizas. Esta es su prioridad política puesta en primer plano frente a la lucha de clases, que es reconocida pero no constituye la batalla principal por la democratización del Estado y la sociedad bolivianos.

6. El PNR, al dar prioridad a la lucha contra las relaciones coloniales de señorío y no a la lucha de clases, establece un nuevo horizonte de visualidad, una nueva perspectiva de producción de conocimiento, una nueva forma de educación y de fomento a las culturas locales. Esa es su principal especificidad. Por eso el PNR se presenta bajo la consigna de revolución democrática y cultural.

7. El socialismo como consigna debilita la fuerza del PNR porque es un concepto eurocéntrico que se ha desgastado en la experiencia histórica de los países de Europa del Este. No cuestionamos su raigambre revolucionaria, pero es distractivo y no contribuye al mejor conocimiento de la originalidad democrática y cultural del proceso boliviano ni menos a la consolidación del pensamiento descolonizador, que debe ser sistematizado en el caso boliviano para reescribir nuestra historia, para reconceptualizar nuestro autoconocimiento plurinacional e irradiar nuestra experiencia al debate contemporáneo de las ciencias sociales.