Los argumentos a favor del indigenismo son numerosos. Veamos algunos: ¿Cómo no reparar los genocidios y etnocidios del colonialismo contra poblaciones precolombinas? ¿Cómo olvidar que los indígenas sufrieron los estigmas de “bárbaros”, “salvajes” y “seres inferiores” y que fueron privados de su identidad, idiomas y cosmovisiones, para luego marginarlos de la construcción de Estados nacionales?¿No debemos acabar con el capitalismo, que no para de fabricar ojivas nucleares, destruye ecosistemas y provoca hambrunas, enfermedades y desempleo, edificando en su lugar sociedades comunitarias? ¿No es urgente defender la vida y recuperar el equilibrio entre el hombre y la naturaleza, alcanzado por sociedades aborígenes?

Cabe preguntar si los dueños del Nuevo Orden Mundial (NOM), los Roschild, Rockefeller, Soros, Bush, Cheney o Berlusconi, entre otros, se incomodarán por estas angustias, ya que no sienten remordimiento alguno por las cotidianas matanzas que provocan en África, Gaza, Irak o Afganistán, financiadas por sus paraísos fiscales, que legalizan el lavado de dólares y el comercio de armas letales. Si alguna vez los poderosos cedieron posiciones, ello se debió a luchas de resistencia patriótica, encabezadas por los Gandhi, Lulumba, Torrijos, Nasser, Ataturk, Arbenz, Perón, Villarroel, Allende, Nyerere o Sandino, quienes buscaron cimentar sus Estados nacionales. A ninguno de ellos se le ocurrió astillar sus países mediante nacionalismos étnicos, como en Bolivia. En Nicaragua, en cambio, el imperio manipuló a los indios misquitos para debilitar al régimen sandinista.

El indigenismo a ultranza busca impedir el rebrote de movimientos liberadores. El NOM, a través de la OIT y Naciones Unidas, lo usan para destruir el entramado indo mestizo y aniquilar a los Estados in constituidos, ya que sólo ellos podrían retener sus excedentes económicos y atender las legítimas demandas indígenas. La relación indigenismo – imperialismo aflora al constatar el financiamiento de USAID a CIPCA, la ONG del jesuita catalán Javier Albó, condecorado por unanimidad en el Senado por el MAS (pro indigenista), y PODEMOS (pro transnacionales). Sólo hubo similar unanimidad cuando ambos bloques parlamentarios aprobaron los contratos con las petroleras, que desvirtuaron la nacionalización de los hidrocarburos.

La ambigüedad en el lenguaje es el arma favorita de las ONG. Ellas mezclan las palabras nación, comunidad y pueblo y las tornan intercambiables. Todo palabrerío es útil, siempre que no se hable de la contradicción principal que enfrenta a naciones opresoras y naciones oprimidas. El pilar de estas últimas es la alianza indo-mestiza, sin la cual la liberación nacional es inalcanzable. Por esta razón, la verborrea que encubra el papel del imperialismo es financiada por USAID, Europa, el Banco Mundial y el BID.

Las categorías naciones oprimidas y naciones opresoras no son estáticas. Existen, como es obvio, contradicciones no antagónicas entre las potencias que se reparten el dominio de los países periféricos. Las semi colonias que comienzan a reinvertir sus excedentes económicos en forma planificada comienzan también a abandonar su estatus de semi colonia. En Brasil, por ejemplo, coexisten enormes bolsones de saqueo transnacional con rasgos de potencia emergente, manifestados en sus abusos a Paraguay, Bolivia y Ecuador. En Argentina, la cobardía de sus gobiernos para controlar sus recursos estratégicos (minería, petróleo, biodiversidad), permite que sus enclaves de sumisión permanezcan inamovibles. El imperio usa a unos países oprimidos contra otros. Soldados de Bolivia, Chile y Brasil están en el Congo y Haití. Lo que es una vergüenza para Lula, Michelle Bachellet y Evo Morales.