No fueron 10, fueron 15 las novelas propuestas por 5 mesas de discusión y una colectiva de acuerdos entre críticos, profesores de letras, editores, directores de medios culturales y escritores. Fue un éxito del Ministerio de Culturas, la Carrera de Letras de la Universidad de San Andrés y el Centro Simón I. Patiño el concertar una metodología y conciliar visiones opuestas en una lista de consenso en la cual hay cuatro escritores cochabambinos. En el acto de clausura, por razones de fuerza realmente mayor, no podía estar Nataniel Aguirre ni Adela Zamudio ni Marcelo Quiroga; y este servidor, como cuarto nominado, confesó que no se encuentra muy bien últimamente. Nataniel Aguirre con Juan de la Rosa, Adela Zamudio con Íntimas, Marcelo Quiroga con Los Deshabitados y menda con El run run de la calavera: las tres primeras clasificaron entre las primeras diez y El run run fue la número quince.

Naturalmente me siento muy agradecido por la nominación, pero al mismo tiempo inquieto. Al inicio de la discusión había tres listas: la primera era de los inmortales; la segunda, de los mortales (en la cual fui incluido); y la tercera, de quienes ya ingresaron a la sala de preembarque. Entre los autores de las 15 novelas sugeridas hay sólo 4 vivos (el resto, trabaja): Julio de la Vega, Jesús Urzagasti, Wolfango Montes y este servidor. ¡Como para sentir que ya nos vamos despidiendo! Pero entretanto vamos a dar lucha.

Además del regocijo personal, tengo dos motivos adicionales para agradecer la nominación de El run run de la calavera. El primero, que es un homenaje a Pocona y a sus habitantes, pues todos los personajes, con nombre y apellido, son auténticos, incluidos el bisabuelo y el abuelo de mis hijos: Don Acuti y Don Raúl. El segundo, porque la novela es una especie de cover, de tributo a una novela que me marcó para siempre, escrita por un autor que, ahora me doy cuenta, influyó decisivamente en Cortázar. Se trata de La espuma de los días, de Boris Vian, que murió hace cincuenta años y es objeto de múltiples homenajes en el mundo. La novela es vianesca, con seguridad la única obra boliviana tan próxima al gran escritor francés.

Entre los 15 títulos hay sólo dos escritos con buen humor: Jonás y la ballena rosada, que fue un soplo de renovación en la literatura boliviana, y El run run de la calavera, que es una novela festiva sobre la muerte. Hace un año, y gracias a mi hija Raquelita, descubrí a un magnífico caricaturista portugués que se llama Adolfo Castelao y que dejó una novela corta maravillosa, imperdible, cuyo título es Un ojo de vidrio. Por eso me la envió mi hija. En el preámbulo explica que él es cultor del macabrismo, género muy presente en las obras de teatro de la Edad Media, una época en la cual la muerte era una presencia cotidiana y por eso los autores y actores se hacían la burla de ella. Eso me sirvió para clasificarme como macabrista aun sin saberlo, porque en El run run los personajes son los muertos que regresan a la tierra en Todos Santos, y la muerte es representada no como esa vieja siniestra y armada con una temible guadaña, sino como una doncella seductora, vestida de blanco, que clausura el escote con un delicado prendedor en forma de guadañita.