En estrategia militar o deportiva perder la iniciativa lleva a la derrota. Cuánto más en la política, que, según Clausewitz, es la guerra por otros medios. Este es el drama principal de la oposición en Bolivia: haber perdido la iniciativa por lo menos después de las elecciones del 2003. A partir de entonces, el movimiento ascendente percibió que podía tumbar a dos gobiernos y exigirle al tercero que convoque a nuevas elecciones para diciembre de 2005.

En puridad este proceso admite retrospectivas más largas. Un hito innegable es la Ley de Participación Popular, que desde 1994 potenció los municipios y volvió atractiva la posibilidad de controlar los concejos y las alcaldías de más de 300 municipios. En las elecciones de 1995 se forjaron los diputados y senadores y se consolidaron los líderes del movimiento ascendente; diez años después, ellos consiguieron el control del Ejecutivo, y en el referéndum del 2008, la aprobación de la Nueva Constitución.

Mal haríamos en atribuir el drama de la oposición a la capacidad craneana de sus líderes. No es que sean intelectualmente ineptos. Por algo los mandamos a estudiar al exterior. Pero su fracaso se debe a causas estructurales que es necesario tenerlas bien claras para no andar a tientas en el proceso que vivimos actualmente, de cara a las elecciones de diciembre. En principio, esos líderes cayeron con el modelo neoliberal que defendían; son parte, pues, de un siniestro mayor y se vinieron abajo como la inmensa ola sobre la cual surfeaban.

De esos escombros nació un nuevo modelo. Lo ocurrido en este proceso es un cambio sustancial en el modelo económico, en el modelo político, pero, sustancialmente, en el modelo ideológico, es decir, en las estructuras simbólicas. La nueva Constitución admite una estructura económica diversa y hasta contradictoria, a la cual corresponden una superestructura jurídico política y una superestructura ideológica (incluso una superestructura teórica) tan abigarradas, mixtas y confusas como nuestra economía. Lo que queda claro es que el Estado plurinacional no es un nombre caprichoso sino una designación de algo más profundo, que tiene fuertes raíces ideológicas y que, en el plano teórico, se enlaza con una corriente universal nueva: el pensamiento descolonizador, descolonial o postcolonial. Aquí no hay un conejo sacado de la chistera; aquí hay un proceso de construcción de un nuevo universo simbólico, un conjunto de prácticas nuevas que gradualmente se traducen en instituciones nuevas. Una de ellas, muy importante, es el nuevo diseño del campo político.

Cada vez más tengo la certeza de que el campo político es como un aparato digestivo dotado de su respectivo esfínter. Es un esfínter duro de penetrar; siempre lo ha sido, y por eso los operadores políticos que encuentran un espacio en su interior tienden a aferrarse a él y se resisten a abandonarlo.

Se prenden a sus paredes como tenias solitarias o como amebas. Salen de él a buscar apoyo electoral o a convocar a la movilización de las bases, pero al ingresar de nuevo por la vía más lubricada, dejan afuera a las bases, y sus enjuagues principales los practican en ese interior. El símil puede parecer escatológico pero a mí me aclara las cosas; espero que también a ustedes.

Los operadores políticos tienden a convertirse en cortesanos y cortesanas, es decir, los que están en la pomada, los que se reúnen en los intestinos del poder y definen salidas con una llamada de celular. El resto permanecemos afuera, siempre con la ilusión de participar en el campo político. Pero a partir del 2003, si no antes, este aparato digestivo sufrió un enema caudaloso que le rompió el esfínter y lavó las inmundicias intestinales. Poco a poco este campo ha variado; tiene operadores nuevos con sólidos contactos fuera de él, en el seno de sus bases, mientras los líderes de la oposición comienzan a jugar como parásitos aterrados de un nuevo purgante que los expulse del campo quizá para siempre. ¿Por qué? Porque han perdido la iniciativa y obran con estrategias viejas, superadas. Y así les va.