El liberalismo y el marxismo, las grandes ideologías venidas de Occidentes, son temibles represoras del cuerpo. Ambas se basan en el mito de la productividad, que es fruto del ahorro, del esfuerzo físico, del trabajo, de la vida frugal y ordenada, y no se compadecen del cuerpo.

El eje de ambas es la represión del trabajo. Incluso el socialismo utópico, también venido de Occidente, soñaba con la liberación por el trabajo. Sólo Charles Fourier se atrevió a pensar en el cuerpo, y dejó una semilla poco percibida por los analistas de la revuelta de mayo del 68 en París: que las dos actividades más importantes de la humanidad son el amor y la alimentación, y por eso deben recibir atención prioritaria del Estado, sea cual fuere la forma de administración de lo público. Según Fourier, el Estado tiene la obligación de que a nadie le falte amor, que todos encuentren su par amoroso; y que a nadie le falte alimentación de calidad, financiada por el Estado. Incluso la guerra para Fourier era un certamen entre gourmets y gastrónomos que se bombardeaban alternativamente con manjares y bocadillos hasta proclamar la victoria de uno de los ejércitos en una curiosa justa culinaria.

Parecerá una locura, pero ese legado ha sido recogido en forma tácita o expresa por teóricos contemporáneos que hablan del cuerpo, de la liberación del cuerpo, de la política del cuerpo o biopolítica.

Uno de ellos es Michel Onfray, cuya obra conocimos tempranamente y orientó nuestras crónicas gastronómicas. Onfray ha escrito Teoría del Cuerpo Enamorado, para exaltar los derechos del cuerpo, y Tratado de Ateología, para denunciar que todas las religiones han sido enemigas y negadoras del cuerpo.

En esa onda están asimismo el pensamiento descolonizador, la teoría queer, de las llamadas minorías sexuales, que aspiran a expresarse políticamente, y el nuevo feminismo, que no trata de competir por tener los mismos derechos de los hombres a acceder al trabajo, es decir, a la explotación del cuerpo, sino a que el cuerpo de la mujer se exprese sin represiones.

El liberalismo y el marxismo son enemigos de la sexualidad y del erotismo. Tanto el espíritu del capitalismo como el socialismo real son homófobos y consideran cualquier preferencia distinta a lo heterosexual como una desviación o una perversión. Así no tienen cabida en sus previsiones los gays, las lesbianas, los transexuales, en suma, aquéllos que están atentos a las pulsiones, necesidades y urgencias de sus cuerpos para satisfacerlas con libertad y convirtiéndolas en derechos.

Hace 20 años hubo una reunión en Antigua Guatemala para ver cómo se podía completar la Declaración de Derechos Humanos, y surgió la idea de proclamar el derecho a la solidaridad. Entonces intervine para decir a los expertos que la solidaridad es una forma del amor, y que había que proclamar dos derechos humanos nuevos, inspirados en Fourier: el derecho al amor y el derecho a la alimentación. Recordé entonces algo que provocó hilaridad, pero que es una profecía. En la pared de La Casona, una peña que funcionaba en El Prado, apareció hace 30 años un graffiti que decía: Que viva el amor bi, meta, piro, orto, hetero, homo y transexual con personas, animales y cosas.

Gran lema para una teoría del cuerpo.