Como en cualquier deporte, el campo político es una cancha de juego, un orden cerrado que se resiste a recibir operadores que no sean profesionales, que no conozcan mínimamente el oficio. Se diría que tiene un esfínter que opone dificultades a quien quiere penetrar, pero que se abre sin misericordia para expulsar. Cuántos operadores políticos han pasado así de la cúspide del poder al anonimato, cruzando raudos el esfínter abierto del campo político.

Afuera quedan los ciudadanos, los que dan su voto y eligen, pero el poder de los operadores políticos viene de afuera, de su capacidad de seducir a los ciudadanos. Por eso salen del campo político cuando así lo necesitan, en especial cuando deben ganar el voto ciudadano. Entonces hay que ver cómo te reconocen en la calle, te dan la mano y te saludan, te invitan lo que tienen a mano y son todo sonrisas; pero, no bien son elegidos, ahí sí que no te conocen por más que sigan siendo tus vecinos. Antes podías conversar con ellos, pero de pronto ingresaron al campo político y se volvieron inaccesibles.

Esta tendencia convierte a los operadores en cortesanos (y cortesanas), es decir, en esos favoritos (y favoritas) que están "en la pomada" y participan en las reuniones y juntas secretas en las cuales se decide el rumbo del país. Ellos pactan, traman, elevan, hunden, llaman, contestan o se ocultan a salvo de las miradas del ciudadano. Ese privilegio, "el maravilloso instrumento del poder", como decía Paz Estenssoro, los fascina como cuando se contempla el oro o la sangre, y una vez que ingresaron al campo político por nada del mundo quieren salir de él, o peor, ser expulsados. Incluso aquellos que fueron expulsados se consuelan pensando que en política no hay muertos, sólo heridos. Se aguantan un tiempo en el llano y se agazapan a la espera de volver a penetrar por el estrecho esfínter del campo político, y una vez adentro, se agarran uñas y todo para no ser evacuados.

Maquiavelo anticipó hace 500 años lo que ocurre hoy desde el Renacimiento. En El Príncipe, escribe lo siguiente: "Así como los que trazan diseños de las comarcas se sitúan bajos en la llanura para considerar la naturaleza de los montes y lugares altos, y para considerar la de los bajos se ponen altos, en los montes, semejantemente para conocer bien la naturaleza de los pueblos se requiere ser príncipe, y para conocer la de los príncipes conviene pertenecer al pueblo."

El ciudadano es no sólo el que vota sino el que bloquea, se manifiesta, cerca, se levanta, se indigna, destruye, incendia. Pasa el tumulto, y a su casa, mientras los operadores vuelven a reunirse a la sombra del campo político. ¿Qué se puede hacer contra la tendencia de los operadores políticos a ignorar al ciudadano común, al "soberano", como dicen para mamarnos? No hay que hacerse ilusiones porque esta es una tendencia irreversible: siempre serán así, bajo cualquier régimen, sea dictatorial, democrático o socialista. En cualquiera de esos escenarios se darán mañas para constituir una burocracia, una tecnocracia, una logia, un club secreto, un amarre, un agarrón, lo que sea para conservar sus privilegios. ¿El remedio? No hay otro que vigilar y castigar.