Cuando los españoles arribaron por primera vez a las zonas andinas su tropa carecía de mujeres y los cruces raciales se desarrollaron rápida e ininterrumpidamente desde el choque primigenio. El producto de los frecuentes encuentros sexuales planteó una problemática que en algunos sentidos no era tan novedosa: la palabra “mestizo”, del latín mixticius -que significa simplemente “mezclado”-, ya tenía tradición en España y en Europa en general, y fue aplicada inmediatamente al nuevo contexto americano para definir a la “raza híbrida” que estaba surgiendo como resultado de los cruces biológicos entre indígenas y peninsulares.

En un primer momento los matrimonios y las uniones “ilegítimas” entre conquistadores y princesas indias respondían a ambiciones políticas, dado que los advenedizos españoles pretendieron aprovecharse de la reciprocidad andina creando redes de parentesco con importantes autoridades originarias a fin de asegurarse el control de los territorios conquistados.

La suerte de los “híbridos raciales” varía dependiendo del rango de sus progenitores y la elite de la primera generación mestiza jugó un papel importante dentro la historia colonial andina.

Estas primeras generaciones racialmente mixtas y descendientes de las elites fueron bien vistas a un principio: parecían indicar que los mestizos estaban destinados a cumplir una función de nexo entre el mundo europeo y el mundo indio y se trataba, en cierta medida, de la consagración de una alianza.

Sin embargo, el número y actividades de los mestizos empezaron a inquietar paulatinamente a los españoles y desde 1549 Carlos V les prohibió la concesión de cargos públicos sin previa autorización real. Con el transcurrir de los años las personas con sangre mezclada fueron convirtiéndose en un fermento de complicaciones por ser ellas de “mala inclinación” y en 1567 corrieron noticias de un motín de mestizos en alguna región del Perú. Hacia 1570 los denominados mestizos ya constituían un sector importante de las poblaciones andinas, produciendo una sensación de malestar y amenaza tanto a indios como a españoles.

¿Pero quiénes eran estos mestizos que convulsionaban las incipientes urbes coloniales? En efecto, no sólo eran los nacidos de padre español y madre india -mestizos biológicos-, sino también aquellos indios que se habían lanzado a un proceso de movilidad social aprendiendo la lengua castellana y adoptando la vestimenta, las costumbres y ciertos oficios de los invasores.

En el primer caso, la llamada miscegenación, la mezcla biológica, fue una actividad desaforada que no conoció límites, pues los blancos se mezclaron con indios y con negros traídos de África, de modo tal que los cruces se reprodujeron a todo nivel.

La mezcla de sangres diversas se vuelve insondable a medida que pasa el tiempo y se suceden las generaciones, pero las múltiples uniones, forzadas o no, junto a la importancia asignada a la procedencia de la personas, crearon una nueva terminología socio racial basada en el desprecio y en la jerarquización: aparte del español estaba el criollo, pero también existía el negro, el mulato, el zambo y el indio, sin mencionar aquí las decenas de inverosímiles palabras inventadas para designar a los hijos resultantes de las distintas posibilidades de cruces sanguíneos.

Otro elemento significativo es también el hecho de que los mestizos, aparentemente desde las primeras generaciones, estaban eximidos de pagar tributo, exoneración tributaria que confirió a los “mezclados de sangre” una notoria superioridad social respecto a los indios y es ahí donde se encuentra una de las razones por la que muchos indígenas empezaron a adoptar los trajes de los españoles y a migrar a las ciudades pasando por mestizos, a fin de evadir el sistema fiscal y escapar del estigma que pesaba sobre quienes estuvieran enmarcados dentro la categoría “indio”. Desde luego esto podía hacerse únicamente después de aprender prolijamente la lengua española, requisito indispensable para todos aquellos que habían decidido convertirse en “mestizos”.

La importancia y la función de la vestimenta como indicadora de status es universal y vestirse con la ropa de otro implica en cierto modo adquirir sus cualidades. En lo concerniente al lenguaje ocurre algo parecido ya que cambiar de lengua supone la adquisición de conceptos y sensibilidades distintas. De este modo los problemas de la evasión fiscal y el incremento de nuevos “mestizos” plantearon varios dilemas a la administración colonial, lo que explica la notoria ambivalencia de sus políticas: a veces las autoridades preconizan la enseñanza del castellano o bien postergan esa decisión bajo distintos pretextos; y respecto a la ropa pasa lo mismo: en ocasiones los burócratas peninsulares prohíben el uso de vestimenta europea a los que no provengan del viejo continente y en otros momentos imponen los atuendos españoles.

En fin, pareciera que la Corona no previó el fenómeno del mestizaje, imprevisión evidenciada por los titubeos e incoherencias surgidas al intentar establecer normas dirigidas a esta inquietante población en crecimiento.

El principio básico de la estratificación social colonial consistió en la separación, interdependiente según los españoles, del mundo de los conquistadores por una parte y del mundo de los conquistados por otra. Mas pese a la necesidad invasora de realizar transacciones con los indios en el fondo los peninsulares se empeñaron en mantener funcionalmente separadas la “República de españoles” y la “República de indios”, y esta dicotomía negaba el surgimiento de una categoría intermedia, por lo que el mestizo se vio de alguna manera condenado a la ilegalidad.

El miedo a los mestizos se fue agudizando en virtud de que no todos ellos se dedicaron a los trabajos manuales en las ciudades pues otros se dedicaron al vagabundeo o a actividades ilícitas y peligrosamente marginales. Resumiendo, el surgimiento de los mestizos no fue un problema mientras era un fenómeno de escasas proporciones, pero cuando comenzaron gradualmente a llenar las ciudades algo cambió radicalmente y para siempre.

Los mestizos se convirtieron en individuos que inspiraban desconfianza porque podían manejar dos códigos sociales y sistemas de valores diferentes, y de ahí que estén vinculados con la posibilidad de atravesar fronteras políticas, geográficas y culturales. F

inalmente, el mestizo termina fundiéndose en una masa indefinida, omnipresente e inquietante que los textos coloniales tardíos empiezan a llamar “chusma” o “vulgo”. Itinerarios marginales, captados por escritores y dibujantes del siglo XVIII, la vida callejera de la plebe, sus diversiones y miserias, la cotidianidad de las amas de casa, de los ebrios, de los vagabundos, de las empleadas domésticas y de los comerciantes minoristas, muestran la inevitable faceta urbana y moderna del proceso de mestizaje que llega hasta nuestros días.

* Sociólogo.