A partir de la estrepitosa quiebra del sistema capitalista a fines del pasado año, principalmente por su inconmensurable angurria y su incapacidad estructural de poder controlarse y vigilarse a sí mismo, el capital ya no puede pretender cubrir o copar todos los escenarios, pues ya ha dado cuenta de su peligrosidad como factor de organización de los asuntos humanos.

Ahora el capital debe procurar encontrar su propio espacio de realización y de contribución a la organización de las actividades humanas, estableciendo formas apropiadas de aportar a la satisfacción de las necesidades humanas y a garantizar los derechos humanos, desechando tasas de ganancia que hacen escarnio de los esfuerzos humanos como su única ley. Esa debió ser siempre su misión, sólo que nunca hubo las bridas adecuadas para controlar a semejante potro desbocado.

Pero volvamos al momento actual a nivel internacional. Todo se halla en caída. Caen los precios, las tasas de interés, las bolsas, quiebran los grandes consorcios, se produce el desempleo de millones de seres humanos, se pierden billones de dólares, se intenta sanear todo ese descalabro a costa del contribuyente, todo lo cual está ocasionando angustia y desesperación en muchos pueblos y sectores sociales.

Pensar que podemos doblar la hoja y simplemente seguir, como si sólo se tratara de un gran tropezón que no exige de nosotros grandes reflexiones ni decisiones, no es posible para la sociedad humana, pues la debacle actual es de tal magnitud, los impactos de tal calibre, que no hay pueblo ni rincón del planeta que pueda blindarse frente a estos acontecimientos cataclísmicos.

¿Cuáles son los impactos sobre el mundo, los países pobres, las clases sociales más deprimidas, el medio ambiente, la seguridad, sobre nuestra sensación como criaturas de un universo que no atinamos a comprender, mucho menos cuando todo está en cuestión, cuando sentimos que todo se nos viene abajo?

No hay duda que el mundo ya no puede dejar librada su suerte a unas fuerzas del mercado que no gobiernan nada, sino que se han convertido en simples y llanas cadenas de transmisión gobernadas por grandes consorcios y pactos de intereses organizados para manejar los destinos humanos a capricho y voluntad. El sistema no había tenido válvulas de seguridad, no había tenido mecanismos efectivos de control, no había sido pensado para salvaguardar a los pobres ni sus esperanzas ante tanto atropello y ambición. Es más, esos consorcios de interés se habían coaligado para atentar contra ellos.

Por todo ello y muchísimo más, la especie humana debe repensar los mecanismos que deberán articular y regular su convivencia, sin permitir que pequeños círculos de súper poderosos y privilegiados puedan poner bajo su mando los mecanismos de control del sistema, apoderándose de gobiernos y voluntades, de ideologías fallidas o del monopolio de la violencia.

La experimentación de nuevas soluciones y respuestas y, mucho más, de sus formas de internalizarlas en las estructuras económicas, sociales y culturales de la humanidad y el medio ambiente, debe ser más cautelosa, más parsimoniosa, pues los desmanes ya causados a la naturaleza así nos lo exigen. Nuestro derecho de transformación debe dar paso al derecho de precautelar las bases de nuestra propia supervivencia. Basta de experimentaciones arbitrarias e irresponsables, basta de dejar todo librado a fuerzas ciegas y ajenas a nuestro destino humano.

En este marco, es indispensable que definamos y especifiquemos el marco en el que los seres humanos competiremos, mediremos fuerzas, ensayaremos opciones, y aquél otro en que la cooperación, la solidaridad, la ayuda mutua marcarán el ritmo de las cosas, pero en cualquier caso está claro que no puede dejarse la economía, cuando menos no en todas sus fases y facetas, a la libre y continua experimentación de las fuerzas del mercado, pues ello nos está llevando de modo paulatino pero seguro al mayor magnicidio de todos los tiempos, el de la vida misma.

¿Qué viene luego? Por cierto que ningún socialismo que necesite de archipiélagos Gulag para imponer su versión de igualdad, o de inmensos campos de concentración para evitar la fuga de sus conciudadanos, menos una versión de socialismo que se construya sobre divisiones y revanchismos, pues eso puede provocar efectivamente mucho odio e inquina, pero de allí no saldrá jamás ninguna versión de socialismo capaz de construir alguna forma digna de convivencia humana pacífica.

Por cierto que no puede venir tampoco de un mundo signado por el capital. Ahora, como nunca antes, empieza la fase de desligarse de sus ataduras y de construir un verdadero mundo nuevo, capaz de sustituirlo, pero al menos y entre tanto, de ponerle bridas y ataduras, de domarlo, de ponerlo en la senda del sueño humano de la igualdad, cuyo prerrequisito indispensable es el de la supervivencia como especie.

¿Qué ocurrirá ahora que el capital deje de ser el único factor ordenador del mundo, de la producción, del intercambio, de la distribución de los bienes, la riqueza, el poder y el bienestar?

Pues simplemente que deberemos recurrir a nuevos factores, nuevos elementos, nuevas formas de encarar las cosas que nos permitan superar el pensamiento único, resultante del dominio de las leyes del capital. Será como sacar al medio día muchas otras soluciones, formas de organizarse y actuar, a las que nunca les dimos mayor importancia. La solidaridad, la cooperación, la ayuda mutua, la autoayuda, etc. empezarán a brotar como capullos que recién encuentran la atmósfera que requieren para retoñar y desarrollarse en todo su esplendor. La creciente importancia de los bienes públicos globales, regionales y sectoriales en la reorganización y reestructuración de las relaciones sociales planetarias, se constituirá en la senda que nos conducirá a nuestro reencuentro, centrado en los valores más imperecederos de las interrelaciones humanas, como son la libertad, la igualdad, el respeto.

El lugar que aún ocupa el capital y su lógica centrada en el lucro nos ha llevado a valorar determinadas cosas y a despreciar otras. Ello ha ocasionado una grave distorsión en la asignación de recursos, ya que los recursos no valorados son justamente los que se hallan en poder de los pobres, por lo que en la atmósfera del capital es inevitable la producción y reproducción de la pobreza.

Pero la influencia del capital ha colonizado nuestra mente al punto que la construcción de valores, la jerarquización de preferencias, la valorización de los recursos y la vida misma, han sido ordenados de acuerdo con preferencias dictadas por las leyes del capital, de su incesante acumulación.

De a poco iremos descubriendo cómo superar la herencia nefasta del capital en los planos material, mental, institucional, cómo organizar nuestra convivencia sobre bases más humanas, capaces de respetar escrupulosamente al ser humano, la vida, el medio ambiente. Pero ya estamos advertidos acerca de las consecuencias que ocasiona el organizar la sociedad humana sobre las bases de las leyes del capital. No hay duda que lo primero que debemos hacer es superar aquellas leyes que condenan a grandes segmentos de la población mundial a la miseria, así como aquellas otras que conducen a aniquilar el planeta.

La única regla que valdrá para todos será que no haya reglas únicas, pues está visto que siempre emergerá alguna casta que procurará monopolizarla y ponerla a su incondicional servicio, como lo hicieron los esclavistas con los esclavos, los feudales con la tierra, los capitalistas con el capital, etc.

Las grandes decisiones humanas nos han llevado a través de toda la historia a priorizar y preferir, por encima de todos los valores y principios, aquel de la libertad, pues sin la libertad no habríamos podido jamás liberarnos de innumerables obstáculos y ataduras que nos sitiaban y limitaban hasta en lo más recóndito de nuestros sueños. No obstante, ahora ha llegado el momento en que la libertad debe priorizarse y preferirse en tanto y en cuanto acompañe y venga de la mano del segundo punto de la agenda humana de todos los tiempos: la igualdad.

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*carlosrodrigozapata@gmail.com