Un columnista paceño lamenta que el gobierno haya instituido feriado el 21 de junio, día del solsticio de Invierno. De inicio explica con solvencia el origen de las fiestas de San Juan y de la Navidad, instituidas por decreto del emperador Constantino, convertido ya al cristianismo, pero se nota que no sabe nada acerca de la cosmovisión andina y amazónica, pues su formación occidental no le permite acercarse a cosas de indios.

El columnista dice lo siguiente: "Lamentablemente, un grupo de antropólogos e indianistas se están esmerando en los últimos años en crear una cultura aymara, pero sin preocuparse de estudiar a los cronistas de la época colonial. Al extremo de que han concebido una pretendida religión aymara "cosmogónica", relacionada con el solsticio, y que se enfrentaría a la tradicional religión cristiana, la cual ha calado muy hondo en nuestros campesinos desde hace quinientos años. Pareciera que su fin sería el de descristianizar y paganizar al campesino indígena, pero ello es imposible, porque basta señalar que todas las fiestas que se celebran en el altiplano y en todas las tierras altas del país, tienen un origen religioso cristiano. En consecuencia, la determinación de declarar feriado nacional, el 21 de junio, carece de toda base histórica, porque nunca se ha conmemorado nada en ese día."

Es razonable sospechar que este señor jamás ha oído hablar del sincretismo religioso que orientó a los evangelizadores ni ha ido a Tiwanaku en un solsticio de invierno, pero ni siquiera en un equinoccio de primavera, para comprobar que el sol, no bien aparece, se recorta en la puerta del templo de Kalasasaya y alumbra el rostro del monolito mayor. De sus palabras se puede colegir, asimismo, que jamás ha intentado acercarse a los estudios de numerosos arqueólogos y antropólogos andinos, algunos de ellos doctorados en universidades europeas, es decir, dotados de suficientes conocimientos de semiótica y semiología como para interpretar los signos inscritos en el friso de la Puerta del Sol y en los monolitos de Tiwanaku, que explican la importancia que tenía para la arquitectura tiwanakota la orientación astronómica de los edificios. Toda construcción, fuera vivienda, edificio público o centro ceremonial era ritual y en principio obedecía a una orientación astronómica. Todas las viviendas Urus, chipayas, aymaras o incaicas orientan su puerta al este, salvo, claro está, las de los centros urbanos actuales.

Los incas fueron herederos de esa cosmovisión. Por eso en sus edificios de Macchupicchu, el Cusco e Inkallajta, entre otros, el sol se desplaza e ingresa por cada una de las ventanas. La Horca del Inca es en realidad un observatorio astronómico para medir precisamente la posición del sol en el solsticio de invierno.

Hace pocos años, una fotografía satelital mostró que los incas habían marcado con un punto y una circunferencia enormes el sitio exacto por donde pasaba la línea del Ecuador; tan exacto, que el registro digital del satélite marca 0 horas 0 minutos 0 segundos. Esto da lugar a muchas conjeturas: si midieron el Ecuador, sabían que la Tierra era redonda y que giraba alrededor del Sol, pero lo sabían al menos tres siglos antes que Galileo.

Pero éstas son cosas de indios, y no debieran perturbar la paz conceptual de un caballero de La Paz.