La matanza de Bagua, en la Amazonía peruana, y la derogación de los decretos que entregaban esa extensa región a las fuerzas del mercado, es decir, a las corporaciones, está subrayando un fenómeno que debemos tener muy presente: hemos cambiado de paradigma gracias a la irrupción del movimiento indígena en la política del Continente, primero en Bolivia, donde se dotó de su propio instrumento político y una nueva Constitución, y luego, sucesivamente, en otras regiones donde los indígenas asumieron conciencia de sus derechos.

Quizá la primera clarinada fue el levantamiento del Subcomandante Marcos en las selvas de Chiapas, pero la confirmación más vigorosa se produjo en Bolivia, cuando el movimiento indígena comprobó que podía derrocar a dos presidentes, pedir nuevas elecciones, ganarlas, exigir una nueva Constitución y aprobarla con una mayoría contundente.

En temas de identidad y resistencia, hay un catalizador recurrente: el enemigo. En el caso del movimiento indígena, el enemigo fue el neoliberalismo y los gobiernos que se doblegaron ante las imposiciones del FMI y el Banco Mundial. El neoliberalismo es un arca de Noé que sólo admite a trabajadores de cuello y corbata, y no tiene solución para las mayorías, que bien pueden ahogarse en la miseria o la muerte, porque el mundo es ancho y ajeno y sólo debe beneficiar a quienes concentran el ingreso y a sus peones. Los indígenas se sintieron amenazados y se organizaron, y ahora se hacen oír, y habrá que estar preparados para verlos también en la Capital del Virreinato, como ya aparecieron en el Congreso, con sus usos, sus costumbres y vestimentas típicas.

El nuevo paradigma instaura una nueva cultura política que es la viva negación del marketing. Uno ya no puede presentarse como candidato exhibiendo sus títulos académicos. Las cosas se han invertido. Hoy asciende el que se inició sirviendo a su comunidad local, luchando por intereses básicos como el agua potable, la energía eléctrica, la conexión domiciliaria de gas, la vivienda, la salud, los servicios que marcan la calidad de vida. Si uno ha sabido ganarse la confianza de su comunidad local, seguro que ascenderá a concejal, a diputado, a senador, a Presidente. El camino inverso al que nos acostumbraron lospolíticos tradicionales es ya parte de la cultura política de antes.

El río de la historia nunca vuelve atrás. Tendrán que pasar una, dos, tres generaciones para que los herederos del viejo régimen admitan el cambio y lo incorporen a sus costumbres.

Hoy ya no se puede negociar la tierra y los recursos naturales al mejor postor en el mercado mundial. Esa forma de globalización neoliberal tiene un escollo formidable: el movimiento indígena. Los indígenas tienen tierras comunitarias de origen y una larga tradición de armonía con la naturaleza, con los ríos, con el monte, con los animales silvestres. El gobierno peruano quiso forzar la aplicación de decretos neoliberales que entregarían la Amazonía peruana a la voracidad de las corporaciones, pero tuvieron que retroceder, y ese retroceso marca el inicio de una retirada que quizá sea una despedida del escenario político.