Según el modelo desarrollista industrialista, sólo existen dos clases verdaderamente revolucionarias: la burguesía y el proletariado. El objetivo de la historia es el desarrollo industrial y cualquier clase social o cualquier impedimento que lo frene son reaccionarios. Por eso se pueden proponer alianzas de clase entre el proletariado y la burguesía contra el campesinado, dice Joaquín Miras en una entrevista con la revista Galiza Libre.

P. ¿En contra de lo que se pueda pensar, ha sido el campesinado y no el proletariado el principal protagonista de las revoluciones de los últimos dos siglos?

R. Creo que allí donde ha habido transformaciones sociales exitosas, éstas no se hicieron sin la participación activa y protagonista -en coprotagonismo- del campesinado, que constituía la inmensa mayoría de la sociedad. Las revoluciones sociales no fueron solamente campesinas, también intervinieron los artesanos las gentes de los oficios, y los intelectuales pobres. Un agente activo, por cierto, también muy distinto de la imagen del “proletariado fabril” “homogéneo y disciplinado”, y numéricamente minoritario. Sin la mayoría social no se hubiese podido llevar a cabo ningún proceso real de cambio por parte de las clases subalternas, y el campesinado era la clase subalterna mayoritaria con mucho.

Un ejemplo desgraciado de lo que significaba tratar de ensayar la revolución a espaldas del campesinado es la Revolución Francesa de 1848. Las clases urbanas que acceden al poder provisional en febrero tratan de instaurar una república en la que la única clase que debe pechar con los impuestos es el oprimido campesinado al que no se le libera de las deudas a las que los usureros lo tenían sometido tras años de abandono bajo el régimen liberal. Una vez el campesinado descubre que no va a contar para nada, se desactiva políticamente. A partir de ese momento, es cuestión de tiempo que se vaya a por el proletariado organizado, aislado, minoritario.

P. ¿Podría explicarnos un poco eso que usted llama “mito industrialista de la clase obrera”?

R. La mitología industrialista tal como todavía nos intoxica, fue elaborada tras la muerte de Marx en el seno del partido socialdemócrata alemán. Es una mezcla de filosofía de la historia y de estructural funcionalismo, la historia progresa indefectiblemente a mejor. La fuerza que impele ese proceso es el desarrollo de las fuerzas productivas, que a priori se considera positivo y de efectos progresivos. Según este modelo la economía funciona como variante independiente cuyo crecimiento modifica y transforma todos los demás ítems que constituyen la sociedad y la cultura humana Con el desarrollo de esas fuerzas económicas, unas clases, unas culturas, pasan a ser, por su oposición objetiva al mismo, clases “estercolero de la historia”. Deben ser y son arrolladas y aniquiladas Otros ítems o elementos de las viejas culturas son funcionalizados por el desarrollo económico y se adaptan; por último, surgen nuevos elementos funcionales al desarrollo alcanzado en ese periodo por las fuerzas productivas. Según este modelo, en la actualidad, sólo existen dos clases verdaderamente revolucionarias. La burguesía, que transforma el mundo con la industria y su afán de riquezas, y el proletariado que es su enterrador. Lo que resulta ser el objetivo de la historia es precisamente el desarrollo industrial; y es reaccionaria cualquier clase social o cualquier impedimento que lo frene. Por eso se pueden proponer alianzas de clase entre el proletariado y la burguesía, contra el campesinado. Como se ve, este “marxismo” es un desarrollismo industrialista.

P. En cierto sentido, ¿ayudó también este “industrialismo de izquierdas” a desmantelar las viejas estructuras comunitarias campesinas disueltas por la modernización?

R. Creo que, como ya se desprende de lo escrito, este modelo desarrollista se convertía en legitimador de la acción destructiva de las culturas y mundos campesinos desarrollada por el capital o por los mismos revolucionarios en el poder. El modelo industrialista desarrollista , que entiende la civilización y el progreso solo en función de eso, es en realidad el modelo positivista trasuntado al lenguaje de izquierdas.

P. Escribió usted hace poco que el partido comunista italiano no puso demasiadas trabas al etnicidio campesino italiano. ¿Pasó esto también en las naciones de la península ibérica?

R. Comienzo por nosotros. La izquierda española no tuvo mucha sensibilidad que digamos hacia el campesinado. El “desarrollismo” del PSOE de Pablo Iglesias tenía férreos prejuicios que frenaban tanto la relación con el campesinado, como con las clase medias urbanas. Durante los primeros momentos de la segunda república, retrasa la reforma agraria. En cuanto al anarquismo, en Cataluña, las columnas anarquistas asesinaron comunidades rurales que se negaban a aceptar la propiedad común de la tierra y reclamaban la propiedad parcelaria. Los comunistas tampoco fuimos particularmente finos al respecto. Por lo menos hasta 1935, cuando se abre paso la aplicación de la política de Frente Popular Democrático Antifascista, elaborada por la KOMINTERN, que se inspira en la democracia revolucionaria. Un comunista no ortodoxo, como Joaquín Maurín escribió que la guerra de España había sido una guerra entre dos ejércitos formados por campesinos. Si el fascismo tenía un ejército de campesinos ello era producto de la incapacidad de la república para realizar en tiempo real, la reforma agraria. Durante la clandestinidad posterior, el PCE/PSUC no tuvo influencia -y creo que tampoco interés- en trabajar entre el campesinado.

En cuanto al partido italiano. Desde luego a partir del periodo de desarrollismo de los años 60 y del capitalismo para el consumo, no fue capaz, no elaboró una política consciente de defensa y creación de una cultura nueva a partir de las tradicionales, campesinas y urbanas, agredidas por la producción capitalista para la vida cotidiana, que resistiera el nuevo modo de vida que esta producción exigía imponer. Para explicar lo sucedido me referiré al último texto de Pasolini que iba dirigido al congreso del partido radical. Allí Pasolini critica un uso nuevo que se ha hecho de los derechos civiles para emplearlos como medio para reclamar vivir como los “burgueses” -el consumismo- y no como medio para defender otras formas alternativas de vida. Y después se burla con cariño e ironía de un joven griego de barbas “entre Menipo y Aramis”, un individuo característico de este tipo de demandas “burguesas”. Pero tanto las demandas como el tipo son el estereotipo de la cultura de los “soissantehuitards parisiens”: “sed realistas, pedid lo imposible”. El mito, un mito de consumismo urbano, de hedonismo -Pasolini dixit-, de individualismo radical, aberrante para las culturas solidarias y comunitarias anteriores, todo lo antijerárquico que se quiera, pero “modernizador” y “urbano”, y que tiene un enorme recelo, cuando no un desprecio brutal hacia la cultura anterior, hacia la “provincia”, se cubría con ropajes de izquierda. Y ese mito ingresó en toda la izquierda. Pero para responder directamente a su pregunta: El caso es que nosotros, los comunistas, los italianos incluidos, no hicimos lo que debimos, no tuvimos claridad de ideas, y perdimos la batalla fundamental, a saber, la batalla cultural, la batalla por la autonomía de la cultura del bloque alternativo.

P. Usted valora mucho los trabajos de Gramsci y Pasolini. ¿Qué nos pueden aportar estos dos grandes comunistas en este tema que venimos comentando?

R. Ambos pensadores, y añadiría también sin vacilar al historiador E. P.Thompson, fino lector de Gramsci. (Hay otros como Raymond Williams, otro gran admirador de Gramsci, etc.) Todos ellos son grandes defensores de las culturas populares. Para ellos el mito ideológico del desarrollo indefectible de las fuerzas productivas como progreso era un disparate. Y de lo que se trataba era de ser capaces de ordenar nuevas culturas de vida, a partir de las anteriores, mediante la praxis y la deliberación de las personas. Todos ellos forman un conjunto de “grandes conservadores”. Son pensadores que sostienen que el “futuro” no existe, y no puede imponerse como ley que instrumentalice el presente: el “futuro” no es más que el presente de dentro de un tiempo, y ese futuro dependerá de lo que se haga en el presente para vivir el presente, pues la única vida es la presente. Que el presente depende de las luchas actuales y del acerbo cultural que nos ha legado el pasado – que nos ha hominizado y hecho como somos-, y que en las culturas objetivadas en el pasado podemos encontrar y elegir – y reinterpretar- elementos e instrumentos para la lucha y para la vida. Que nuestra nueva potencial creación cultural no puede existir en discontinuidad con el legado pasado. Estos intelectuales se enfrentan con quienes creen que todo lo anterior es “enajenador” y que sólo lo ultimísimo de lo último, es desenajenador, y lo es sólo mientras se mantiene como algo marginal y minoritario entre/para los “selectos”. Adorno y Horkheimer.

Para Gramsci o Pasolini -Thompson- es la nueva cultura forjada por los individuos de abajo, en continuidad con las culturas anteriores, no las culturas manipuladas por los medios de comunicación y la industria de bienes de consumo, la que crea el Sujeto nuevo, Es la idea de la Reforma moral, de Gramsci. Sin nueva forma de vida verdaderamente autónoma, sin valores de vida encarnados en usos, en costumbres -cultura material en sentido antropológico- no existe condición alguna de exigir, de imponer un orden nuevo, y un poder cívico político nuevo. Y viceversa el orden nuevo existe ya in nuce, en fermento, en esa nueva cultura, que solo por existir, disputa con la otra cultura creada por la clase dominante sus formas de vida y sus valores. Son esas culturas de vida, moralmente fundamentadas en las ideas de igualdad, libertad, democracia, las que elaboran desde sus axiologías de valor, vividas e intelectualmente defendidas, y dan sentido a las ideas de alternativa global comunitaria, democrática. Esas ideas de alternativa, desarraigadas de las bases culturales que las elaboran y dan sentido, son imaginaciones de individuo inmaduro.

Una palabra sobre “palabras”. Thompson, George Rudé, al estudiar en sus obras de historia las luchas de clase en el siglo XVlll se refieren a la “multitud”. Hablan de “autonomía” moral. Nada que ver con lo que en el “autonomismo” de nuestros días significan estos términos. Estos términos que proceden del pasado y se usaban para referirse a los “de abajo” y a sus culturas, hablan de comunidad solidaria, de valores compartidos, de respeto entre iguales, de no robar, de cumplir Esta es la cultura que se denomina de la multitud en el XVlll. Nada que ver con el individualismo ciego de la multitud autonomista, metropolitana , el egoísmo, el cínico desprecio de los principios morales como “trampa” para débiles mentales tendida por los poderosos, y como hipocresía de los poderosos. Todo ello está en otro horizonte: el nietzscheanismo.

P. Y si volvemos a los grandes clásicos: Marx, Engels… ¿Qué podemos aprender de ellos en relación al campesinado?

R. Tras la derrota de la revolución de 1848, Marx en su Dieciocho Brumario de Luís Napoleón Bonaparte, lanza un ataque feroz contra el campesinado; el politicismo idealista se lleva a Marx por delante. La respuesta de Engels es casi inmediata: La guerra campesina en Alemania, obra recién publicada, por cierto ahora por la Editorial Capitán Swing, en una edición excelente y con un maravilloso prólogo de Ernst Bloch sobre este periodo que es su famosísimo y agotado texto Tomás Münzer, teólogo de la revolución (esta nueva editorial es un proyecto de izquierdas que merece atención). El debate quedó zanjado. Años después sobrevendría la quiebra de la AIT, cuya causa fue, no la Comuna de París, sino una feroz guerra intereuropea, la guerra franco-prusiana. Como consecuencia del desarrollo de la misma, se produce la insurrección de la Comuna de París. Arthur Rosenberg explica cómo, en la correspondencia entre Marx y Engels, se expresan ambos con palmaria claridad sobre el disparate que significa esta insurrección y la previsible solución catastrófica del levantamiento, e intentan frenarlo antes de que estalle. En cuanto estalla la insurrección, desde luego, Marx y Engels tratan de ayudarla por todos los medios. Y luego, tras la derrota de esta lucha, según explica Rosenberg, al percibir que el espíritu de la democracia revolucionaria corría el riesgo de quedar truncado en su continuidad y desaparecer de la memoria colectiva, inventaban el mito de la Comuna como hito de esta tradición. Para Marx y Engels seguía estando claro que las alternativas políticas debían contar con la mayoría social y, además, tenerla activa como sujeto. La mayoría social: la democracia, el campesinado. Poco después, cuando en el programa de Gotha de 1874, con el que se fundaba el partido social demócrata alemán, aparecía el tema de las clases reaccionarias de la historia y se metía en ese saco a los campesinos, Marx salía al paso del asunto en su crítica escrita, demoledora. A la muerte de Marx, el viejo Engels trató de combatir la atroz y simplista idea de las clases estercolero de la historia siempre que pudo. Su último folleto es El problema campesino en Francia y en Alemania, de 1894, en el que defiende buscar y fraguar la alianza con el campesinado, y acoger en el partido a los pequeños campesinos -los cultivadores directos-.

Una “clase” bloque. Sí debo puntualizar que Engels proponía que se adoptase como programa de agitación entre el campesinado la idea de la socialización cooperativa de la tierra. El último escrito de Engels es el prólogo a Las luchas de clases en Francia de 1848. Permítanme terminar con un cita de este prólogo: “En Francia, a pesar de que allí el terreno está minado, desde hace más de cien años, por una revolución tras otra y de que no hay ningún partido que no tenga en su haber conspiraciones, insurrecciones y demás acciones revolucionarias; en Francia, donde a causa de esto, el Gobierno no puede estar seguro, ni mucho menos, del ejército (…) incluso en Francia, los socialistas van dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de antemano la gran masa del pueblo, lo que equivale a decir a los campesinos”. Cito el texto por la edición de Austral, pág 79).

Durante toda la historia, y hasta la liquidación del campesinado en los años 60 del siglo XX (en Europa; en el mundo sigue siendo el 48 por ciento de la población) defender la democracia era inseparable de defender la alianza con el campesinado en pie de igualdad y aceptando sus aspiraciones. Y autonomía cultural, democracia y alternativa de poder fueron, y son, términos análogos referidos a lo mismo.

* Joaquín Miras es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO.

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