El control del agua y de la tierra del planeta ha desatado una carrera tan riesgosa como el armamentismo. Los países de las grandes finanzas establecen hoy colonias en los países con tierras fértiles y recursos
hídricos, pero no para salvar del hambre a la humanidad sino para anticipar futuros negocios y guerras.

Según Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Corea del Sur, primer comprador mundial, ha comprado 2.3 millones de hectáreas, seguido por China, con 2.09 millones, Arabia Saudita con 1,61 millones, los Emiratos Árabes Unidos con 1,28 millones y Japón con 324.000 hectáreas. Los países que buscan para establecer sus colonias poseen tierras fértiles y pocos habitantes; es fácil corromper a sus gobernantes y conseguir privilegios que restringen la soberanía nacional en esos territorios.

Los Emiratos Árabes controlan casi un millón de hectáreas en Pakistán y han puesto la mira en Kasajstan; Libia compró 250.000 hectáreas en Ucrania; el grupo saudita Binladin, la familia de Osama del mismo apellido, tiene territorios en Indonesia; Jordania produce comestibles en Sudán y Egipto tiene 850.000 hectáreas en Uganda. China es un comprador compulsivo porque tiene sólo el 7% de tierras fértiles del planeta y 1.400 millones de habitantes, por eso compró tierras en Australia, Kasajstán, Laos, México, Brasil, Surinam y África; allí lleva a sus propios asalariados que ganan menos de 40 euros al mes, al margen de las leyes laborales de cada país.

Por supuesto que en esta carrera las corporaciones privadas llevan la delantera, como el grupo Daewoo Logistics, que alquiló 1,3 millones de hectáreas a Madagascar, que significan la mitad de las tierras cultivables de esa isla. Benetton tiene casi un millón de hectáreas para producir lana fuera de Italia; el grupo agroindustrial francés Louis Dreyfus tiene decenas de miles de hectáreas en Brasil; y Argentina ha vendido 21.000 hectáreas para cría de ganado a Corea del Sur, país que controla una superficie superior a la totalidad de sus propias tierras fértiles.

Hablamos de negocios, es decir, de una nueva política colonial para saquear los recursos naturales de los países pobres y controlar sus recursos hídricos sin beneficio local alguno. Por eso algunos países, como el Paraguay, prohíben vender parcelas a extranjeros.

En esa lógica, los bolivianos han aprobado como extensión máxima de tierras las 5.000 hectáreas, colocándose a la vanguardia de los países que luchan contra la carrera mundial contra la compra de tierras. Esta es la lógica de la nueva Constitución y del referéndum consiguiente.

El latifundio está ligado al abuso del poder, a las oligarquías, a las mafias, al nepotismo, al tráfico de influencias, al cohecho, al soborno, a la muñeca, a la coima, a la compra de conciencias. El latifundio está orgánicamente ligado a la corrupción, a las dictaduras, a la extrema derecha o al derrumbe moral de la izquierda. Los bolivianos sabemos qué es el latifundio y por eso lo hemos rechazado de forma contundente. Ocho de cada diez bolivianos han votado contra él.