Hoy se inician las horas de serenidad y reflexión. De serenidad, para esperar el futuro con optimismo, y de reflexión, para desechar las consignas, las manipulaciones, la propaganda electoral que nos tiene
hartos, las frases obtusas que quieren llegar a nosotros como si fuéramos oligofrénicos.

Serenidad y reflexión son un ejercicio de autoestima: no somos idiotas para no participar en un acto tan importante como es el referéndum constitucional de este domingo, y no somos imbéciles para necesitarque otros nos lo piensen, porque vivir cada día nos enseña quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros rivales.

El elector es básicamente el ciudadano que se gana la vida trabajando, que todo lo que tiene huele a su sudor, a su sacrificio y al de su familia; es el padre o la madre que ve crecer a sus hijos, que los educa con un sacrificio sostenido y quiere verlos profesionales, con oficio o negocio propios, enfrentando la vida desde su independencia económica. A ese padre o a esa madre, a esos hijos que fueron educados con enorme sacrificio, no les vamos a meter los dedos a la boca. Ellos saben muy bien quiénes se parecen a su familia, quiénes han soportado los mismos sacrificios, quiénes han obtenido en cuotas un techo, un negocio, un vehículo que les ha permitido ganar unos pesos más. Ellos conocen la distancia que hay entre los trabajadores honrados y los que hacen fortuna con dineros públicos. Ellos conocen muy bien los orígenes de los políticos, saben cuál fue su cuna y cuál su pobreza original, y entonces se indignan con pleno conocimiento cuando estos políticos declaran bienes y dicen que en su corta vida pública hanpodido juntar 1, 2, 5 millones de dólares. Ellos se preguntan, entonces, cómo se puede ahorrar 10 mil, 100 mil dólares trabajando honradamente. No hay, pues, cómo meterles los dedos a la boca.

Esos electores, que son la amplia mayoría de nuestra población electoral, ya saben quiénes son sus amigos y quiénes sus rivales; saben hasta dónde se puede avanzar y hasta dónde hay que seguir soñando. Ellos comparan sus módicos bienes conseguidos honradamente con los cuantiosos bienes de otros, conseguidos con el favor político o al margen de las leyes. Ellos saben que con éstos no hay comunidad de intereses y que jamás van a poder engatusarlos para votar como ellos quieren. No, el voto ya está decidido y la propaganda es una pérdida de tiempo, porque este no es un proceso que comenzó hace uno, dos, seis meses; es algo que se inició hace mucho tiempo, es ese deseo de justicia, de bienestar, de igualdad de oportunidades, de reconocimiento de todos por todos. Es ese viejo anhelo de fundir todas las pieles en una sola piel morena e igualitaria.

Esa comunidad de piel, esa comunidad de bienes que huelen a nuestro sudor, de intereses y miras ya tiene sus símbolos. Esos símbolos por los cuales el elector va a votar son el espejo de los electores, un espejo en el cual se reconocen como iguales, un espejo sin lujos, sin fortunas mal habidas, sin privilegios políticos, económicos o sociales. Es un espejo incluyente, comunitario, donde los electores se sienten perfectamente cómodos.