Murió Werner Guttentag, el mejor amigo del libro. Sobriedad y sencillez fueron su lección de vida y su lección de muerte. ¡Qué conmovedor es el rito funerario de los judíos! Un cajón de pino sin adornos sobre un piso de tierra, una sábana negra con la estrella de David en líneas blancas y dos velas. ¡Y pensar que toda la parafernalia de casas de velación, catafalcos, arreglos florales, retratos y velas parece un hotel de cinco estrellas o una boutique funeraria para el tránsito a la muerte! Uno muere para descansar en paz. Por favor, ya déjense de pompas fúnebres.

Werner pertenecía a dos pueblos tenaces, que sobreviven después de superar holocaustos, incendios, autos de fe, prisiones, torturas, saqueos y éxodos. Uno es el pueblo judío y el otro, aun más milenario, es la nación de los amigos del libro, cuyo rastro se pierde en la aurora de los tiempos.

El balance de la vida de Werner sorprende por la constelación Guttentag que conformó alrededor de su proyecto editorial. Llegó pobre, cargando apenas una máquina de escribir; pudo hacer fortuna en cualquier emprendimiento, pero escogió la difusión de la lectura en un país dramáticamente analfabeto. Sus convicciones democráticas y antifascistas lo amistaron con celebridades de todas las épocas, desde Jesús Lara, que editó con él su primer libro, y Héctor Cossío Salinas, que contribuyó a la fundación de la monumental Biblioteca Boliviana hasta Edmundo Paz Soldán, en un abanico que rescata a vivos y muertos.

Werner fue, sin duda, el mayor amigo del libro en Bolivia, aunque fue un ciudadano del Universo. Su aporte editorial a la difusión de la literatura boliviana está asociado a lo más íntimo del desarrollo de nuestras culturas. Él acuñó la máxima "No leer lo que Bolivia produce es no saber lo que Bolivia es, que es el lema de la copiosa lista de libros que editó.

Recuerdo su venerable figura recorriendo los pasillos de nuestra Feria del Libro, todos los días, sin descansar un momento. Ese fue quizá el último escenario público donde todavía pudimos saludarlo. Una persona que era el referente boliviano más importante en las Ferias del Libro de Frankfurt, Guadalajara o Buenos Aires se regocijaba como un niño ante el pequeño pero importante fruto de nuestros libreros.

Gracias a la oportuna biografía difundida por Datos & Análisis por Internet, sabemos que Werner nació en Polonia, que huyó de la persecución nazi, que logró salvar a su padre, que se enroló en la lucha antifascista en Bolivia, que fue orfebre antes de ser librero y editor; en fin, que hizo por Bolivia más que muchos bolivianos de nacimiento.

No hay palabras suficientes para expresar nuestra condolencia a doña Eva, a sus hijos e hijos políticos, a sus nietos y bisnietos.

Si alguna vez erigimos un monumento al libro y a la lectura, Werner será una figura central que recuerde a todos aquellos bolivianos de otras tierras que sirvieron a Bolivia más que los bolivianos de nacimiento.