Los Takana eran los Señores de la Selva. Hay muchos estudios etnohistóricos que prueban su gravitación e influencia. El Ecuai, el líder del pueblo, los guiaba siempre en busca de Caquiawaca, la montaña encantada, a la cual "se ve pero nunca se puede llegar". Jawaway es el dueño de los animales, especialmente de los que van en tropa y sirven como alimento: siempre había que pedirle permiso y honrarlo, ya que, de otra manera, los tapires, los jochis y los chanchos desaparecían y se podía pasar hambre.

Los Incas del Cuzco respetaron la cultura de los Takanas. Los moradores de la selva baja que cubre las cuencas de los grandes ríos que desembocan en el más grande de todos (el río Beni) fueron intermediarios entre los recién llegados desde las tierras altas y otras naciones y pueblos de las tierras bajas. Los Takana vivían en la puerta de entrada de un gran reino. Los Moxos eran un estado ejemplar que se extendía por las llanuras de inundación. Vivían allí cientos de miles de personas que habían desarrollado un singular complejo de manejo de las aguas, que permitió el surgimiento de una potente economía agrícola, que se tradujo en prosperidad para la gente. Y una fama que se extendió, más allá de los pantanos y de los cerros. Guamán Poma cuenta cómo el Inca Uturunco -el Rey Jaguar­- no solo trajo la coca de las selvas y la propició en los Andes, sino que también se casó con alguna princesa takana o moxeña, quien sabe. Lo cierto es que, en esos tiempos, había algo que ahora no hay, o se olvidó o se perdió entre la confusión y el horror que vendrían: una relación lo bastante armónica, una comunidad de respeto, entre los pueblos de las tierras altas y sus pares de las tierras bajas. La palabra guerra recién apareció en las crónicas cuando quienes las escribieron, llegaron desde la otra orilla del océano a invadir este lugar del mundo.* * *Fue una noche con fogón, con coca y trago en Ixiamas. Noche negra en la Amazonía, noche de fin del mundo, hace años, cuando llegar a Ixiamas se hacía largo, difícil. La conversación fluía, el compañerismo también, al compás de los grillos y de las ranas. Hasta que alguien empuñó un violín o una guitarra y empezó a tocar y sobre todo a cantar. Conocía los buris de Apolo, de Santa Cruz del Valle Ameno, de esos lados del Machariapu y el Tuichi. Pero estos buris, o esa música, el metal de la voz, su tono, eran otra cosa, de otra dimensión, otra hondura. Jamás había escuchado algo tan triste pero, a la vez, algo tan altivo, tan orgulloso y tan sentido. Cuando lo encaré al hombre para preguntarle qué estaba tocando, me contestó: música takana. Cuando quise averiguar su nombre, proclamó, como una flecha cortando el viento de la historia y el olvido, que se apellidaba Racua y que un pariente suyo estaba enterrado en el cementerio del pueblo.* * *Los españoles tuvieron que enfrentarse contra los Takanas confederados para impedir que se apoderasen de su territorio. La "guerra cruel", como la llamó el propio Adelantado Álvarez de Maldonado, que le plantaron los originarios a los usurpadores durante la segunda mitad del siglo XVI, fue un brillante ejemplo de resistencia anticolonial exitosa. Allí surgen los primeros nombres de los héroes que la historia oficial siempre negó: Tarano, el cacique de los Toromonas; Arapo, el cacique de los Uchupiamonas. Todos eran Takanas y tan valientes y ardorosos en el combate que impidieron que los invasores se asienten en la Amazonía Sur por mucho tiempo. En realidad, nunca lo lograron. Vencidos por las armas, mandaron a los curas. Los frailes explotaron el lado sensible y bondadoso de los habitantes de la selva y los sedujeron, empezando una labor de zapa, que persiste hasta hoy, para abolir su cultura, para que olviden su Caquiawaca y su Jawaway, para que dejen de ser ellos mismos. Fundaron unas misiones -en 1721, la de Ixiamas- para reducirlos, "civilizarlos" y controlarlos. Los Takanas no fueron lo dóciles que pretendían los ensotanados y se fugaban a los montes pero sobre todo se morían con las pestes que les inoculaban los foráneos. Así pasaron años, décadas, siglos, hasta que la selva tembló, y esta vez de verdad y para siempre: al norte del mundo, un árbol de la Amazonía había cobrado un valor inusitado por darle usos y fabricar cosas para los pobladores de esos países que se situaban a miles de kilómetros de la selva. Sin embargo, como parte del devastador efecto del mercado mundial, que siempre estuvo de una u otra manera "globalizado" por los imperios de turno, la fiebre por la extracción del caucho condujo a miles de forasteros a la floresta. Su accionar se tradujo en una pesadilla que hasta hoy sigue ocultada y silenciada y peor, persiste, como lo demuestran los hechos vividos en El Porvenir hace unos días: el primer gran momento del genocidio de los pueblos indígenas amazónicos. Los Takanas no escaparon a esa furia y esa ambición capitalista que "devino en persecución ("correrías") a los indígenas, que prácticamente fueron exterminados por matanzas, trabajo esclavo y el traslado de familias enteras a los gomales del norte".[1]* * *"En los buenos tiempos, lo que más se necesitaba en los bosques de caucho eran hombres. (…) Como la mano de obra era tan preciada, se intentaba atar a los trabajadores mediante el sistema de las deudas… Se las ingeniaban de tal manera que los indios siempre tenían grandes deudas, de modo que en realidad eran esclavos. Los trabajadores se vendían transfiriendo sus deudas a otra persona. Como se sabía que no podían pagar las deudas por sí mismos, al comprarlos se pagaban además sobreprimas. Tanto en las herencias como en los casos de quiebra, los trabajadores se inventarían como haberes".Erland Nordenskiöld: Exploraciones y Aventuras en Sudamérica. APCOB-Plural, La Paz, 2001, págs. 340-341"Si es verdad triste que los salvajes han recibido ofensas anteriores hasta ver a sus hijos arrebatados por los cristianos, también es un hecho que el último escándalo se producirá con frecuencia [nr: se refiere a ataques de los indígenas a las "empresas industriales"] sino se piensa en poner un reparo a la ferocidad de los salvajes (…) El salvaje es una fiera que cuando se enoja acomete sin distinción y a la fiera hay que darle caza…"Editorial de La Gaceta del Norte, 1889, N° 19. Tomado de Pilar Gamarra: Orígenes históricos de la goma elástica en Bolivia en Historia, N° La Paz, 1990, pág. 53* * *El caucho le había recordado a esa Bolivia que había nacido en 1825 que sus territorios terminaban en el Río Purús. Bruno Racua, takana de Ixiamas, como su pariente cantor que me llevó a visitarlo al cementerio, fue uno de los enganchados que terminó a la fuerza en los gomales. Algunos dicen que había nacido hacia 1870 y que fue por su propia voluntad a la Guerra del Acre, la guerra que se libró contra los brasileros por el territorio donde crecían los árboles del caucho. La historia personal de los "invisibles" siempre se pierde en los meandros del pasado. Si hoy recordamos a Bruno Racua es porque se volvió héroe en esa contienda, a pesar incluso de la mayoría de los historiadores republicanos, que no lo nombran. El hijo de Nicolás Suárez -que los potentados de ayer y de hoy encumbran como "El Rey del Caucho" y promotor de la "civilización" y el "progreso" cuando no fue sino un invasor de los territorios ancestrales de los pueblos indígenas, a los cuales masacró y explotó sin misericordia- narró así el desenlace de la estratégica Batalla de Bahía, el 11 de octubre de 1902: "Al efecto, llamose a un indio ixiameño cuyo nombre no recuerdo, [el destacado es nuestro] se le entregó un arco y una flecha provista de una mecha impregnada en kerosene; lanzada ésta sobre los techos de hojas de palmera resecas por la acción del sol, dos minutos después edificios y trincheras a merced de las llamas hacían desalojar, poniendo en derrota, despavoridos, a los que días antes habían ultrajado la soberanía nacional…".[2] Gracias al "indio cuyo nombre no recuerdo", Nicolás Suárez pudo conservar sus gomales y seguir explotando a los hermanos de Racua. Bolivia pudo conservar algo más importante: la soberanía hasta el Río Acre, a cuyas orillas, se alza hoy la ciudad de Cobija (la antigua barraca llamada Bahía), capital del departamento de Pando, desde donde partieron los sicarios que hace dos días asesinaron a otro pariente de don Bruno, el dirigente campesino Bernardino Racua. Si la historia había sido lo suficientemente ingrata al olvidar a Bruno Racua, un héroe nacional indígena[3]; hoy la historia no sólo se repite como drama para los nuevos condenados de la selva, sino que se ensaña en esa absurda mueca de desprecio del destino con el asesinato de Bernardino Racua.* * *"Mataron a Bernardino Racua. ¿Lo recuerdas? Estaba en el I Foro Amazónico, era el biznieto de Bruno Racua. Me siento impotente, triste y llena de rabia" -una compañera me alerta y me escribe angustiada- "A los heridos los mataron en el hospital y hay mas heridos al otro lado del río…fue una masacre". Ya comienzan a aflorar los testimonios de las ejecuciones de lo que ya se conoce como "La Masacre de El Porvenir" y que gente tan criminal como los que empuñaron las armas pero utilizando teclas o micrófonos pretende encubrir bajo el manto insolente de un "enfrentamiento", las mismas canalladas que se arguyeron bajo el imperio y el terror de la Doctrina de Seguridad Nacional. Ya lo dijimos: fue la continuidad del genocidio contra los pueblos indígenas y los campesinos amazónicos que arrancó en el siglo XVI, que llegó al paroxismo asesino en los años del caucho y que se perpetúa hasta ahora.

Los ejecutores de las matanzas cambian pero los muertos siguen siendo los mismos. Todos los que no hemos perdido la sensibilidad frente a los dramas humanos, a las atrocidades que tienen que sufrir siempre los pobres y los humildes debemos exigir que se esclarezca el hecho y que los responsables materiales e intelectuales reciban el juicio y el castigo que se merecen. Es muy duro escribir sobre esto, sobre una nueva docena de mártires, que se suman a esa lista anónima e interminable de las víctimas de la opresión y la injusticia. Pero en esta terrible hecatombe, porque tal vez sea un símbolo, deberíamos recordarlo a Bernardino, el biznieto de Bruno, aquel que legó a todos los bolivianos ese jirón de la patria y, malditas paradojas, a los asesinos de su biznieto, lo que ellos consideran su hacienda y su oprobioso poder que lo terminó masacrando. Deberíamos recordarlo como lo que fue, como lo que eran también sus compañeros acribillados:indígenas y campesinos amazónicos, trabajadores de toda la vida, zafreros que se internaban en las selvas a cosechar castaña, amantes de la naturaleza y sus protectores porque ella les daba, cada año, el pan para sus hijos, gente humilde, gente buena, gente digna.

Si algo ha cambiado en Bolivia estos últimos años es que ya la conciencia social no soporta estos actos violentos de absoluto desprecio a la vida de los más desprotegidos y a la misma condición humana y que, por ello, no deberían quedar impunes porque fue genocidio, crímenes de lesa humanidad, algo imposible de olvidar y de perdonar.

Mientras tanto, mientras el clamor y ojalá que la justicia encuentren su cauce, Bernardino ya habrá llegado junto a Bruno y desde la cumbre del Caquiawaca, nos seguirá enseñando y amparándonos con su memoria.

[1] Díez Astete, Álvaro y Murillo, David: Pueblos Indígenas de Tierras Bajas. Características principales. MDSP-VAIPO-PNUD, La Paz, 1998, pág. 201

[2] Nicolás Suárez hijo: La Campaña del Acre, 1928. Tomado de Saavedra, Carlos P.: Pando, el último paraíso. Ed. Franz Tamayo, Cobija, 2001, pág. 169

[3] Agradezco la puntualización a Wilson García Mérida, comunicación personal.