¿En qué andan los partidos ahora que vivimos el auge de los movimientos sociales? Aun los partidos más izquierdistas parecen vivir la misma crisis que la de los partidos tradicionales. El desgaste de la llamada democracia pactada nos ha provocado aversión por los partidos, pues incluso nuestros sistemas de elección para ocupar cargos jerárquicos tienen como requisito primordial no pertenecer a ningún partido, con lo cual a veces se cometen injusticias, pues se premia a los jabones neutros, que jamás tuvieron definición política, y se posterga a miles de militantes honestos que descuidaron sus intereses personales por entregarse a defender una causa.

Esto no ha ocurrido solamente con los partidos socialdemócratas o francamente derechistas, sino también con los partidos de izquierda, satanizados por los electores como aparatos burocratizados, desmovilizadores y claudicantes, mientras se exalta a los movimientos sociales "como excelsas organizaciones inmunes a las deformaciones burocráticas, las ambigüedades, los personalismos y las mezquindades que caracterizarían a los partidos de izquierda de la región", según el maestro argentino Atilio Borón. ¿Pero esos vicios que se endilgan a los partidos, acaso no afectan también a los movimientos sociales? Se ha mitificado la horizontalidad, la canonización de "las bases", como si éstas fueran inmunes a la manipulación de los caudillos o tuvieran la infalibilidad atribuida al Papa Santo de Roma en cuestiones del gobierno de los pueblos.

Resulta curioso que los partidos hayan bajado los brazos y no hagan un esfuerzo por pelear un campo propio en la articulación de los intereses populares. Un campo propio y un escenario propio, que es el de las instituciones y los operadores políticos, a diferencia de los movimientos sociales que operan directamente en el seno de la sociedad civil.

Las organizaciones sociales son un mecanismo eficiente de consulta a las bases, a las células de la microfísica del poder, pero tienen dificultades de "sintetizar la multiplicidad de particularismos que ellos encarnan en una fórmula política y en una estrategia unificada que pueda enfrentar con éxito la estrategia unificada de la burguesía", según el maestro Borón; y no tienen operadores políticos listos y despiertos para negociar esas posiciones populares.

A diferencia del campo popular, la derecha no se limita a un solo escenario, pues sabe utilizar, con operadores listos y despiertos, todos los canales institucionales (como las elecciones y el aparato de Estado), más los canales extra-institucionales: la propaganda política, la ola de rumores, el agio y la especulación, la corrida bancaria, el lock out, la fuga de capitales, el paro de inversiones y la pura y simple manipulación de los gobiernos. Mientras el campo popular pierde tiempo y energías en discusiones bizantinas, (por ejemplo: si movimientos sí o movimientos no, o partidos sí o partidos no), la derecha se cohesiona, sabe afinar sus espolones y cuenta con los operadores más conspicuos para defender sus intereses.