Hans Dieterich, un observador de izquierda que vino a la Cumbre Sudamericana el 2005, observó que la convocatoria a la Asamblea Constituyente traería problemas al gobierno de Evo Morales, pues debía limitarse de inicio a la consolidación de su programa y sus obras, para luego, al final de su mandato, aprovechar el consenso ganado y convocar recién a la Constituyente.

No ocurrió así porque la ciudadanía se dejó encandilar por ese espejismo nominalista, como si la ley, aun siendo la Ley Fundamental, pudiera por sí sola conciliar intereses contrapuestos. Deberíamos reconocer que cometimos el pecado original de este proceso al anteponer la Constituyente a la obra de gobierno.

En mi opinión, no hay razones sólidas para criticar la obra de gobierno de Evo Morales. ¿Qué observaciones serias pueden haber a la campaña de alfabetización, a la elevación del IDH, a la iniciación de las obras de la carretera Cochabamba-Beni, a la construcción del gasoducto a Valle Hermoso, al contrato para la explotación del Mutún, a la llegada de maquinaria de perforación para YPFB en busca de nuevos yacimientos, entre muchas otras medidas que son nacionalistas revolucionarias y no socialistas? ¡Pero si de esas medidas se beneficiarán los gobiernos que sucedan al actual, sea cual fuere su línea! Incluso el dinero venezolano que se entrega a las alcaldías no tendría demasiadas críticas sin la sobredosis política que hoy soportamos como secuela de los duros debates de la Asamblea Constituyente.

Sin sobredosis política, quizá no habrían Ponchos Rojos ni hubiera alzado cabeza la Unión Juvenil Cruceñista; y el Senado no hubiera puesto trabas a algunas leyes urgentes.

La Constituyente se convirtió de inmediato en un escenario de medias verdades enfrentadas; al calor de la Constituyente se radicalizó el movimiento autonómico en las regiones; a los embates de la Constituyente se abrió paso la llamada media luna y entonces la vida nacional se transformó en un tablero de ajedrez en el cual los jugadores buscan lo que cualquier campeón del deporte ciencia: eliminar al enemigo.

Cualquier sobredosis puede ser letal para el organismo. Eso deberíamos pensar en estos días en que soportamos una sobredosis política que, por desgracia, es una inveterada costumbre boliviana. En buenas cuentas, desde el Mariscal Sucre siendo Presidente hasta Evo Morales, todos los Mandatarios soportaron esta forma de recrudecimiento de los conflictos que desembocaron muchas veces en el enfrentamiento. La historia boliviana parece un tifón social, no hay forma de desechar esa imagen, pues la tormenta se posa hoy en Caihuasi, como ayer en Cochabamba o en Sucre y mañana quizá en Santa Cruz o en La Paz.

La política es la expresión concentrada de la economía y la crisis en su mayor magnitud anuda políticamente todos los conflictos y exige soluciones políticas; pero es penoso pensar que a veces el gobierno se precipita en sus medidas políticas y la oposición responde con el mismo lenguaje.

Reflexiones éstas que deberíamos hacer con serenidad y cordura en este aciago mes de agosto.