La ola de disturbios y protestas en el país y particularmente en La Paz concentrada artificialmente antes del 10 de agosto me trae el triste y ominoso recuerdo del 21 de julio de 1946 en el cual una multitud enardecida dio horrenda muerte al Presidente Gualberto Villarroel y vejó su cadáver colgándolo de un farol de la Plaza Murillo.

¿Quiénes fueron los ejecutores del magnicidio? Nadie los ha identificado porque fueron una multitud con sus organizaciones sindicales. Pero la historia puso las cosas en su lugar: la Confederación Nacional de Trabajadores de entonces fue echada al basurero de la historia; los partidos políticos implicados se disolvieron; los "héroes" del magnicidio se sumergieron en el olvido. En suma, esa multitud, incluidas las organizaciones sindicales de maestros y obreros fue la ejecutora del crimen, mientras detrás se veía la mano negra de la oligarquía conocida como Rosca; pero la historia permitió que naciera un nuevo sindicalismo, nuevos partidos, nuevas organizaciones y una memoria popular que rescató para siempre a ese militar pundonoroso y amigo de los pobres, depositando sus restos en el Monumento a la Revolución.

Hoy parece que viviéramos un proceso parecido. Es evidente que el Estado boliviano está en crisis porque el abuso de la democracia pactada hizo trizas el modelo de democracia inaugurado en octubre de 1982. En esas condiciones, hoy los intereses de clase se enfrentan al desnudo y entonces se presentan temas en los cuales es virtualmente imposible conciliar. Tal es el problema de la tierra, la madre de todas las batallas, o la defensa de los recursos naturales frente a quienes no les interesa pignorarlos al mejor postor transnacional, entre ellos el gas, el agua y los minerales. Uno entiende que los latifundistas defiendan sus intereses y rechacen toda conciliación aunque mi amigo Filemón Escóbar piense, contra toda teoría económica y política desde Grecia y Roma, que los ricos terratenientes cruceños hubieran cedido voluntariamente sus tierras excedentes porque así de fácil había sido, a su entender, la conciliación de los contrarios. Uno encuentra la lógica de los movimientos regionales contra el centralismo.

Pero lo que es dramáticamente ilógico y aberrante es que los pobres, los humildes, los mineros, los maestros, los discapacitados se transformen en multitud precisamente en estos días anteriores al referéndum revocatorio para perjudicar la imagen de Evo o, quién sabe, para repetir la triste hazaña de la inmolación de un presidente, como ocurrió con Villarroel.

Sería bueno que esta multitud que concentra sospechosamente sus disturbios y actos de protesta en estos días preelectorales, recuerde que la Confederación de Trabajadores de 1946 se disolvió, que la vieja dirigencia política de entonces desapareció, que la historia erigió un monumento recordatorio a Villarroel y que de sus cenizas nació un país más justo. ¿Esa es la ruta que quieren seguir?