Antes de 1982 los corresponsales vivían atentos para no perderse un despacho típico de nuestra vida republicana: "Golpe de Estado en Bolivia". Éramos el país de los golpes de Estado. Ahora, me imagino que los atribulados corresponsales envían titulares parecidos a éste: "De último momento: este domingo no hubo referéndum en Bolivia".

El país padece de inflamaciones crónicas que recrudecieron con la república, entre ellas la banditis, la desfilitis, la marchitis y la huelguitis. Es fama que Bolívar y sus jefes, no bien ocupaban una plaza, organizaban un sonoro desfile patrio para aprovechar el impacto visual de la disciplina del Ejército Libertador; esto unido a la costumbre de la fiesta, fortaleció nuestra liturgia republicana; pero nada permitía antes adivinar la virulencia de la referenditis del presente siglo, a tal punto que, para el próximo año, deberíamos anticipar un fixture y quizás una lotería con polla acumulativa.

El virus de la democracia ha tenido tanto éxito en el país que ha revitalizado microorganismos que quizá teníamos en estado latente; por eso hemos desarrollado la vocación de consultarlo todo. Si antes las consultas decidían la elección, ahora deben decidir la revocatoria de elecciones anteriores, revocatoria que es, al mismo tiempo, ratificatoria, institución inaudita en muchas otras repúblicas del Planeta.

¿Cuánto costaba un golpe de Estado? Probablemente con cien mil dólares o, en todo caso, con bastante menos de un millón de dólares se movilizaba la masa crítica militar necesaria para una asonada golpista. Pero las repúblicas son de inspiración francesa, y entonces, fieles a ese principio francés que dice: Pourquoi faire simple, quand on peut faire compliqué…, Para qué hacerlo fácil si lo podemos complicar, hemos diversificado al máximo las consultas democráticas que, aun sin sobornos, cuestan bastante más de un millón de dólares por vez.

En el pasado, el Estado boliviano no había previsto el ítem golpista y no le había asignado presupuesto; pero, en la era democrática, la Corte destinó fondos a los partidos políticos para que gastaran, ahora sí alegremente, en sus campañas electorales. Al menos hemos cortado esos fondos pero los hemos concentrado en los gastos que suponen las justas electorales.

No me atrevo a pronosticar hasta dónde llegará la inventiva democrática en Bolivia porque ciertamente todo puede ser sometido a consulta, incluido la densidad del fricasé o la cantidad de ingredientes del puchero. La cosa es extremar las diferencias y evitar las coincidencias.

Con todo, ayer por la mañana me pareció sugestivo el tono del informativo oficial que difunde el Canal 7, pues lejos de lamentar o relativizar el triunfo de Savina Cuellar, nueva Prefecta de Chuquisaca, deslizaron cierto tufillo de satisfacción que anuncia copulaciones y coincidencias más que diferencias. Matiz bastante más alentador que el enfrentamiento con los prefectos de la media luna.