Un fantasma recorrió el mundo a partir de mayo del 68: el fantasma de Charles Fourier. Aquel socialista utópico que llevó el pensamiento libertario a su pretensión extrema, como es la felicidad a través del amor y la alimentación, es el menos invocado a 40 años de la revuelta de París, pero, como fourierista militante puedo decir: Vaya que está presente.

Los cronistas de hoy que putean contra el oportunismo de Presidente francés Sarkozy, que identifica el mal con la herencia de mayo del 68, dicen que el origen de los hechos, de ese mayo de barricadas, enfrentamientos, huelga, canciones, sueños y amor, está ahí, en el amor. O en el sexo. Ellos recuerdan en la prensa internacional que el líder de la revuelta, Daniel Cohn-Bendit y sus seguidores, exigían residencias universitarias mixtas y que las habitaciones de las chicas en Nanterre no fueran inaccesibles a los chicos. Cohn-Bendit enrostró al ministro francés que se acercó a negociar interrogándole sobre "la miseria sexual entre los estudiantes"; cuentan que el ministro, halcón como De Gaulle, le aconsejó que tomara "duchas frías".

Hoy los ideólogos que construyeron su pensamiento a partir de la revuelta de mayo del 68 –"la banda de los cuatro": Foucault, Deleuze, Derrida y Bourdieu—son proscritos de la enseñanza universitaria. Los filósofos que dominaban las lecturas de entonces, como Wilhem Reich, Herbert Marcuse o Erich Fromm, todos ungidos por el psicoanálisis, son parte del olvido. Mayo del 68 marca la escalada de la música pop, de la música protesta, de los Rolling Stones que se sobrepusieron a Los Beatles, o de cantantes como Paco Ibáñez, Ráimon o Georges Brassens, que hoy son una nostalgia. Pero ese mayo del 68 anunciaba una revolución mayor: la liberación del deseo. Por eso está implícito en el movimiento gay, en las luchas de las mujeres, en el matrimonio entre homos.

Una estudiante de entonces y hoy psicoanalista dice que mayo del 68 significó "el placer de descubrir que no se está solo". En las calles de París se realizaban "asambleas en las que las personas contaban sus sueños o deseos como algo plausible". Es decir, no se pronunciaban discursos; se socializaba pulsiones. Quizá por eso es exacto el reproche político que se hace a esa generación: el de haber hecho de la juventud una catarsis que no los abandona; por eso un analista dice que "la generación o generaciones siguientes siguen siendo de hijos de… No llegan a ser padres. Los de Mayo del 68 aparecen como eternos jóvenes".

Sin embargo, ¿cómo esos jóvenes podían seguir creyendo en el socialismo de Europa Oriental? ¿Cómo creer en la burocracia de los partidos comunistas? ¿Cómo no anhelar otras formas de la praxis libertaria? Hoy los molinos de viento de la lucha política parecen menos espectaculares: el desempleo, el Sida o la defensa del medio ambiente, pero apuntan a objetivos vitales y no meramente económicos, políticos o sociales.

Aun más, y con esto termino: a partir de mayo del 68 se hizo cada vez más evidente que la Declaración de los Derechos Humanos había olvidado el derecho humano por excelencia: el derecho al amor, el derecho al amor en libertad, ese anhelo nunca mejor formulado que en un graffiti: ¡Que viva el amor bi, meta, piro, homo, hetero y transexual con personas, animales y cosas!