(Sin Permiso – traducción Anna Garriga Tarrés).- El calentamiento global es la privatización de los bienes comunes por el capital, que actualmente supone la expropiación de los espacios ecológicos del Sur. Una estrategia climática progresista debe reducir el crecimiento y la utilización de la energía, aumentando al propio tiempo la calidad de vida de las grandes masas de población.

Actualmente hay un sólido consenso en la comunidad científica de que si el cambio en la temperatura media global en el siglo XXI sobrepasa los 2,4 grados Celsius, los cambios en el clima del planeta serán a gran escala, irreversibles y desastrosos.

Además, el margen de actuación, el que marcaría la diferencia, es estrecho: es decir, los próximos 10 a 15 años.

En el Norte, sin embargo, hay una fuerte resistencia a cambiar los sistemas de consumo y producción que han originado el problema, y una preferencia por las « tecno-parches », como carbón « limpio », captura y almacenamiento del carbono, biocombustibles a escala industrial y energía nuclear.

Globalmente, las corporaciones transnacionales y otros operadores privados se resisten a las medidas impuestas por los gobiernos, como los cupos forzosos, y prefieren utilizar mecanismos de mercado como la compra y venta de « créditos de carbono » que, según los críticos, no son sino licencias para que los contaminadores granempresariales puedan seguir contaminando.

En el Sur, hay poca disposición por parte de las elites a apartarse del modelo de elevado crecimiento y elevado consumo heredado del Norte, así como un interesado convencimiento de que es el Norte el que debe empezar a hacer ajustes y cargar con el peso de los mismos, antes de que el Sur empiece a tomar medidas serias en punto a la limitación de sus emisiones de gas con efecto invernadero.

Perfiles del desafío

En las discusiones sobre el cambio climático, el principio de « responsabilidad común pero diferenciada » es reconocido por todas las partes; lo cual significa que el Norte global debe cargar con el peso del ajuste a la crisis climática, ya que es su trayectoria económica la que la ha provocado.

También se reconoce que la repuesta global no debe comprometer el derecho al desarrollo de los países del Sur global.

El demonio, empero, habita en el detalle. Como ha señalado Martin Khor, del Third World Network, la reducción global, para 2050, del 80% del volumen de gases de efecto invernadero que se emitían en 1990, una reducción que muchos consideran actualmente necesaria, debería traducirse en reducciones de por lo menos 150-200% en el Norte global, si los dos principios – « responsabilidad común pero diferenciada » y reconocimiento del derecho al desarrollo de los países del Sur – han ser respetados.

Pero ¿están preparados para estos compromisos los gobiernos y los pueblos del Norte?

Psicológica y políticamente es dudoso que por ahora el Norte esté preparado para afrontar el problema.

Elpresupuesto imperante es que las sociedades afluentes pueden comprometerse a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero y seguir creciendo todavía y disfrutando de sus altos niveles de vida, si hacen un cambio hacia fuentes de energía de combustibles no-fósiles.

Además, la forma de llevar a cabo en un país las reducciones obligatorias acordadas multilateralmente por los gobiernos debe basarse en mecanismos de mercado, es decir, en el intercambio de permisos de emisión.

Se sobreentiende : los tecno-parches y el mercado de emisiones de carbono harán la transición relativamente indolora y –¿por qué no ?— también rentable.

Hay, sin embargo, evidencia creciente de que muchas de estas tecnologías están a décadas de distancia de una utilización viable, y de que, a corto y medio plazo, fiados principalmente a un cambio de dependencia energética hacia alternativas de combustibles no-fósiles, no resultan sostenibles las actuales tasas de crecimiento económico.

También es cada vez más evidente que la alternativa a dedicar más tierra a la producción de biocombustibles significa menos tierra destinada a cultivar alimentos y más inseguridad alimentaria globalmente.

Resulta cada vez más claro que el paradigma dominante de crecimiento económico es uno de los mayores obstáculos a cualquier esfuerzo serio para abordar el problema del cambio climático.

Pero lo cierto es que este paradigma desestabilizador y fundamentalista de crecimiento-consumo es, en sí mismo, más efecto que causa.

Está cada vez más claro que el problema central es un modo de producir, cuya principal dinámica es la transformación de la naturaleza viva en mercancías muertas, lo que causa enormes pérdidas durante el proceso.

El motor de este proceso es el consumo – o mejor dicho, el exceso de consumo –, y el motivo es el beneficio o la acumulación de capital; en una palabra, el capitalismo.

Ha sido la generalización de este tipo de producción en el Norte y su expansión desde el Norte hacia el Sur durante los últimos 300 años, lo que ha causado la quema acelerada de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo y una rápida deforestación, dos de los procesos humanos claves que andan detrás del calentamiento global.

El dilema del Sur

Una forma de considerar el calentamiento global es verlo como una manifestación clave de la última etapa de un proceso histórico: el de la privatización de los bienes comunes por parte del capital. La crisis climática tiene que ser vista, así pues, como la expropiación del espacio ecológico de las sociedades menos desarrolladas o más marginadas por parte de las sociedades capitalistas avanzadas.

Eso nos lleva al dilema del Sur: antes de que llegara a su colmo la desestabilización ecológica inducida por el capitalismo, se suponía que el Sur seguiría simplemente los « estadios del crecimiento » del Norte.

Un supuesto actualmente irrecibible, a menos que se esté dispuesto a llevar hasta el final un Armaguedón ecológico. China está ya a punto de alcanzar a los EEUU como mayor emisor de gases con efecto invernadero y, sin embargo, las elites chinas, así como las de la India y otros países en rápido proceso de desarrollo, están intentando reproducir el modelo norteamericano de capitalismo alimentado por el sobreconsumo.

Por lo tanto, para el Sur, las implicaciones de una respuesta global efectiva al calentamiento global entraña no solo la necesidad de incluir a algunos países meridionales en el régimen de reducciones obligatorias de emisiones de gases con efecto invernadero, por muy importante que sea también eso: en la ronda actual de negociaciones climáticas, por ejemplo, China no puede seguir decidida a mantenerse fuera de un régimen obligatorio arguyendo que es un país en desarrollo.

Ni puede ser tampoco, según parecían pensar muchos en las negociaciones de Bali, que las oportunidades para la mayoría de los demás países en desarrollo se limiten a que el Norte haga transferencias de tecnología, a fin mitigar el calentamiento global, y aportaciones de fondos para ayudarles a adaptarse al mismo.

Desde luego que esos son pasos importantes, pero hay que verlos como meros pasos iniciales para una ulterior reorientación más amplia y más global del modelo económico capaz de proporcionar bienestar.

Aunque el ajuste deberá ser mucho mayor y más rápido en el Norte, para el Sur será esencialmente el mismo: una ruptura con el modelo de elevado crecimiento y elevado consumo, a favor de otro modelo para conseguir el bienestar común.

En contraste con la estrategia de las elites del Norte, consistente en separar el crecimiento de la utilización de energía, una estrategia climática de amplios horizontes y progresista debe consistir, tanto en el Norte como en el Sur, en una reducción del crecimiento y de la utilización de la energía que sea simultánea a la elevación de la calidad de vida de las grandes masas de población.

Entre otras cosas, eso significará situar la justicia económica y la igualdad en el centro del nuevo modelo económico.

La transición debe hacerse –hay que recordarlo— partiendo, no solo de una economía basada en los combustibles fósiles, sino también de una economía impulsada por el consumismo.

El objetivo final debe ser la adopción de un modelo de desarrollo de bajo consumo, bajo crecimiento y alto nivel de igualdad que tenga como resultado una mejora del bienestar de la población, una mejor calidad de vida para todos y un mayor control democrático de la producción.

Es harto improbable que las elites del Norte y del Sur convengan en este tipo de respuesta de amplios horizontes. Cuando mucho, pueden llegar a los tecno-parches y a un sistema de comercio de cupos de emisiones fundado en el mercado . El crecimiento será sacrosanto, lo mismo que el sistema de capitalismo a escala planetaria.

Ello es que, enfrentada al Apocalipsis, la humanidad no puede autodestruirse.

Puede que sea un camino erizado de dificultades, pero podemos estar seguros de que la inmensa mayoría no consentirá un suicidio social y ecológico sólo para permitir que la minoría preserve sus privilegios.

Sea cual fuere la vía por la que se consiga, el resultado final de la respuesta de la humanidad a la emergencia climática y, más en general, a la crisis medioambiental, será una rigurosa reorganización de la producción, del consumo y de la distribución.

Amenaza y oportunidad

El cambio climático es, así pues, al mismo tiempo, una amenaza y una oportunidad para llevar a cabo las largamente pospuestas reformas sociales y económicas que han sido inveteradamente desviadas o saboteadas por las elites que buscaban preservar o aumentar sus privilegios.

La diferencia, hoy, es que la mera existencia de la humanidad y del planeta dependen de que se logre la institucionalización de sistemas económicos basados en la justicia y en la igualdad, no en las exacciones de renta de tipo feudal o en la acumulación de capital o en la explotación de clase.

La cuestión que se plantea con frecuencia en estos últimos tiempos es si la humanidad será capaz de actuar de consuno para responder con eficacia al cambio climático. Y aunque en un mundo pletórico de contingencias no existen prácticamente certezas, yo abrigo la esperanza de que sí lo será.

En el sistema social y económico que se forjará colectivamente, vaticino que habrá sitio para el mercado.

Pero la cuestión más interesante es esta: ¿habrá sitio para el capitalismo? ¿sobrevivirá el capitalismo en tanto que sistema de producción, consumo y distribución, al desafío de encontrar una solución efectiva al cambio climático?

Walden Bello, miembro del Transnational Institute, es presidente de Freedom from Debt Coalition y analista senior en Focus on the Global South.