El libro de Filemón Escóbar

Ramón Rocha Monroy

mayo 5, 2008Publicado el: 3 min. + -

Filemón Escóbar presentó su libro de memorias: "De la Revolución al Pachakuti. El aprendizaje del respeto recíproco entre blancos e indianos". Aunque no he seguido su línea política, conversar con Filippo me ha parecido en todo momento una sesión de hipnosis de la cual sales convencido aunque poco después el efecto se disipe.

Así pude comprobarlo en 1983 o 1984, cuando le hice una entrevista en Siglo XX, para la Televisión Universitaria, precisamente con Roberto Alem, el autor del documental ¡Nunca Más!, sobre el 11 de enero, y Filippo contó una historia inolvidable de ese centro minero a través de la memoria de sus muertos. Como que en la página 37 del libro el lector acucioso podrá ver la fotografía que nos tomó Alem, donde también aparecen Pancho Ardaya y Pilar Crespo.

La última vez que lo vi fue en 1995 o 1996, cuando me visitó junto a Alejo Véliz y otros compañeros campesinos en el afán de fundar el Instrumento Político, que en principio se llamó Asamblea por la Soberanía de los Pueblos. Necesitaban un notario que autenticara los libros de inscripción y accedí gustoso, y me negué a cobrarles por una vieja afinidad con el destino de obreros y campesinos que no la aprendí en la escuela ni en la universidad sino en las sagradas tetas de mi madre, que fue fundadora del MNR y cuyo hermano Germán firmó el Decreto de Reforma Agraria en Ucureña en 1953.

Semanas después volvió Filippo, me invitó a un café y me pagó nomás una suma que no era tan chica como para considerarla simbólica ni tan grande como para hacerlo pobre o a mí rico. Poco después terminó la historia del partido, porque hubo observaciones en la Corte Electoral y al final adoptaron la sigla del MAS.

Lo consigno como una anécdota que se suma a las muchas que cuenta Filemón en su libro, desde su nacimiento en Uncía, su paso por el Hogar Méndez Arcos, su entrañable testimonio sobre la calidad humana de Gualberto Villarroel y su desarrollo como dirigente minero. Su vida sentimental, también, desde el encuentro temprano con Olguita Vásquez, su compañera de toda la vida, con quien tiene tres herederos.

Su tesis sobre el respeto recíproco entre blancos e indianos es sugestiva, es atractiva, es constructiva para conformar un bloque histórico definitivo que preserve la unidad de Bolivia. Pero ¿es un paradigma suficiente para sustituir al viejo concepto de la lucha de clases? El interés económico es una fuerza histórica estudiada por siglos; y no había surgido hasta hoy el pensador político que reniegue de la "izquierda caduca", en la cual militó buen parte de su vida, y sustituya la tesis central de Marx por el concepto de "ayni entre la civilización individualista de intercambio y acumulación capitalista y la civilización comunitaria de reciprocidad y redistribución". Filippo dice: "Con facilidad asombrosa, los mismos agroindustriales hubieran extirpado el cáncer del latifundio improductivo destinado al engorde, pues es absurdo desde el punto de vista capitalista. Ese residuo de feudalidad, lo hubieran resuelto las propias elites cruceñas" (Pg. 304), y entonces me viene una profunda incertidumbre. ¿Cederán así nomás los latifundistas hectáreas y hectáreas de tierra? ¿Facilitarán el trabajo del INRA? ¿Aceptarán en sus predios la constitución de tierras comunitarias de origen?

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