Cuadernos de la Clínica

Ramón Rocha Monroy

marzo 24, 2008Publicado el: 3 min. + -

Una afección me tuvo interno en la clínica justo en Semana Santa, recordando la Pasión de Cristo en medio de las imágenes de la película de Mel Gibson que se me agolpaban en la memoria.

La peor noche coincidió con la Agonía en el Huerto de los Olivos, y allí comprendí en carne propia la enorme inquietud que debió sufrir Jesús, al punto que la leyenda dice que sudó sangre.

El Viernes, todo estaba consumado y sólo faltaba la crucifixión, pero el sábado se encendió una lucecita débil, casi la llama de una vela a punto de ser apagada por un pequeño soplo. Y no se apagó, y a estas horas todo conduce a pensar que mañana habrá Resurrección.

Esa esperanza tuve hace un par de años cuando mi carnal Alfredo se enfermó durante aquella Semana Santa, y se le ocurrió morir en Sábado de Gloria, y, lo que parece una contradicción teológica, se enterró en Domingo de Resurrección.

¿A qué le tiene uno más miedo, a la enfermedad, a la agonía o a la muerte? Entre la enfermedad y la agonía uno pide perdón a Dios y a sus semejantes por todos sus pecados, aunque no se apreste a morir. Quizá sólo le tengamos miedo al "paso" entre éste y el otro mundo, pues una vez que uno pasó, debe ser como entrar al show, y allí no hay más remedio que actuar, aunque sea de muerto.

Las enfermedades no siempre son graves, sólo que se acumulan porque uno da todo su tiempo al trabajo y a la vida, y no tenemos la cultura, ni los medios suficientes para el examen médico periódico. Por eso se vienen en patota, te sientes mal, te resistes como puedes a la internación y sólo la aceptas cuando no hay otro remedio. Pero entonces te das cuenta de que los médicos son muy muy necesarios, e igual o más las enfermeras, verdaderos ángeles que te atienden a las horas indicadas, cuando tú descuidarías fácilmente, de estar solo, tu tratamiento.

Por eso este lunes celebraré una íntima acción de gracias a mi primo el Dr. Freddy Gumucio Aguila, a su esposa, la Dra. Anita Quiroga u a su hijo, mi sobrino, el Dr. Jorge Gumucio Quiroga, y a todo el personal femenino y masculino de la Clínica Cobija, que me atendieron con bondad extrema.

Esta nota tiene un par de objetivos no menos importantes: el primero, expresar mis más sentidas disculpas por no haber cumplido buena parte de mis compromisos, pues me parece que estar enfermo no siempre es buen motivo de disculparse, a veces aunque uno esté en una clínica. Y el segundo, meditar sobre lo importantes que son los sueños en las situaciones de mayor rigor, porque uno se evade realidades amables, uno explora su memoria, recuerda a sus seres queridos y cree haber vuelto con ellos; sin embargo, uno despierta y percibe que el encierro sigue y que hay que resignarse hasta volver a soñar, al menos en tanto llegue el momento de la libertad. Pienso que esta sensación me serviría en cualquier ambiente de encierro, lo mismo en la clínica que en la cárcel o en la prisión de tortura. ¿No lo dijeron ya antes tantos poetas?

Atrás