En memoria de Don Atilio de Sucre

Ramón Rocha Monroy

febrero 28, 2008Publicado el: 3 min. + -

Desde ayer descansa en paz don Atilio de Sucre Rodo, tataranieto del Vencedor de Ayacucho. Murió a los 81 años en Punata, donde radicó las últimas décadas casado con doña Nelly Montaño.

Lo conocí gracias a un estudio genealógico sobre la descendencia de Antonio José de Sucre que hizo la profesora Elvira Zilvetti. Ya tenía noticia de Manuela Rojas, la bella y guapa tarijeña que conquistó al Mariscal y le dio un hijo, Pedro César, en junio de 1828, precisamente cuando el Mariscal convalecía de una herida en el brazo derecho que le hicieron durante el motín de aquel año. Había leído la biografía de Casimiro Olañeta escrita por don Joaquín Gantier; pero el estudio genealógico me dio otras precisiones, y una de ellas, la más valiosa, fue la noticia de que don Atilio vivía en Punata y gozaba de buena salud.

Desde entonces lo visité varias veces y gocé de su hospitalidad. En la sala de su casita en Punata hay una fotografía de su abuelo, también llamado Antonio José de Sucre, un militar gallardo que ostenta barba similar a la de Miguel Grau y aparece también en un mosaico junto al Presidente Mariano Baptista, pues en esa gestión seguramente fue un alto jefe militar. Este Antonio José era hijo de Pedro César Sucre Rojas, y allí arranca el linaje de don Atilio.

Don Atilio nació en San Lorenzo, Tarija. Fue preceptor y de ese modo lo designaron director de la Normal Rural de Vacas. El amor de Nelly Montaño lo hizo radicar en Punata y se trasladó a la Normal de Paracaya. A Dios gracias dejó descendencia, hijos y nietos que prolongan la memoria del Mariscal.

Los vecinos de Punata lo recuerdan como un hombre alegre y afable, amable y cantor. Me sorprendió que vivieran como el hecho más natural junto al descendiente del máximo héroe de la independencia americana. Recuerdo que una vez llevé un equipo de Telesur, de Venezuela, conducido por nuestro paisano Marco Santibáñez, a conocer a don Atilio. Lo encontramos en la puerta de su casita, viviendo la vida apacible de la Perla del Valle. Los venezolanos no podían convencerse de la austeridad y sencillez con que vivía el tataranieto de Sucre. Me dijeron que Santander, Páez, Flores y otros generales de la independencia, habían recibido justa recompensa en tierras y fortuna que hoy gozan sus descendientes. Don Atilio vivió de su jubilación como profesor.

Guardo un recuerdo inolvidable del día en que le llevé mi novela ¡Qué solos se quedan los muertos!, sobre la vida de su tatarabuelo. No me convencía de mi buena estrella al contemplar a don Atilio con el libro en las manos. Como ya era anciano, me urgía la edición, pero a Dios gracias pude entregarle y festejar con él un sueño realizado.

Felizmente nuestra bella y dulce Punata le dio hospitalidad durante medio siglo. La tierra que vio nacer a fundadores de la patria como Andrés María Torrico y a precursores de la revolución, como Gualberto Villarroel, tenía que darle una vida amable al tataranieto del héroe. Aquella vez me acompañó mi viejo amigo y profesor don Alberto Rodríguez Méndez, ex Rector de la Universidad de San Simón y pudimos compartir con don Atilio el secreto de su longevidad: el maravilloso néctar del maíz.

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