En memoria de Volodia Teitelboim

Ramón Rocha Monroy

febrero 22, 2008Publicado el: 4 min. + -

Hace pocos días murió Volodia Teitelboim, chileno de recia personalidad que toda su vida fue militante y también jefe del Partido Comunista; eso y poeta, novelista y el máximo biógrafo de los tres grandes poetas chilenos, dos de ellos Premios Nobel: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Lo curioso es que también escribió una de las principales biografías de Jorge Luis Borges. Consta ésta de 252 notas breves que en conjunto son una galería de mosaicos, un fresco, diríamos, de la vida del escritor argentino. Borges odiaba a los comunistas y buena parte de sus juicios acerca de otros escritores estaba sesgada por la pertenencia de éstos a la izquierda, al comunismo o al peronismo. Teitelboim rescata la nobleza de Neruda y la hace suya para admirar a Borges a pesar de sus curiosas convicciones políticas.

En 2003 tuve el honor de compartir un panel con Teitelboim en la Feria del Libro de La Habana. Poco después le pregunté a su bella nieta por qué Neruda no había visitado Bolivia y por qué en su obra no hay mención a la cultura de Tiwanaku similar a la que lo arrebató en las alturas del Macchu Picchu. Neruda fue senador por el norte de Chile, es decir, por la zona de influencia de la cultura tiwanakota. Durante la cena, Teitelboim me dijo que él quiso visitar Bolivia pero no le dejaron. Dato curioso, pues a pocos días del colgamiento de Villarroel, habló en el Senado elogiando al pueblo boliviano por el suplicio del tirano, razón demás para que la oligarquía boliviana le abra las puertas del país y las universidades, conducidas por los estalinistas, oficien de anfitrionas.

Como muestra de la concisión y el estilo sobrio de las biografías de Teitelboim transcribimos estas notas:

"En 1954 el oculista comunicó a Borges que ya no podría leer ni escribir. La enfermedad le concedió pocas treguas. Un año más tarde, casi enteramente ciego, acabaron sus lecturas directas. El hecho lo reconcentró. Dejó más en la soledad a un hombre para el cual los libros –leerlos, escribirlos– eran la esencia y la razón de vivir. "Ellos son lo más importante para mí" había dicho muchas veces. Trataba por momentos de consolarse pensando que pertenecía al linaje de Homero y Milton. Con el tiempo pasó a hablar de esa enfermedad hereditaria con aparente serenidad. Al referirse a ella rehuyó el tono alarmista y quejumbroso, que, a pesar de todo su autocontrol, suele escapársele en algunos poemas.

"Cuando el gobierno militar de turno lo nombró Director de la Biblioteca Nacional por una vez él atribuyó la paradoja a Dios. "De esa ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz, que sólo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños/…" Recalca la "magnífica ironía de Dios" que nos e manifiesta tanto por la coincidencia que dos de sus más célebres antecesores en el cargo hubieran sido también ciegos (José Mármol y Paul Groussac) sino por el hecho de que les diera simultáneamente "ochocientos mil libros y la noche".

"Aunque se moviera en ocasiones como un vidente por las encrucijadas del gran laberinto de papel, era imposible que el drama no afectara al lector innato que tiene al alcance de la mano 800 mil volúmenes y ya no puede leer ninguno. En su poesía se confiesa como muerto. Al fin y al cabo la lectura era su Paraíso y lo había perdido. "…Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso / yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca". Veinte años después diría que "la ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra".

Los cultores del género biográfico harán bien en acercarse a la obra de Volodia Teitelboim, que se incorpora a la de Diógenes Laercio, Plutarco, Stendhal, Stefan Zweig, Gerhard Masur, Emil Ludwig y Salvador de Madariaga, el recio linaje de los grandes biógrafos de todos los tiempos.

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