La familia Hermosa

Ramón Rocha Monroy

febrero 21, 2008Publicado el: 4 min. + -
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La vida de Wilson Hermosa fue una fiesta. Una fiesta de libertad, de felicidad, de creatividad lo mismo en su tiempo libre que en sus largas horas de luthier, de músico y de cantor. Después de Castel, era el segundo de los hermanos Hermosa; luego venía Rosa, nuestro recordado Ulises y su melliza Margarita, Gonzalo y Elmer, la familia Hermosa Gonzáles, todos hijos de dos bravos arampampeños que les dieron una información genética y cultural profundamente enraizada en los usos, saberes y costumbres del Norte de Potosí. El valle amable de Capinota los vio nacer y crecer hasta que se vinieron a estudiar a la capital.

Los Hermosa eran niños inquietos y traviesos; de ahí les viene el nombre de Kharkas, en realidad un apodo cariñoso que les pusieron sus mayores porque eran kharka trompitos, esos trompos de aguja chueca que saltan al bailar. Eran niños inquietos y saltarines.

Wilson había concentrado la picardía y el buen humor de una familia sólida que había crecido en acción de gracias a la vida que les ha dado tanto. No les dio fortuna, cuando más el solar paterno, pero sí una creatividad, una energía telúrica, una fuerza indestructible que venía de la información genética y cultural que corría y sigue corriendo por sus venas.

No era pues de extrañar que pronto fundaran Los Kharkas y revolucionaran la música popular boliviana, que ahora se escucha y se imita en México, en Quito, en Cusco, en Chile, en Argentina, en los Estados Unidos, en Japón, en Europa y en todos los rincones donde alguien escuchó ese huracán de sentimientos que despierta la música de Los Kharkas.

Es proverbial la afición que tienen los japoneses por esta música; pero el mundo se sorprendió cuando el tema Wa ya yay, de Ulises Hermosa, fue plagiado en Brasil y convertido en lambada, ocasionando un sonado pleito que acabó en el pago de una justa indemnización. Lástima que el pago coincidiera con la enfermedad terminal del autor que pasó a integrar lo más querido de nuestra memoria.

Hay un estilo Kharkas, una forma de cantar Kharkas, una presencia en el escenario Kharkas que imitan los jóvenes de Bolivia y de muchos otros países. Eso es abrir el surco, eso es dejar una profunda huella.

Hoy se nos fue Wilson Hermosa, el artista de la copla a flor de labios, el constructor del ronroco, que inventó junto a su hermano Gonzalo, el fabricante de instrumentos de viento, el luthier de guitarras y charangos apreciados en cien países. Tuve la suerte de compartir con él muchas veces y jamás lo vi triste, ni siquiera callado. Esos ojos zarcos miraban con amor e ironía; esas manos tañían los instrumentos nativos o preparaban manjares de la cocina criolla; y la frase bien dicha o la copla graciosamente rimada le bailaba de inmediato en la mirada. Lo recordamos hoy con amor y ternura, con honda congoja, pero no podemos disimular la sonrisa al recordar sus gustos y sus placeres.

Ulises y Wilson Hermosa nos esperan en la otra vida. Razón demás para medir el tremendo peso específico de esta familia criolla que logró conquistar los corazones jóvenes con su música, recuperando ritmos nacionales como el chuntunki y el khaluyo, dedicando una canción a cada rincón de la patria, pero sobre todo cantándole al amor en versos vigorosamente poéticos. Los Hermosa descubrieron que el amor es un ave de cristal e inmortalizaron a personajes ficticios y populares como el Jilguero Flores; cobijaron la hondura del lamento andino en su Wa ya yay y alegraron los carnavales recuperando o inventado los más graciosos takipayanakus.

Alguna vez propuse a Los Kharkas como candidatos al Premio Nacional de Cultura. El jurado fue de otro parecer, pero considero que, tarde o temprano, el Estado tiene que reconocer la labor artística y cultural de Los Kharkas concediéndoles el máximo galardón cultural de la república.

Gonzalo Hermosa me decía en el velorio que, en su última gira antes del entierro de Wilson, el público chileno de Santiago, La Serena, Coquimbo e Iquique repetía a gritos: ¡Mar para Bolivia! Era su gesto de adhesión a esta forma de la diplomacia que acerca a los pueblos mucho mejor que los penosos esfuerzos de las Cancillerías. Por eso no sólo siento dolor por la muerte de Wilson sino inquietud por preservar por siempre a los Hermosa, que viven y cantan y difunden el alma boliviana en cinco continentes. A ellos quiero alcanzarlos con este mensaje que no es de congoja, sino de vida y esperanza.

Felizmente la familia crece y ya hay una nueva generación Hermosa que tomará el puesto de los fundadores, para que la cultura nacional siga contando con el aporte de estos artistas ejemplares.

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