La Máquina Hamlet : Propuesta de Ale Lanza

Ramón Rocha Monroy

diciembre 21, 2007Publicado el: 6 min. + -
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Todavía no se han apagado los ecos del último Festival de Teatro Bertolt Brecht, realizado en el MaRtadero, Cochabamba, que ha tenido numeroso público y críticas sesudas firmadas por nuestro gran Xordanov. El día de clausura, Alejandra Lanza presentó el resultado del Rally Teatral, una experiencia de trabajo intenso en la cual una decena de personas afrontó el temible desafío de poner en escena La Máquina Hamlet, de Heiner Müller. Desafío mayor, casi imposible, pero que dio como resultado una puesta ácida y tensa que ojalá se repita en otros festivales de teatro en 2008.

¿Qué diría Shakespeare si leyera la obra de Müller? Uno de los méritos del dramaturgo alemán es el de hacer evidente el drama edipiano de Hamlet: su madre se acuesta con otro hombre que ha asesinado al padre de Hamlet. Hoy, en la era del divorcio, vivimos a diario el drama de ver a la madre en amores con un hombre distinto al padre, doble cara de una tragedia difícil de asimilar.

Pero el texto de Müller es inconexo, no tiene asidero en el espacio ni en el tiempo ni tiene línea dramática. Es una escritura del caos con fragmentos de la parafernalia que nos tocó vivir con la Guerra Fría, el Muro de Berlín y esa omnipresencia del Estado que coarta toda libertad individual. A ello se agrega el matiz autobiográfico, pues Müller se sentía un hijo traidor frente a su padre; creció acompañando a su madre y dos mujeres que tuvo se suicidaron. ¡Menuda relación con el eterno femenino!

Marco Antonio de la Parra describe la obra de Müller como un conjunto de "citas a granel y construcciones en estado de alto voltaje, latencia permanente, una fragilidad amenazante desde la sintaxis hasta el perverso uso de las acotaciones". La obra de Müller es una lectura personal y caprichosa de la obra de Shakespeare, y del intento queda "apenas un resto, un muñón mutante, un híbrido desmadrado, de lo que alguna vez se entendió como escritura escénica."

La extrema libertad del texto determina una extrema libertad para la puesta en escena, al punto que es difícil encontrar dos propuestas de la obra de Müller que se parezcan. De la Parra describe el montaje de Daniel Veronese: hay altavoces que difunden el texto leído en tono neutro y uniforme. Los actores no hablan. Operan muñecos, se disfrazan de ratas, arrojan maniquís con ruedas contra las paredes. Ofelia viste de rojo y fuma en una jaula, tras unas gafas de sol. Suponemos que es Ofelia".

Uno de los aciertos de Alejandra Lanza es duplicar a Hamlet y a Ofelia. Ver a los dos Hamlet separados por un muro y enfrentándose con extrema violencia es una radiografía del drama que vivimos hoy con ese muro que se ha internalizado en nuestras almas. Una Ofelia pende de un paracaídas mientras la otra permanece como crucificada en un andamio durante el desarrollo de la obra.

De este modo se teje un campo magnético que atrapa a los espectadores, que los hipnotiza hasta que, de pronto, Alejandra interpola las notas del Himno Nacional, y los dos soldados exigen al público que se ponga de pie: pocas veces he visto una implicación súbita tan honda del público en la obra teatral.

Hamlet es un héroe extraño, un antihéroe, porque un héroe no tiene vacilaciones y se define por la acción; en cambio, Hamlet es caviloso, indeciso; sabe que debe vengar la muerte de su padre y vacila. Esto lo ubica como un héroe posmoderno.

Tuvimos ocasión de recordarlo viendo la puesta en escena de Máquina Hamlet, de Heiner Müller, en una propuesta de Alejandra Lanza, directora del Rally Teatral, experiencia única que dio frutos ácidos, muy aplaudidos por el público en el cierre del Festival Bertolt Brecht.

400 años de polémica sobre Hamlet son el mejor testimonio de su vigencia, que interpela al espectador en los sustratos más oscuros de su personalidad. Heiner Müller hace la lectura más angustiosa de la vieja obra desde la realidad asfixiante de una Alemania dividida por un muro y de la vida cotidiana bajo el Estado socialista alemán en la RDA. Es una visión irredenta, sin asidero en el espacio ni en el tiempo ni en la línea argumental. Es una sucesión de palabras, de pulsiones inconscientes, de gritos y susurros e imágenes del caos. En palabras de Müller, es un vacío atemporal desde donde es visible la totalidad del conflicto.

Ese Hamlet caviloso, indeciso, antihéroe, a diferencia de los héroes, que concentran toda su energía en sus decisiones, es la imagen más descarnada del ser humano de hoy, inmerso en una situación donde todo es incierto: el género, la personalidad, el sexo, la fe, los modelos políticos, el papel del Estado, las contradicciones de la Sociedad y, sobre todo, las relaciones humanas.

En la presente puesta en escena, Alejandra Lanza plantea una Máquina Hamlet en un contexto nuevo; explora el muro que nos bifurca –la palabra está de moda—y que no sólo parece una fuerza histórica sino una pulsión íntima que revive viejas contradicciones racistas. Ella quiere que sintamos la Anarquía y la ausencia o debilidad del Estado, que contribuyen a consolidar ese muro invisible que plantea dos bandos y un dilema, pues cada Hamlet tiene su razón, tiene su propio drama, cada uno es Hamlet sin importarle el otro. Lo peor es que en esta pelea del Ser y el no Ser, nosotros vivimos en el centro; el centro está aquí, y es dramáticamente jodido estar en el centro, ser el jamón del pan a la espera de quien se lo coma.

El textotermina tenebrosamente debajo de un mundo de Hielo un mundo congelado con Ofelia que habla desde las profundidades:

"Desde aquí Electra. Desde el corazón de las tinieblas. Bajo el sol de la tortura. A las capitales del mundo. En nombre de las víctimas. Expulso todo semen que he recibido. Hago de la leche de mis pechos un veneno letal. Niego al mundo que engendré. Lo ahogo entre mis muslos. Lo hundo en mi útero. Muerte a la alegría de la esclavitud. Viva el odio y el desprecio, la rebelión y la muerte. Cuando atraviese el cuarto empuñado el cuchillo distinguirán a la verdad".

El Rally Teatral fue una experiencia exitosa: tres semanas de intensos esfuerzos para aproximarse a una obra tan difícil, una de las más difíciles del teatro contemporáneo, pero de dura vigencia que admite muchas lecturas. ¿No es cierto, acaso, que hoy en el país se nos ha metido un muro en el alma, un muro que nos separa de nuestros semejantes?

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