La memoria y la escritura

Ramón Rocha Monroy

noviembre 20, 2007Publicado el: 3 min. + -
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¿Cuántos milenios pasaron para que el hombre desconfíe de la capacidad de su memoria e invente la escritura? Las pinturas rupestres de los pueblos cazadores eran una forma de contar sucesos y eran al mismo tiempo un conjuro para atraer a los animales y aprovecharlos. Es increíble el dinamismo de esas figuras que parecen estar en movimiento. Esto nos demuestra que entre la memoria y la escritura apareció el dibujo. Los jeroglíficos son dibujos que quieren contar historias, nombrar las cosas y perpetuar la memoria de sus mayores.

Así como se dibujaba en las cavernas, se labró la piedra con jeroglíficos; se pintaron vasijas de cerámica, tabletas de cera, omoplatos de cordero, papiros, pergaminos, papel; y ahora, el Internet nos ofrece un mundo virtual en el que podemos leer libros y apreciar imágenes. Pero la esencia de este proceso no está en los utensilios ni la técnica, sino en el viejo oficio de preservar la memoria y contar historias. Sin esa urgencia existencial, nada le serviría al hombre tener tantos utensilios.

Se cuenta, por ejemplo, que Mahoma escribió el Corán en omoplatos de cordero. ¡Cuántos serían! Hay una hermosa escultura en piedra del escriba egipcio, que seduce por la tensión de su mirada atenta a lo que va a registrar con un estilete en una tabla que tiene una capa delgada de arcilla. Hundirá el estilete y allá quedarán registrados los sacos de trigo que se almacenaron en un silo, el número de esclavos que llegaron para construir las pirámides o el número de hombres de un ejército. Y agregará sus comentarios, sus loas al faraón y quizá sus propios sentimientos.

A lo largo del tiempo hay cientos de imágenes de gente que escribe o copia. Pensemos, por ejemplo, en la mujer de Carlos Marx, que veía a su esposo echado de barriga en la alfombra y garrapateando el manuscrito de El Capital porque no podía sentarse: un rosario de forúnculos se lo impedía. Se pasaba de sol a sol en la Biblioteca de Londres, consultando libros, leyéndolos de pie y tomando apuntes, y por las noches progresaba en el manuscrito echado en la alfombra. Pero después venía el calvario de Jenny Marx, que debía copiar cuatro, cinco, diez, veinte veces el manuscrito para enviarlo a uno y otro editor. ¡Y todo a mano!

Hay un momento maravilloso en el cual hay sabios que confían en su memoria, pero ya hay escribas. Está relatado en los Diálogos de Platón, dedicados a las enseñanzas de Sócrates, su maestro, que no dejó nada escrito. Sin embargo, a los diálogos asistía Aristófanes, que escribía comedias desopilantes. Ese es el fin de una época y el inicio de otra, la era de la escritura. Pero el material de los Diálogos sigue siendo la memoria de Sócrates y el registro de sus narraciones orales, de su habilidad para argüir, preguntar, inquietar y zafarse con un solo sé que no sé nada.

Esta virtud de decir las cosas queremos rescatar en el Taller CONSEJOS PARA ESCRIBIR (MÁS) MEJOR, cuyas inscripciones siguen abiertas aunque anoche lo iniciamos en el Pub Irlandés NA CÚNNA, Av. Salamanca 577 casi Lanza. ¡Sigue se está ahí! ¡Hay plazas! ¡Anímense! ¡Los espero! O sigan el taller por Internet escribiendo a rochamonroy@gmail.com.

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