Mi finado amigo el Gordo Ja Ja pudo haber sido un gran guionista porque imaginaba situaciones. Decía, por ejemplo, que había diferencias muy importantes entre una amante y una cónyuge, porque la amante hace o simula que pierde la conciencia y te susurra al oído: “Haces que me olvide de todo, que pierda la concincia de cuanto me rodea”.

En cambio, con la cónyuge, el sexo pierde esa virtud amnésica y se convierte en un poderoso resorte de la memoria, pues de pronto la cónyuge aspira ruidosamente el aire de la habitación y dice: “¡Ssssss! Pará pará, ahora me acuerdo dónde está el certificado de Derechos Reales”. Lejos de perder la conciencia, aguza el razonamiento y calcula: “¡Ahhhh!, pero si está claro. Al 2 por ciento, las cuotas mensuales nos saldrían baratísimas”. Las inmediatistas se acuerdan de las cuentas de la luz y del teléfono impagas, y las amas de casa exclaman: “¡Oh, Dios! ¡Oh…! ¡La leche!” El macho iluso enternece la voz para preguntar: “¿La leche? ¿Dijiste la leche?” Momento en el cual la cónyuge estalla: “¡Sí, la leche! ¡La dejé hirviendo y seguro que ha rebalsado!”

Estas reacciones se deben a la mala costumbre de usar del lecho con el Ph ácido, como suelen tenerlo las cónyuges aburridas de sus maridos. Y como de la mesa al lecho hay poco trecho, esa mala costumbre se extiende a las horas de comer, tan cargadas de tensiones y encargos y reproches, no obstante que la mesa, como la cama, han sido diseñadas como remansos de paz, de disfrute y de buen humor.

Yo creo que de estos hábitos conyugales nace la costumbre guaranga de programar almuerzos-trabajo, como si la hora de comer fuera también un espacio laboral. Las obligaciones de trabajo estimulan poderosamente la segregación de ácido clorhídrico, que es un fertilizante eficaz para el cultivo de úlceras.

Uno tiene úlceras por cultivar de modo crónico el Ph ácido. Este problema no se resuelve con antiácidos o ingiriendo almidones, sino con relajamiento y buen humor. ¿Pero quién ha dicho jamás que los asuntos de trabajo generen relajamiento y buen humor?

Los almuerzos de ejecutivos, las cenas de gremio, incluido por supuesto el de los escritores, suelen derivar hacia las confidencias del oficio. Imagínense las reuniones de oficina prolongadas en el restaurante más próximo, no importa cuál, donde los empleados trasladan las horas de tormento cotidiano que les toca vivir de lunes a viernes en horario laboral. No hay cómo culparlos de que se deslicen irremisiblemente a hablar de los mismos problemas de la oficina.

Es de muy mal gusto hablar de asuntos laborales a la hora de comer; es como ir a misa para sostener conversaciones eróticas; es como mentarle la madre a tu propia madre; es no tener respeto a una de las liturgias más gratas de la vida, pues el amor y la alimentación son quizá las únicas dulzuras que Dios como consuelo en este Valle de Lágrimas.

Son sabios los comensales que, a la hora de comer, hablan de cocina, comparando sabores, apelando a la memoria del gusto, recordando banquetes inolvidables, sugiriendo una salsa, una combinación, un buen vino. Esa conversación lleva delicadamente a hablar de arte y de amor, a revivir los episodios más gratos de la vida, a cantar, a bailar y a desnudar los dientes, curiosa forma que inventó el ser humano para expresar su alegría. Pero ¿cómo se puede conseguir este efecto celestial poniendo sobre la mesa de comer temas de discusión como el aumento salarial, la inflación, la elocuencia de Hugo Chávez o la política de Evo Morales?

La persona que concurre a un almuerzo-trabajo debería devolver su cédula de identidad humana. Es poco grato sentarse a una mesa en la cual nadie presta atención a lo que come, de modo que uno puede cambiarles de plato sin que se den cuenta. La mesa, como la cama, no son escenarios para hablar de fútbol, de religión, de política o de negocios.