EL Inquisidor, perfección sobrenatural

Ramón Rocha Monroy

noviembre 6, 2007Publicado el: 4 min. + -

Media hora de plática con Patricio Sturlese me obligó a volver a la lectura de "El Inquisidor" (Random House, Mondadori, 2007), una novela que cada día causa mayor asombro, pues pasa ya de los 500 mil ejemplares vendidos y tiene solicitudes para su traducción a 25 idiomas, según un informe reciente de los editores.

En verdad, Patricio Sturlese (argentino, 33 años) sabe más de lo que dice saber. No he conocido hasta hoy un laico estudioso de Teología; pero, leyendo "El Inquisidor", he percibido la honda huella de la retórica de San Agustín y Tomás de Aquino, y un conocimiento sobre la atmósfera, los usos y costumbres de la Iglesia que sólo podían venir de su vocación teológica.

La lectura de "El Inquisidor" difunde un aroma asfixiante de incienso y azufre que se posesiona de uno no sólo por la recreación de época, sino por la extrema tensión y agudeza del argumento. Cada capítulo es una ejecución fascinante de los tres tercios argumentales que ya recomendaba Aristóteles y hoy es un dogma del guión cinematográfico. La astucia dramática de Sturlese recuerda las mejores páginas de Umberto Eco, pero también de la novela dieciochesca de folletines. Sturlese no hace literatura adrede porque ciñe el estilo a la intensidad de la trama. Debido a ello, la lectura de "El Inquisidor" es rauda, hipnótica, insoslayable.

Durante la presentación de "El Inquisidor" en la Feria del Libro de Cochabamba, una afirmación teológica de Sturlese me sobrecogió: El mal existe. Sentí que había sobrevivido a media hora de plática anticipada con Sturlese, y que no había mejor recurso que el de apurar su contacto personal con el público, como el mejor acicate para difundir la lectura de "El Inquisidor".

Sturlese es un argentino desconcertante: habla con socrática sencillez, busca el contacto personal con cada individuo del público, formula sus argumentos con cautela y con una capacidad de seducción que a uno se le antoja angelical, si no diabólica, dicho esto sin la menor apelación a estereotipos.

Las breves descripciones que contiene "El Inquisidor" son obras maestras de la prosa y la capacidad de contemplación. Los ojos del inquisidor fijos en las aguas del Tíber, y su lectura de la historia de Roma reflejada en esas aguas, son una página inolvidable.

"El Inquisidor" no es, de ninguna manera, un libro fácil. Plan tea una constante dualidad entre el bien el mal; no una dualidad maniquea, pues no es una novela de héroes y villanos, sino una dualidad inquietante, pues uno se pregunta continuamente cuál es el límite entre el bien y el mal.

"El Inquisidor" no es una novela de denuncia de los excesos del Tribunal del Santo Oficio. Trasunta, más bien, un buceo insomne y desesperado por los recovecos del alma humana, por las desventuras que provoca el Dogma, pero sobre todo por las tortuosas estrategias del poder.

La novela ha provocado duras reacciones en algunos de sus lectores y críticos. Sus páginas despiden también un tufo de carne quemada en la hoguera, una pestilencia de mazmorra y de tortura en los sótanos de la Inquisición; pero, sobre todo, las reticencias de los personajes apuntan constantemente a la existencia del Mal.

Patricio Sturlese sabe que el mal existe; al fin y al cabo, la Teología es el estudio de las cosas de Dios, pero también las del Demonio. Me asombra la precisión de relojería del argumento que trasunta el dominio del autor sobre los recursos narrativos y las múltiples cuestiones teológicas que subyacen en esta historia contada con una astucia indecible. La misma que usa Sturlese, con angelical sencillez, para afirmar que no es un devoto de la lectura, que el cine no le interesa, que jamás leyó a Borges, que no tiene autores preferidos y que usa técnicas propias, nada usuales, en la confección de sus historias.

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