Los fantasmas de Wilmer Urrelo

Ramón Rocha Monroy

septiembre 6, 2007Publicado el: 6 min. + -

Anoche conocí a Wilmer Urrelo Zárate, autor de "Fantasmas asesinos", Premio Nacional de Novela "Alfaguara" y le transmití mi sana envidia cochabambina y generacional por su poderoso instinto narrativo que ahora ya es un oficio sin remedio.

Sin remedio, porque ya me contó los avances de su próximo proyecto novelístico basado en el sitio de Boquerón, que transcurrió a partir del 7 de septiembre de 1932. Wilmer se propone conocer el legendario fortín precisamente en las fechas en que se desarrolló el drama de nuestro bravo General Manuel Marzana y sus 600 hombres, que resistieron, sin comando ni refuerzo, la ofensiva de miles de paraguayos.

A sus 32 años, Wilmer habla y escribe con la seguridad de un escritor viejo. La edad le parece un asunto relativo, pues el lapso que vivió desde "Mundo Negro", que mereció el Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, a "Fantasmas asesinos", le parece que en intensidad duró bastante más que unos cuantos años. Al leer su novela premiada, percibo que tiene las astucias de un escritor viejo; que supo acercarse a un maestro, como es Vargas Llosa, para desentrañar los trucos del oficio; pero percibo también que no puede escapar de los fantasmas de su generación.

La conversación de anoche fue propicia para contarle a Wilmer que sus fantasmas invadieron mis sueños, cosa que no me ocurre así nomás con la narrativa que leo.

Esta generación nacida y criada en democracia, que no vivió los rigores de la dictadura pero sí las desventuras del modelo neoliberal, parece herida de un desencanto existencial que no le permite asirse a una creencia, una fe, una utopía, una ilusión. Le comenté que los jóvenes escritores que conocí en el Taller y algunos guionistas que me mostraron sus trabajos coinciden en inventar personajes ácidos, intemperantes, transgresores, dramáticamente ajenos al disfrute de la vida e inclinados, más bien, a la violencia sexual y no al erotismo, al homicidio y no a la convivencia, al vino solitario y triste y no al vino alegre y compartido. No es casual la fama de Víctor Hugo Vizcarra entre los jóvenes creadores, ni su devoción por los trasgos nocturnos y el alcohol en las plazuelas en lugar de la buena cocina y el convivio propio de los borrachos solares y diurnos.

Lo anterior no es, de ninguna manera, un reproche, como lo confirma Wilmer al escucharme con serenidad y al contestarme que hay en el país una violencia latente que permea todas nuestras relaciones humanas y nos obliga a actuar a la defensiva.

La novela que comentamos se inició con una obsesión provocada por la violación y el asesinato de un niño, registrados por Wilmer cuando tenía sólo 10 años.

La historia del niño –recuerda Wilmer -- me obsesionó a partir de ese momento. No podía pensar en otra cosa. Tenía todos los recortes de los diarios. Sabía los nombres de los involucrados. Cómo habían sucedido las cosas. Pero no sabía qué era violar, por ejemplo. ¿Qué me pasaba entonces? Sí sabía qué era la muerte, en todo caso. Y creo que ese año yo (y tal vez algunos otros niños) descubrimos que éramos vulnerables: que podían hacernos daño, que podíamos morir. A lo mejor por eso me obsesionaba el caso.

La obsesión lo acompañó en sus días de colegio, esa edad y ese tiempo que hoy no tienen nada de idílico, pues son escenario de sevicias, inquinas, hostilidad, acritud y violencia concentrados a tal punto que salir bachiller a veces resulta como salir de una cárcel o una pesadilla con la esperanza de no ingresar en otra.

Cabe resaltar que el que escribe esto era un maldito – confiesa Wilmer--: en los recreos me metía a los cursos y abría las mochilas de mis compañeros para destrozar los cuadernos y pisar las calculadoras. Cortaba las hojas. Les ponía pegamento. Les echaba tierra. ¡Cuántos habrán llorado por mi culpa! Cuando alguien me pasaba algún slam (¿sabrán la nueva generación qué es eso?) yo hacía dibujos subidos de tono y respondía a las preguntas con obscenidades dirigidas siempre a las mamás del otro. Era un pobre idiota, en resumen. No sabía por qué lo hacía, en serio. Estaba seguro (era un adolescente, pues) que me convertiría en un delincuente.

Hasta que conoció La ciudad y los perros, la primera gran obra de Mario Vargas Llosa, y su lectura lo redimió. Como dice Wilmer, "Vargas Llosa me salvó la vida". ¡Menudo linaje en el que se inscribió, pues Vargas Llosa es la punta del ovillo de una tradición novelística intensa en argumentos y múltiple en recursos estilísticos! Acercarse a Vargas Llosa fue recibir las más conspicuas experiencias literarias del siglo XX.

Este hallazgo se complementaría, ya bachiller, con la lectura de autores de la novela negra, como Dashiel Hammett, Oswaldo Soriano, Chandler, Mempo Giardinelli, Paco Ignacio Taibo II y otros. A esas lecturas de Vargas Llosa y al resto de los autores que menciono le debe Wilmer Urrelo la invención de personajes ácidos, solitarios e irredentos, que están pidiendo a gritos la mano de un guionista y un buen director para convertirlos en un film desgarrador.

Las primeras 108 páginas de "Fantasmas asesinos" contienen 385 notas breves y numeradas, en un estilo inédito, al menos en la narrativa boliviana, que bien podrían presentarse como una novela breve excepcional. La intensa superposición de planos que se inicia en la Segunda Parte, aviva el interés del lector por la índole marginal de sus personajes, que Camilo José Cela calificaría como golfos, dancaires y otras gentes baldías. Las últimas páginas, concebidas como un intercambio de emilios o correos electrónicos, no satisfacen a algunos críticos, pero, a mi juicio, no desmerecen la latitud del esfuerzo narrativo de Wilmer Urrelo, que es verdaderamente una tarea de Sísifo. Anoche me comentó que la obra tenía originalmente 900 páginas y que sacrificó 300. Le recordé una máxima griega que hoy parece la divisa de los editores. Dice: Mega biblión mega kakón. En todo caso, es una muestra de la intensa vocación narrativa de este joven autor.

La narrativa de Wilmer Urrelo renueva mi fe en los nuevos creadores bolivianos, de quienes hice una antología para la revista municipal Canata (que duerme desde hace un año en la imprenta). Considero que ellos son los principales animadores de la cultura con su labor infatigable y su vocación decidida por la creación artística. Esa violencia de la que habla Wilmer Urrelo habitó y habita en nuestras narices, y no queremos mirarla ni menos expresarla. Ese mundo de gente baldía y sin esperanza, que vive en la extrema miseria, peor aún bajo los estragos del tsunami neoliberal, rodea en anillos concéntricos al exiguo mundo de los niños bonitos y satisfechos. Que los jóvenes creadores expresen su desencanto, su estado de sitio existencial, me parece un enorme mérito y una motivación fecunda que quizá anuncia una nueva estética del infortunio.

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