Cine de culto

Ramón Rocha Monroy

agosto 26, 2007Publicado el: 3 min. + -

Hace unos días escribí sobre la muerte de Ingmar Bergman y, naturalmente, me quedó mucha tinta en el tintero, así que vuelvo al tema.

El cineasta francés André Téchiné lo califica como pocos: "A la vez clásico, barroco, moderno, psicológico y fantástico, místico y materialista, jaloneado entre la severidad de la razón y las potencias del delirio."

Lo cierto es que, en sus 60 películas, more-less, y en sus montajes para teatro, confió en la poética de la imagen antes que en la poética de la palabra. Ver El Silencio o Gritos y susurros puede fatigar, porque escasean los diálogos y la música incidental, que son placebos fabricados en Hollywood para aliviarnos la hora que permanecemos sentados en una sala; pero ¡cómo hablan las imágenes! Hablan de los eternos conflictos y dudas existenciales que nos llevaremos a la tumba, sin respuesta. Así ocurre en 1985, con El retrato de Karin , basado en 100 fotografías de su madre, en una secuencia libre que muestra los estragos del tiempo y una vida desprovista de halagos que se va marcando en las arrugas del rostro, pues, como decía Strindberg: "La vida es corta, pero puede ser larga mientras dura."

Otro gran fotógrafo, el mexicano Manuel Álvarez Bravo, escribía cartelitos que pegaba frente a sus ojos, cartelitos que tenían una leyenda breve: "Hay tiempo". Así vivió más de 100 años fecundos. Bergman vivió más de 80, minuto a minuto, cumpliendo una obra infatigable que se hizo, como sus películas, en instantes pesados como gotas de plomo.

Probablemente no haya peor legado para los hijos que el de una educación cargada de culpa y pecado, expiación y castigo, como la que recibió Bergman, de su padre protestante. Así, a la familia no le fue difícil aceptar el nazismo, por el culto a la autoridad que habían leído en el Viejo Testamento. Años después comprenderá su error, pero no olvida confesar una escena perturbadora en las páginas de su autobiografía: la familia Bergman vio con entusiasmo en Weimar un desfile nazi, y escuchó un discurso del Führer:

Bergman lo recuerda como una escena de la película Metrópolis de Fritz Lang. "El brillo exterior me deslumbró. No vi la oscuridad", confiesa. Desde niño negoció un proyector de cine, que le cedió su hermano, y no abandonó la fascinación por la imagen hasta su reclusión última en la isla de Farö, donde vivió los últimos episodios de una enfermedad incurable viendo solo, incansablemente, películas clásicas y modernas que le enviaba una cinemateca sueca (me salió en verso, en homenaje al maestro). "Han pasado sesenta años pero la excitación sigue siendo la misma", escribe en "La linterna mágica", su autobiografía.

Bergman me es familiar por la famosa escena en que el protagonista juega al ajedrez con la muerte y, naturalmente, pierde. La copié en mi novela El run run de la calavera en el cual mi protagonista juega a la rayuela con la muerte, y gana, pero no por mucho tiempo, porque la muerte lo enlaza con la soga de aisar el columpio de Todos Santos, y se lo lleva a mejor vida.

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