Encomio de Roberto Soria Galvarro

Ramón Rocha Monroy

agosto 19, 2007Publicado el: 8 min. + -
El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress

Hace un par de años que vengo secundando el proyecto de recuperar la memoria de Roberto Soria Galvarro, alentado por sus hijas, Ligia y Kori. Un buen día, me confiaron los originales de El Tesoro del Sacta, para revisarlos, y al cabo de una primera lectura, me subí a la canoa, como designamos el proyecto de editar esta novela y aun de escribir un guión cinematográfico. Debo decir que apenas fue necesario ajustar la puntuación del manuscrito, pues Roberto Soria Galvarro había dejado muestra de su enorme fuerza expresiva que refuerza el testimonio de su propia vida, raro privilegio del cual se sustraen los escritores académicos.

Roberto Soria Galvarro vivió paso a paso lo que narra; aun más, sus aventuras superan con mucho los límites de este libro. Aun así, es envidiable el privilegio que le dio la vida, de escribir lo que vivió o de haber vivido todo lo que cuenta, como esos viajeros del siglo XVIII, que dejaron para el futuro el testimonio escrito de sus navegaciones y naufragios.

En este orden, El Tesoro del Sacta es un conjunto de observaciones agudas sobre los nobles peligros que acechan en contacto con la naturaleza y los peligros arteros que se ciernen en contacto con la civilización. Aquéllos son fáciles de gobernar para un hombre ducho; pero éstos… No hay especialización superior en el reino animal que graduarse para vivir entre los miembros de nuestra misma especie.

De paso, debo decir que la intensidad de los episodios aquí narrados me hizo sentir vergüenza propia y ajena, recordando tantos pasajes de la literatura (propia y ajena) que cuentan argumentos inventados y baladíes, en contraste con la tensión dramática que logra crear este hombre de acción cuando decide contar por escrito su vida.

Copiosa literatura baladí nos ahorraremos, pues, al sumergirnos en la lectura de El Tesoro del Sacta, obra sin artificios, sin metáforas innecesarias, sin literatura adrede, escrita con la misma energía con la que el autor vivió los episodios que narra. El Tesoro del Sacta circulará próximamente.

Roberto Soria Galvarro Silva (1920-1999) nació en Santiváñez, Departamento de Cochabamba, un 7 de noviembre y murió de muerte natural un 1º de junio. Era el menor de seis hijos de Natalio Soria Galvarro y Pilar Silva: Elena, Hortensia, Carlos, Soledad, Jorge y Roberto.

Casado con Josefina Camacho, tuvo cinco hijos. José, Edgar Freddy (muerto en la Guerrilla de Teoponte), Guido, Marco Antonio y Ligia. En segundo matrimonio, con Mónica Cuevas, tuvo dos hijas: Iris y Korania.

Ligia Soria Galvarro dice que Roberto, su padre, "gustaba mucho de la lectura, escribía poesía, amaba profundamente a su país, fue un hombre apasionado y soñador, fuerte física y espiritualmente, muy guapo, 1,80m de estatura, atlético, acostumbrado al trabajo duro".

Roberto Soria Galvarro pide a gritos una biografía copiosa y circunstanciada de su intensa vida. Gracias a sus hijas Ligia y Kori, al concurso de la familia Soria Galvarro, y, muy en especial, al interés de su sobrino, Carlos Soria Galvarro, podemos editar hoy esta novela autobiográfica cuya lectura no queremos demorar más. Pude adaptar El Tesoro del Sacta para un mediometraje que ya se rodó bajo la dirección de Claudio Araya Silva, como señuelo para pescar, en el mejor estilo de nuestro héroe, un productor de largometrajes que nos permita conocer en detalle la vida de Roberto Soria Galvarro.

¿Cuándo comenzó a definirse su perfil de buscador de utopías? Sus familiares nos dan una pauta: "El viaje ocurrió mientras hacía su servicio militar: el organizador de la expedición fue el coronel Felsi Luna Pizarro. Los condujo un guía indígena. Allí sufrieron enfermedades tropicales que los diezmaron; allí murieron muchos soldados. Al final, decidieron volver, pero el coronel ordenó a Roberto que subiera a la punta de un gran árbol a observar con un largavistas el lugar que indicaba el guía. Roberto jamás olvidó que pudo ver, en esa dirección, tres colinas como tetas. Allí nació su interés por volver a ese lugar, obsesión que lo acompañó hasta el fin de sus días", recuerda su sobrino Carlos Soria Galvarro.

Roberto nació con una inclinación natural por el arte, la aventura y los viajes azarosos. No pasó por ninguna academia, pero fue escultor, arquitecto y taxidermista con técnicas propias. Dejó, en escultura, una obra profusa y desordenada; construyó y habitó edificios delirantes, al calor de su fantasía, que hoy son centinelas abandonados en la ruta al Chapare; y fue autor de dos colecciones de taxidermia, la segunda de las cuales le sirvió para formar un Museo Móvil, con más de 800 ejemplares de la fauna amazónica, cazados y disecados por él mismo. Con este Museo realizó exposiciones en todo el país y también hizo giras por Chile y Argentina, adonde a veces viajó junto a su esposa Josefina y su hija Ligia.

Antes de iniciar su trabajo de taxidermia, trabajó en Catavi en la Patiño Mines y luego en COMIBOL, como jefe de campamento. Allí fue amigo de Juan Lechín Oquendo, a quien protegió en una huida, utilizando en un camión que transportaba paja. Escuchemos el testimonio de Ligia:

Su primera gran aventura (según él relataba) fue a los trece años; lo siguió a su hermano mayor Carlos, quien se fue a trabajar a una mina "La Aguada" ( en la zona de Morochata, Chicote Grande y Chicote Chico) y a raíz de un altercado con su hermano decidió volver solo y lo hizo a pie, una caminata de varios días sin comida, bebiendo agua de arroyos y riachuelos, con un poncho como único abrigo, llegó caminando hasta Quillacollo donde estaban sus padres.

Cuando Roberto tenía 16 años, falleció su madre, y con ella se acabó la única fuente familiar de comprensión y apoyo para el espíritu aventurero del muchacho. Decidió entonces emigrar a la Argentina, sin destino fijo.

A su retorno, reunió gente en Catavi para organizar un grupo de colonización de "La Jota", en el Chapare. "Gran conocedor del Chapare, exploró zonas de selva virgen en expediciones que lo alejaban por meses de la civilización. Pasó la mayor parte de su vida en la selva, "en el paraíso", como él la llamaba. Mi padre era amante de la naturaleza; rechazaba la vida citadina. Falleció el 1 de junio de 1999, a los 78 años de edad", recuerda Ligia.

La pasión por la aventura debió formar parte de su información genética y cultural, a través de Natalio Soria Galvarro, su padre. Doña Gaby Terán, cuñada de Roberto, recuerda:

"El abuelo Natalio, padre de Roberto y de Carlos, mi esposo, participó, cuando era joven y soltero, en la explotación de la goma, con una empresa francesa en el Beni. El campamento fue atacado por "salvajes"( posiblemente sirionós). Natalio participó en una cacería de salvajes y capturó a un niño que crió y bautizó con el nombre de Roberto, el mismo nombre que pondría después a su hijo menor. Luego de varios años de vivir con Natalio, el niño salvaje retornó a la selva. Los relatos de su padre y esas aventuras en la selva seguramente influyeron en Roberto. Él se quejaba de que las encomiendas que le enviaban se perdían; sospechaba que su homónimo salvaje vivía en el Chapare, pues alguien con su mismo nombre las recogía."

Su afición por los animales silvestres y la taxidermia fue también temprana.

"Cuando era niño, cazaba víboras, las tomaba por la cola y las golpeaba de cabeza contra el suelo", recuerda doña Gaby.

Tendría 13 o 14 años cuando acompañó a su hermano Carlos a trabajar en la mina "La Aguada" cerca de Morochata.

" A raíz de una discusión con su hermano decidió retornar solo y a pie hasta Quillacollo caminando varios días, recuerda doña Gaby. Contaba que en las noches dormía sumergido en bancos de arena que el sol había calentado. Era un hombre con mucha valentía y coraje; así lo conocimos.

Cuando cultivó terrenos en "La Jota", a más de 20 kilómetros de Todos Santos, peló arroz adaptando una bicicleta como peladora a pedal. Hacía el desbosque a mano y con hacha. Llevaba el arroz pelado al hombro, por la senda, hasta Todos Santos. Dicen que cargaba dos quintales por vez; era un hombre de gran fortaleza física. Abandonó sus chacos cuando ya tenía papeles de propiedad, primero por las inundaciones, luego por la presencia de salvajes que atacaban a los colonizadores. En sus últimos años, construyó un par de viviendas en Corani y Rodeo, donde vivió varios años."

Sus hijas menores, Iris y Korania, le ayudaron a construir "El Castillo", en Corani, que todavía se mantiene al borde del camino. Es una construcción extraña, sin ángulos, caprichosa como una obra del arquitecto catalán Gaudí o como una pintura de Salvador Dalí, ubicada en las alturas de Corani, frente a la entrada del antiguo Hotel Poseidón, donde se retiró durante varios años con sus pequeñas hijas Iris y e Ivir Korania, nombres que sólo podía inventar un poeta, pues Ivir quiere decir tigre, y Korania es un derivado de la toponimia del lugar.

Según recuerda su sobrino Carlos, "Contaba anécdotas sabrosas de su vida en la selva, que los niños escuchábamos absortos, como si oyéramos a Tarzán. Contó una vez que una noche estaba pescando en el río y se le apareció un tigre que venía nadando, él no supo qué hacer, pues su mochila y su arma estaban a 20 o30 metros a su espalda. Se miraron con el tigre frente a frente y, luego de vivir momentos angustiosos, Roberto empezó a insultarlo gritando a todo pulmón. El tigre se dio la vuelta y se alejó tal cual vino."

Atrás