Consejos para ponerse a escribir

Ramón Rocha Monroy

julio 19, 2007Publicado el: 3 min. + -

El peor enemigo de la actitud de escribir es el "horror vacui", el horror al vacío que provoca la soledad y el silencio. Hagamos una autocrítica y comprobaremos que no nos damos un segundo de tiempo para sumergirnos en nosotros mismos ayudados por esos dos agentes de migración: la soledad y el silencio. Si vivimos en familia, vivimos sumergidos en la cháchara cotidiana, en el zapping, en el ruido de la radio o el reproductor de CD o de cintas encendidos todo el tiempo.

Si trabajamos en tiempo horario, alternamos las obligaciones con la cháchara insulsa; y aquellos momentos en que hacemos literalmente nada, ¡jugamos solitario! Y si salimos con los amigos, menospreciamos la tertulia ¡por jugar cacho! Y cuando vamos al baño, una oportunidad de estar a solas con nosotros mismos, ¡lo hacemos todo a medias con tal de apurarnos!

Jugar solitario o cacho son dos formas de "matar el tiempo"; son una luctuosa costumbre. Pero, ¿por qué hemos de matarlo si es nuestro mejor aliado? El tiempo es la memoria; el tiempo es uno mismo; somos, ante todo, criaturas hechas de tiempo. El tiempo y la memoria nos dan miedo. En realidad, tenemos miedo de nosotros mismos. Pero ¿no es mejor hacernos amigos de nosotros mismos si vamos a marchar juntos por siempre y probablemente ni la muerte nos separe?

Para ponerse a escribir, en primer lugar debemos rodearnos de soledad y silencio para estar con nosotros mismos. Uno puede estar consigo mismo incluso en un autobús, en el metro, en una flota, en el baño de la casa, en el dormitorio. Pero no: aun viviendo solos, llegamos a la casa y en lugar de escuchar el murmullo de las cosas y sentir el resuello de los libros y el hálito de nuestra memoria, encendemos el televisor, enchufamos la licuadora, ponemos música. Ni siquiera al echarnos al sobre dejamos de encender el televisor, y luego despertamos tarde y sigue encendido. No nos damos tiempo para nosotros ni siquiera antes del sueño.

De modo que el primer ejercicio es olvidarse de la maldita costumbre de "matar el tiempo". Al contrario, hay que usarlo en soledad y silencio, en "introspección", para sumergirnos en el cofre de sensaciones y percepciones que todos tenemos dentro. Allí viven nuestras obsesiones, nuestros deseos, nuestras pulsiones, nuestras manías, nuestro yo verdadero y, naturalmente, la memoria de quienes nos rodean, de los seres queridos y los seres odiados, de los amigos y los enemigos, de la gente simpática y de la gente antipática. Para ponerse a escribir hay que repasar esas nóminas, hay que enumerar los rasgos de carácter que nos hacen únicos e irrepetibles; hay que mirar con cariño incluso nuestros errores, nuestros deseos ocultos, los pecados que no pudimos, los que todavía nos tientan. En suma, es un ejercicio de "amor propio": así nomás somos y va a ser difícil corregirnos. Inevitablemente pensaremos en el o la cónyuge, cuya manía predilecta es "tratar de cambiarnos". Pero así nomás somos y, como dicen los que saben, "ser es persistir". Del examen de nuestro ser y de nuestra persistencia, obtendremos impulsos eléctricos al cerebro y a las manos, que se traducirán en unas ganas incontrolables de expresarnos, de escribir aunque sea en secreto y sólo para nosotros.

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