(Sin Permiso).- El monte Chacaltaya, en los Andes bolivianos, a sólo una treintena de kilómetros de la capital La Paz, tiene una fama única. No tanto por su altitud: con 5421 metros sobre el nivel del mar no alcanza a muchas de las vetas vecinas, entre las cuales se cuentan el Illimani (6462), el Condoriri (5696) y el espléndido Huayna Potosí (6088 metros), una de las cimas más bellas del mundo. Su glaciar, sin embargo, es uno de los más altos de Sudamérica. Hospeda también el laboratorio de investigación astrofísica más alto del mundo, importante por sus investigaciones sobre los rayos gama (rayos cósmicos). Exhibe también un skilift mecánico (fue construido en 1939), cosa que la hace la estación de esquí más alta del mundo, además de la más cercana al ecuador. Seguramente el único lugar de deporte invernal en donde se puede esquiar en torno a los 5300 metros, después reposar en un refugio (administrado por el Club Andino Boliviano) contemplando el lago Titicaca y comiendo sopa de quinua, un cereal andino. Dejando de lado el esquí, para los habitantes de La Paz el glaciar es un lugar de paseos familiares.

Pero todo esto será pronto un recuerdo lejano. El glaciar Chacaltaya de hecho está desapareciendo, víctima del cambio del clima: uno de los primeros glaciares destinados a desaparecer a causa del calentamiento generalizado de la atmósfera terrestre. Por esto es famoso: el glaciar boliviano ofrece una visión anticipada de lo que sucederá sobre muchas vetas y cadenas montañosas del planeta.

El Chacaltaya, que en lengua aymará significa “camino frío”, es un glaciar más bien antiguo, tiene más de 18 mil años. En los últimos veinte perdió el 80% de su superficie. En efecto, las fotos turísticas exhibidas en el refugio del Club andino muestran una lengua de glaciar de 500 metros de longitud: las fotos más recientes muestran, en cambio, dos placas de glaciar separadas de alrededor de 60 metros por veinte; es todo lo que queda. En la estación húmeda cae la nieve, que ofrece todavía una visión sugestiva, pero luego se derrite velozmente.

Edson Ramírez, uno de los mayores especialistas en glaciares de Bolivia, que observa el Chacaltaya con un equipo de científicos desde 1995, le explicaba hace poco a la BBC que el derretimiento se aceleró de manera impresionante a partir de los años ‘80, y continúa cada vez más velozmente. Tanto que su grupo ha revisado muchas veces su previsión sobre la desaparición definitiva: “Hasta no hace mucho tiempo atrás pensábamos que sería en el 2015, ahora pensamos que podría ser este año, o el próximo” (“Farewell to a meeting glaciar!, BBC news, 3 de abril de 2007).

Dentro de un año o dos, por lo tanto, el glaciar Chacaltaya no existirá más. La desaparición del Chacaltaya tiene diversas consecuencias. Los glaciares andinos son la reserva que garantiza el aprovisionamiento de agua potable para ciudades como La Paz y la vecina El Alto, que, juntas, tienen cerca de 2 millones de habitantes. En efecto, la capital boliviana se sirve de un reservorio ubicado a los pies de los montes Tuni Condoriri, del que proviene el 80% del agua de su acueducto. El reservorio recibe agua de los montes circundantes: en la estación seca, los glaciares escurren lentamente el agua. El hecho es que la totalidad de los 15 glaciares que circundan la zona se están retirando, su superficie ha disminuido más de un tercio entre 1983 y el 2006. Parece que cinco de ellos están ya virtualmente desaparecidos – el próximo será el Chacaltaya. Los expertos piensan que cerca del 60% del agua del reservorio del que se sirve La Paz es producto del derretimiento de los glaciares. En otras palabras, las reservas están destinadas a disminuir, mientras que la población de la capital y de El Alto aumenta por la llegada de muchos inmigrantes de las zonas rurales del país. Las autoridades prevén que ya en el 2009 la demanda de agua será superior a la disponibilidad, y piensan en equiparse para contener y distribuir la que cae en la estación de las lluvias (o de la nieve), probablemente construyendo diques para crear nuevos reservorios. Así un país andino, que no es uno de los mayores responsables de las emisiones de gas de aserradero que están calentando la atmósfera terrestre, es uno de los primeros países en hacer las cuentas con un clima cambiado.