Cosas del cine

Ramón Rocha Monroy

junio 6, 2007Publicado el: 3 min. + -
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¿Se acuerda alguien de aquellas viejas películas en blanco y negro llamadas "seriales"? Todas eran de acción y estaban divididas en "episodios". Yo era chico todavía, pero se me iban los ojos a la cartelera del Cine Aguirre o al inolvidable Rex para ver qué número de episodios habían llegado. Los héroes eran, por lo general, cowboys, y no abundaban los carteles impresos ni mucho menos los banners que vemos colgando en el Cine Center o en otras salas de moda. De este modo, los anuncios eran escuetos: "Hoy, El Llanero Solitario, Episodios 20 al 29". Era un lenguaje cifrado para una cofradía de entendidos.

La estructura de cada episodio era como una batea o una hamaca, que tomaba el clímax del episodio anterior, lo solucionaba e iniciaba una nueva trama que se interrumpía justo en el clímax. Entonces la imagen se congelaba y había que esperar que comience el episodio siguiente para saber si el héroe se salvaba de la locomotora que se le venía encima mientras él se agarraba a golpes tendido en las rieles, o si acabarían de colgarlo unos malhechores.

Este es un homenaje a mi primo Freddy, que era nuestro gurú en el populoso y popular barrio de Villa Galindo. En vacaciones de fin de año prácticamente no salíamos de los linderos del barrio, y nuestra frontera y escenario de aventuras era el río. ¡Qué íbamos a soñar con ir al cine! A los chicos no nos mandaban así nomás a la ciudad, ni reclamábamos ni hacía falta porque gozábamos de vacaciones a tiempo completo y el día era corto para k'ukear duraznos o robar wiros, para jugar fútbol con cualquier objeto esférico o para fumar a escondidas viendo algo que nunca más se ha visto sobre Cochabamba: la Vía Láctea. Eran tiempos felices: nadie tenía ducha en su casa, nadie nos exigía bañarnos; una vez a la semana calentábamos agua al sol en bateas y nos lavábamos enteros con jabón de lavar ropa. ¡Qué íbamos a saber de champús o de papel higiénico! Éramos uniformemente olorosos y felices.

Pero, entre nosotros, sólo el primo Freddy se daba modos para ver las seriales y luego nos las contaba al módico precio de "ciencito", o sea, el equivalente de 10 centavos. Al atardecer, en la orilla del Río, nos sentábamos en ruedo, le abonábamos la entrada y el popular Loro, también apodado el Griego iniciaba, con pelos y señales, su versión. Era un artista para llevarnos al clímax, pero cuando ya no dábamos de suspenso gritaba: ¡Episodio! Y su voz se congelaba y no quería seguir hasta que teníamos que abonarle otros 100 bolivianitos, y así hasta completar la serial de la semana. Cuando no teníamos centavitos nos dejaba en angustias y no volvía a abrir el pico, y entonces teníamos que resignarnos a jugar con cachinas o con chúis o trompos o sapos y renacuajos en la tierna lama de nuestro río tutelar.

Hoy Freddy es un médico de prestigio, su esposa y sus hijos también son médicos, y les debo eterna gratitud por el cariño con el que siempre me han atendido.

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